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En esta Argentina agrietada hasta la exasperación, se podrá decir que Hebe de Bonafini es la principal responsable de lo que le está pasando. Acaso. Pero la feroz cacería mediática a la líder de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, que incluyó persecución por la Autovía 2, da una mezcla de pena y patetismo. Por todo.

Hebe siempre fue indomable, rebelde y autoritaria. Tal vez ese ADN es el que le permitió sobresalir en la resistencia a la dictadura militar y a la desaparición de sus hijos. Aunque son infinitos otros ejemplos de valentía ante iguales circunstancias, con esencias de personalidad más moderadas. 

Ese carácter inmanejable no sólo la llevó a ponerse en contra de gobiernos militares y todos los democráticos emanados entre 1983 y 2003. También abrió frentes en los organismos de derechos humanos y hasta en las propias Madres, que se dividieron al no aceptar su liderazgo despótico.

Convencida de que está por encima de todo y de todos, los Kirchner se la metieron en el bolsillo. Literalmente. Varios mimos políticos y mucho dinero para la Fundación de las Madres, la universidad y el delirante Sueños Compartidos (con el parricida Schoklender a cargo) convirtió a la indómita Hebe en un cordero K, capaz hasta de apoyar a Milani.

Está claro que Bonafini tiene que dar explicaciones sobre los desfalcos con fondos públicos emanados del Ministerio de Planificación (De Vido & López y el resto de la banda) hacia Sueños Compartidos. Ella, ni nadie, sobre todo los que la rodean, está más allá de la Justicia.
Eso no impide ver la aviesa torpeza, por decirlo de manera diplomática, con la que se manejó Martínez de Giorgi, el juez de la causa. Tras “dormir” el proceso durante un tiempo, este magistrado considerado de la línea “stiusista” en las internas de Comodoro Py, ahora le da velocidad, como también hacen otros. Y sobreactúan.