COLUMNISTAS

Bosques argentinos

PERFIL COMPLETO

Qué hermosa serie El túnel del tiempo, las aventuras de los doctores Tony Newman y Douglas Phillip viajando al pasado y al futuro. Además de las previsibles peripecias, cada viaje planteaba un enigma ético: si modificaban algo del pasado –si prevenían al capitán del Titanic de lo que iba a suceder, si detenían a quien estaba a punto de asesinar al presidente Lincoln– eso podía modificar el curso de la historia. La ética del viaje al pasado reside en refrenar los instintos, hay que ser mero testigo y nada más. Algo de ese orden me sucedió el otro día –por supuesto con menos glamour que el de una vieja serie de los 60– cuando buscando un libro en mi biblioteca di con otro que ni recordaba que tenía: Encuentro del bosque. Detrás de ese título con reminiscencias heideggerianas se esconde un subtítulo que aclara el asunto: La argentina como escenario. Primera reunión de narradores argentinos en el Hotel del Bosque de Pinamar, publicado por Sudamericana, en una edición no comercial (se obsequiaba) impresa en agosto de 1993 (aunque el encuentro tuvo lugar entre el 21 y el 24 de noviembre de 1991). Coordinado por Martín Caparrós, Luis Chitarroni y Paula Viale, con la presencia de varios periodistas invitados (que seguramente cubrieron el evento para diversos medios), reunió a Belgrano Rawson, Bizzio, A. Castillo, Guebel, Luis Gusmán, Iparraguirre, Libertella, Juan Martini, Piglia, Matilde Sánchez y Ana María Shua, en torno a tres preguntas que debían responder por escrito, a lo que se le sumó un diálogo abierto entre todos, transcripto también en el libro, junto con algunas fotos de las reuniones. La tercera pregunta era: “¿Hay un idioma de los argentinos? ¿En qué libro aparece? ¿En que procedimientos (en sentido amplio) está presente?”. No deja de ser interesante registrar que en la literatura argentina de la década del 80 y principios de los 90, la pregunta por la lengua argentina –que viene de lo profundo del siglo XIX– estaba bien presente. Pregunta no menor, que parece haber desaparecido –o al menos diluido– en estos años. Doblemente extraño, porque la pregunta por lo “argentino” reaparece en auspiciosas instituciones públicas recientes, como el Museo del Libro y de la Lengua, y –declinado no como “argentino” sino como “nacional”– en el saturante discurso épico-publicitario del Gobierno, y en la forma igualmente hartante en que derrama sobre actores privados (publicidades del banco Credicoop, avisos para vender cualquier cosa relativa al mundial y al fútbol, etc.). Sin embargo, después de más de 25 años de hegemonía de editoriales multinacionales con sede central en España y sucursales en la ex colonias, esa discusión no está suficientemente vigente en el campo literario argentino. Reparo, entonces, en un fragmento de la respuesta de Héctor Libertella en aquel lejano 1991. Hablando del Polaco Goyeneche, agrega: “Establezcamos esto en su oxímoron: para hablar de ese argentino natural hay que ser –como diría Luis Chitarroni– un ‘polaco gramático’; polaco, sí, y además gramático, construido, nada natural; un sujeto deliberadamente calculado. Lo opuesto sería, por ejemplo, esa nostalgia o ese esfuerzo por recuperar ‘lo argentino’, desde las galletitas Bagley hasta el empleo del ‘che’, ahí donde lo superficial empezó a generar situaciones poco nobles después de Cortázar”.

Damián Tabarovsky