COLUMNISTAS DOS 25 DE MAYO

Bruselas y los nacionalismos

En las elecciones europeas de hoy, los ciudadanos expresarán su desdén hacia los políticos con el ausentismo, y sus temores con el voto a los partidos que desprecian a Bruselas. Argentina y su propia integración regional.

“El sol del 25 viene asomando...”, dice el antiguo triunfo, danza que rememora los días del nacimiento patrio. ¡Nos parece tan remoto aquel brote de libertad! Al desligarnos de España, resolvíamos al mismo tiempo un dilema de identidad y una encrucijada comercial y administrativa que asfixiaba nuestro porvenir.

En Europa, hoy, millones de ciudadanos están entrando en un desfiladero diferente, en el que un componente parecido, el nacionalismo en crecimiento, se opone a la fuerza centrípeta de Bruselas, con eje en Berlín. El domingo pasado dimos algunas precisiones imprescindibles acerca de cómo funcionan los mecanismos electorales de la Unión. Sea como fuere, el lunes 26 quedará conformada la octava Legislatura continental, con mandato hasta 2019. Domingo Faustino Sarmiento escribió un texto sobre la figura del “rastreador”, cuya habilidad en leer datos del piso es cercana al prodigio. Se trata de un paisano que se inclina sobre la huella y descifra cuánta hacienda ha pasado por ahí. Sin querer emular semejante don, nos parece que la elección europea, como la de la India, muestran señales más claras que las que dejan dos tordillos en un pajonal.

Porque se producen en momentos de especial sensibilidad política, ya que a la crisis económica se vienen sumando signos de un reverdecer de antiguos espasmos nacionalistas de pronóstico inquietante. Y no solamente porque movilicen reflejos en naciones vecinas, sino también porque, al hacer más visibles unas fronteras que se venían evaporando sigilosa y constantemente, estimulan el crecimiento de fuerzas políticas (y su consiguiente acompañamiento mediático) que proponen deshacer los vínculos con Bruselas y rescatar las virtudes nacionales. Lo cual estimula, a su vez, la resurrección de momias de racismo que enseguida buscarán cristales, templos y cuerpos de otro color o religión para romper.

Algunas ilustraciones. Un cartel de propaganda a favor de la candidata de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, propone escuetamente: “No a Bruselas, sí a Francia”. Las últimas proyecciones de votos dan un final cabeza a cabeza entre la centroderecha del UMP, 23%, y el derechamente derechista Frente Nacional, con 22%. Un resultado que es acompañado por una estimación de 63% de abstenciones. Mientras, el político italiano Beppe Grillo, del nuevo movimiento Cinco Estrellas, grazna desde el atrio de la catedral de Brescia: “¡Cierren la Exposición (Universal en Milán) de 2015, se economizarán 5 mil millones!”. Grillo, a quien el primer ministro Renzi trata de “bufón”, sigue subiendo en las encuestas (25%), en las que ya supera al partido de Berlusconi (20%) y se acerca a la punta del partido Democrático (30%). En Hungría, la extrema derecha nunca fue tan popular gracias al partido radical Jobbik, que ya convoca al 20% del electorado y cuya denuncia de la criminalidad gitana y la apropiación de Hungría por el sionismo parece hipnotizar a múltiples ciudadanos. Si bien el 54% de los británicos apoya la continuada pertenencia de su país a la Unión Europea, el casi seguro ganador de las elecciones europeas sería Nigel Farage, líder del partido de derecha UKIP (United Kingdom Independent Party), que ya suma el 30% de las preferencias. Entre otras afirmaciones suyas, se mencionan: “Lo que no soporto es el proyecto... de pasteurizar (a Europa) en perjuicio de su diversidad, de sus culturas. Esa Unión Europea es el nuevo comunismo”.

Farage propone una salida inmediata del Reino Unido de la UE y el cierre inmediato de las fronteras, “que permiten la entrada irrestricta al Reino de 450 millones de europeos”. En Grecia, el partido Syriza (la izquierda de la izquierda), conducido por el popular Alexis Tsipras, cabalga sobre la sequedad de la crisis y bien podría ganar.

Agregamos que, sumadas las distintas expresiones nacionales, esta nueva izquierda puede superar en número de bancas, siempre en el Parlamento Europeo, al grupo de los Verdes. En Alemania, y refiriéndose a la votación de hoy, el ex canciller Helmut Schmidt, quien mantiene a los 95 años suficiente sagacidad, expresó: “El peligro de que la situación se agrave, como en 1914, crece día a día”.

Colofón de estas instantáneas son los dichos de George Soros desde los EE.UU. (“Alemania debería haber salido de la Zona Euro”), con otra visión y con el tipo de convicción que alienta a los sacerdotes del mercado y a la ortodoxia, desilusionado por el fracaso del proyecto de control centralizado de los bancos centrales europeos. Al mismo tiempo, trascendieron detalles de un secretísimo plan designado con la sigla Grexit, que se había preparado, para el caso de la salida de Grecia del euro, entre representantes del FMI, del Banco Central Europeo y de la Comisión.

Traducido a términos políticos, el plan equivalía a tender un cordón financiero alrededor de Grecia para evitar el contagio. Lo que demuestra el plan Grexit (Greece Exit, la salida de Grecia) es, sobre todo, la primacía del Banco Central Alemán y la prioridad concedida a la protección del sistema bancario antes que a eliminar las causas de la crisis y atender sus tremendos impactos en la población griega.

Las elecciones que culminan hoy (en algunos pocos países como Malta, Irlanda y Países Bajos, se vienen realizando desde el 22, con embargo de los resultados hasta después del escrutinio del 25) pueden interpretarse en clave mundial. Porque se realizan en un contexto en el que la perspectiva de un mundo de naciones parece estar recreando una versión futurista del mundo post 1648 (Paz de Westfalia), aquel que vio consolidarse un orden mundial basado en las soberanías nacionales.

Sin duda, lo que expresen los votantes no será una fotocopia de los resultados de las elecciones nacionales en cada uno de los países miembros. A los europeos, la relativa ausencia de impacto de estos comicios les permite utilizar las urnas para desagotar su desdén por los políticos (alto ausentismo) y ventilar sus miedos. Pero también constituyen una advertencia que debería contar en el ábaco de los dirigentes, ya que el fenómeno de las plazas de los últimos años, el surgimiento de caudillos nacionales destemplados y la difícil coyuntura económica coadyuvan a la aparición de signos de una vuelta a la moda nacionalista. En la Unión y al lado de ella. Un caso dramático: el líder turco Recep Tayyip Erdogan, durante su visita al sitio de la tragedia minera, se encontró con un ambiente fuertemente hostil y le dio una trompada a un joven minero a la vez que le soltaba un fatídico y expletivo agravio que lo acompañará mientras viva: “¡Esperma israelí!”. En las elecciones de la India, el triunfo de Narendra Modi, cuyo nacionalismo ya inquieta a los muchos musulmanes y cristianos, es otro caso. Lo decía Isaiah Berlin: el nacionalismo “es la inflación patológica de la conciencia nacional herida”.

Este nubarrón nacionalista acorrala a los dirigentes pro mercado, pro ortodoxia y pro atlantistas dentro de paradojas de superación trabajosa. Un par de ejemplos: las negociaciones a tres bandas entre los gigantes de la energía mundiales General Electric (USA), Siemens (Alemania) y Alsthom (Francia). La sola posibilidad de que una joya del prestigio galo fuera absorbida por una compañía norteamericana movilizó al gobierno; resultado: un decreto que incorpora el sector de la energía a aquellos que no pueden salir del patrimonio nacional. Igual contienda se produce en estos días entre el grupo editorial Hachette y Amazon.

En Gran Bretaña, ninguno de los tres líderes partidarios se anima a aprobar la absorción del importante grupo británico Astra Zeneca por el Godzilla norteamericano: Pfizer.

En los intersticios de un sistema mundial en plena evolución y sin ningún líder que aspire al título de omnipotente, a la Argentina se le abre la oportunidad de trabajar en incrementar el valor comparativo de sus ventajas y sus bienes materiales, espirituales y humanos, lo que requiere pactar compromisos más anchos y más duraderos con los países socios, explorar activamente nuevos candidatos a esa categoría y organizar, puertas adentro, una posición estratégica compartida por los actores centrales.



Redacción de Perfil.com