COLUMNISTAS DEFENSOR DE LOS LECTORES

Boudou y ‘The Truman Show’

¿Lo que percibimos a través de imágenes impuestas desde las pantallas de la televisión es la verdad o lo que los medios construyen para que lo parezca?

PARALELO. En ambos casos, lucecitas montadas para escena.
PARALELO. En ambos casos, lucecitas montadas para escena. Foto:CEDOC

¿Lo que percibimos a través de imágenes impuestas desde las pantallas de la televisión es la verdad o lo que los medios construyen para que lo parezca? La detención del ex vicepresidente Amado Boudou (sobre el que pesan fuertes, firmes y bien fundadas acusaciones por fraudes, peculado, maniobras ilícitas amparadas por su condición política, incluso el patético intento de morder una porción exagerada de los bienes adquiridos junto a su ex esposa marplatense) devino show mediático motorizado por el juez que lo procesa ahora por asociación ilícita. ¿Qué mejor, para un magistrado que carga con serios cuestionamientos, que presentar a su imputado estrella en joguineta, descalzo, despeinado y esposado en su propio departamento de Puerto Madero? Escena perfecta en escenario perfecto con vestuario perfecto para montar un docudrama trocado en comedieta. ¿Sirvió? Les sirvió a los medios, sin dudas, y también al juez, probablemente al Gobierno y seguramente no al ciudadano de a pie, que salta de asombro en asombro.

Este ombudsman no entrará en el nudo de la cuestión (es decir, si el personaje es o no culpable de lo que se le acusa, aunque es sano confesar que cree que sí lo es) sino que intenta aportar a los lectores de PERFIL elementos que les permitan analizar los hechos y sacar sus conclusiones. Sin dudas, el show montado excedió la majestad de la Justicia y se introdujo en lo que suele llamarse la farándula, el juego epidérmico de los programas vespertinos de la TV y de las tapas de revistas del corazón.

En su tratado sobre el Libro IV de la Metafísica de Aristóteles, escribió el filósofo español Paricio de Azcárate y del Corral a mediados del siglo XIX: “Si todo lo que pensamos, si todo lo que nos aparece, es la verdad, es preciso que todo sea al mismo tiempo verdadero y falso. La mayor parte de los hombres piensan diferente los unos de los otros; y los que no participan de nuestras opiniones, consideramos que están en el error. La misma cosa es por lo tanto y no es. Y si así sucede, es necesario que todo lo que aparece sea la verdad; porque los que están en el error y los que dicen verdad tienen opiniones contrarias. Si las cosas son como acaba de decirse, todas igualmente dirán la verdad”.

Es lo que el propio Aristóteles analizó como verdad y apariencia, un juego de opuestos que desvela a los pensadores desde aquellos tiempos griegos hasta hoy mismo. Sin embargo, cada vez más el juego de las apariencias va desplazando, comiéndose partes de la verdad hasta transformarla en un conjunto de verdades posibles, aunque muchas veces inconsistentes. “No hay hechos, sólo interpretaciones”, escribió Friedrich Nietzsche.

Vino a la memoria de este Defensor de los Lectores una inquietante película filmada en 1998 por Peter Weir, The Truman Show (una vida en directo), vista en la Argentina con el subtítulo Historia de una vida. En ella, era construida desde su nacimiento una vida ficticia para Truman (juego verbal con true man, hombre verdadero) Burbank, interpretado por Jim Carrey. Las cámaras omnipresentes de la televisión siguieron durante treinta años al personaje, armándole esa vida mentirosa, guionada y consumida por millones de televidentes. Cristof (Ed Harris) es el titiritero que maneja los hilos de esa irrealidad armada, que llega a su fin cuando Truman Burbank descubre la impostura y juega la única carta posible para liberarse de su cárcel de oro impuesta por la televisión y seguida casi con angustia por el público: puesto frente a la puerta que separa el mundo fantástico en el que Cristof y sus mandantes lo instalaron del mundo real, el protagonista se niega a seguir sosteniendo su dramática ficción y se despide así de ésa, su no-vida: “Por si no nos vemos –dice–, buenos días, buenas tardes, buenas noches”. Y cruza la puerta.

¿Es una calamidad que Truman ponga fin al show y acabe con esa ficción que consumen millones de espectadores? No lo parece: éstos buscarán un nuevo programa, una nueva propuesta –carente de verdad pero bien producida– que les permita seguir siendo parte del mágico mundo del show business.

Es casi seguro que el juez Ariel Lijo no tomó en cuenta The Truman Show para armar el espectáculo en torno a la detención de Amado Boudou. Sin embargo, él o alguien como él tomó la decisión de asumir el papel de Cristof y poner en pantalla lo que vimos, en lugar de lo que debió ser –en homenaje a los millones de argentinos pegados al televisor casi en cadena nacional –: un modelo de sensatez y recato.

Hasta hoy, que se sepa (y aunque a priori se pueda opinar en contrario), el nuevo preso del gobierno kirchnerista es inocente mientras no se demuestre lo contrario.



Temas: