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Borges, el palabrista/ 4

A 30 años de la muerte del escritor, Esteban Peicovich recuerda las charlas que compartieron. 

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Foto:Cedoc

Nadie imagine a Borges desnudo, vocinglero, sensual. Nadie lo toque. Hojearlo apenas, que su carne es papiro tras papiro, y esa escuálida, trémula voz de infante que asombra y desasombra, que juega con la grandes muñecas de los mitos, desayuna con Macbeth, codea a los fantasmas.

B:¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos?

–A la cafetería. Se llama Azalea. 

B:¡Qué nombre!, ¿no?

Despaciosamente lo acerco a la mesa, lo siento, descanso su bastón, miro sus pies. Están en el suelo, situados al azar, distintos, ajenos a la biblioteca que sostienen. Él se pone a olfatear. El animal Borges tratando de olisquear una palabra cicerone. Alguien dice “café”. Él mueve la cabeza. Dice también “café”. Escucha cómo la palabra “café” va hacia el camarero, cómo se apaga mientras el camarero la lleva. Sonríe: sabe que esa palabra va camino de dejar de ser palabra para regresar hecha café.

–Lo mismo sucede con la poesía...

(Sí, bien pudiera Borges estar imaginando algo así, me digo, imaginándolo)

¿Qué hace ahora bajando de mi brazo en un ascensor Otis? ¿Cómo será descender ciego en un ascensor que ya tiene su propia ceguera vertical? Le aprieto el brazo para que no se caiga. Para que no tiemble más. Hay algo hueco en ese brazo, en este cuerpo condenado a pendular sin brújula del día a la noche. Parece tener miedo este Borges secuestrado así, en un hotel, por un cronista (que responde a Cronos) y tiembla. Es un maniquí de cera que podría disolverse ante el zumbido del Otis que nos llevará a tierra. Al salir se repone, y aguarda tieso, moviendo su bastón (que no es blanco como el de los ciegos que no ven). Aun en su invalidez Borges no deja de hechizar. De la obviedad extrae asombro. Su oficio es sorprender. 

B: ¿A dónde vamos? ¿A dónde vamos?

Otra de las charlas transcurrió a metros del Museo del Prado, en un hotel muy british: el Palace. Era la mañana de un mayo florido. Tras el desayuno María nos comentó que aprovecharía el tiempo de la entrevista para ir de compras. Fue escucharla y Borges ponerse de pie  con gesto rápido y seguro. Lo vi sacar su cartera del bolsillo del pantalón. Le escuché:

–María, ¿cuánto dinero necesitamos para hoy?

Así, con solemnidad de ciego, adelantó la cartera, abriéndola para que María tomase los billetes previstos. Un hábito que a él le alegraba cumplir cada mañana. María se metió en la ciudad y nos quedamos allí, a compartir un nuevo café “hablado”:

–Borges... ¿soñó usted anoche? 

B: Sí, soñé que hablaba con Alfonso Reyes. Tenía un tamaño desmesurado y yo ante él era más bien petiso. Reyes se me apareció con una cara como de tártaro. No entendí una sola palabra de lo que él decía y me daba mucha vergüenza. Estuvo a punto de ser una pesadilla, pero me desperté. Sentí el sabor único de la pesadilla. Tiene un sabor peculiar. Podría ser una prueba de que existe el infierno. 

 –Entre las pocas reiteraciones que se notan en usted, está la de andar siempre quitando valor a su vida y a su obra, ¿por qué?

B: Porque creo que hay una equivocación. No creo merecer la atención que me dirige la gente. Quiero corregir ese error, aunque me beneficia a mí, desde luego. Trato de disuadir a la gente sobre lo que yo escribo. Cuando Frías me propuso hacer una edición de mis Obras Completas, yo le dije: “No, usted sólo venderá un ejemplar. ¿Por qué no hace una edi-ción de las obras completas de Bioy Casares, de Sábato, de Cortázar?”. Le di cinco o seis nombres, entre ellos el de un enemigo mío, pero no el mío, porque era para clavarse con ese libro, no convenía: “Y, mire, con la propaganda se hace todo”, me dijo él.

–¿Así le dijo? Bueno, pero usted está mucho más allá de ese tipo de especulaciones. Su obra tiene respuesta mundial...

B: Eso no tiene nada que ver. También Perón fue elegido por nueve millones de votos. El consenso no significa nada. También puede ser el consenso en el error  ¿no?...

–Sabe…a veces me parece que usted al escribir es más riguroso que  al hablar ... 

B: Lo que escribo es algo que he pulido, y cuando hablo, sólo doy lo que puedo dar hablando: pastillas, virutas. Una especie de arcilla que no ha sido plasmada. En fin, déjelo así, yo no soy ingenioso. 

–¿Cuál de los “dos” no es el ingenioso? ¿El “otro” o usted?

 B: ¿Cómo dice?

 –Me apoyo en su afirmación de que existen “dos” Borges…

B: Habrá más, habrá más...

 –¿Y con cuál hablo ahora? 

B: En este momento con uno bastante sencillo. Le estoy contestando con sinceridad. 

–Le creo ¿pero a que se refiere cuando dice que es dos Borges y no uno? 

B: Los dos Borges vendrían a ser el Borges privado y el Borges público. El público sería ese que sale con su palabra.

 –Y ¿cuál de los dos, o son los dos, los que defienden la pena de muerte?

B: Lo que no se puede defender es la cárcel. La pena de muerte está bien. Yo, por ejemplo, preferiría ser ejecutado. Estar encarcelado me parece espantoso. Creo que si alguien comete una culpa, está bien que lo fusilen. A mí no me importaría. Al contrario, si me dijeran que van a ejecutarme esta noche, diría... “Pero qué suerte, vamos a simplificar todo”.

Destino literario si los hay, Borges vivió más allá de la sordidez del día a día. Aún ciego, “veía” el mundo como era, y también “a su manera”. Es una de esas grandes y raras flores que da la especie. Como Kafka. Como Beckett. Testigo literario de una sociedad variada y rara como la argentina, nos castigó en lo imbécil y nos representó en lo genial. Y en lo utópico. Nunca olvido lo más agudo que le escuché opinar sobre nuestra política:

B: “Tal vez llegue un tiempo en el que merezcamos no tener gobierno”

–Sí. Y ojalá que su vaticinio se nos cumpla. Me baso en William Blake quien decía que “todo lo que existe fue imaginado alguna vez”

B: Qué hermoso, ¿no? Me obliga a recordar otra espléndida frase de Blake: “Muchachas de suave plata y de furioso oro”. ¿Qué le parece? “Muchachas de suave...” aunque allí la palabra es “furioso”. Es uno de los versos más lindos del mundo.

–Para mí, en cambio, es aquel suyo que dice: “Yo que he sido todos los hombres, no he sido nunca aquél en cuyos brazos desfallecía Matilde Urbach”.

B: Ahora lo corregí...

–¿Por qué lo hizo? Es perfecto. No había que tocarlo más...

B: Es que suena mejor. Si no queda muy sibilante. Ahora es así: “Yo que he sido todos los hombres, no he sido nunca aquel en cuyo amor desfallecía Matilde Urbach”.

De la poesía a la necesidad elemental solo hay un paso. Borges de pronto dirá la frase que todo periodista cultural que se precie le habrá escuchado alguna vez: 

–B: Por favor, ¿me puede acompañar al baño?

 Y sí. Lo ayudé a alzarse y lo fui guiando al cuarto de baño, un espacio clásico, inglés, dotado también de mingitorio vertical, dos gateras de mármol. Hasta allí lo acerco y lo embalso. El que ya conocía el lugar, tantea con el brazo izquierdo la pared, se apoya y luego con la derecha se va abriendo la bragueta con lentitud. Yo me separo un metro, atento a una posible caída y le digo algo así como 

--Usted tranquilo Borges, estoy aquí cerca, tómese su tiempo.
(es la espontánea boludez que dicta la ocasión: la boludez cortés) Y él que va, y mientras sostiene lo suyo, me dice:
 
B: Dígame, Peicovich ¿Usted sabe algo de John Birch?

Y yo, seducido, tratando de no mostrar una grieta ante el máximo gurú, hago “la gran argentina”: 

–Algo he visto por ahí, pero todavía no lo leí… Creo que es alguien que… ¿Qué escribió?

B: No, m’hijo. John Birch es como le dicen los ingleses a la pija. Y Lady Jane le dicen a la concha.

Mi carcajada se escuchó en Portugal.

(Guardo prueba de esta lección que recibí de Borges pues el grabador siguió en mi mano y registró la perla de la entrevista. En mis programas de radio este es el audio más solicitado. Les asombra que el hombre que escribió “Yo que he sido todos los hombres, no he sido aquel en cuyos brazos desfallecía Matilde Urbach” pudiera decir pija y concha. A mi en cambio me deslumbra la anécdota. Es la más jocosa (y ética) que me dejó el periodismo)



epeicovich