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Buen dios (y los dos demonios)

Por Jorge Fontevecchia. 

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Foto:Cedoc

Bonadio: apellido
medieval cuyos orígenes etimológicos se remontan al compuesto de “bon” (buen) y “dio” (Dios). Con la
inclusión de la preposición “a” (para) también puede ser “bueno para Dios”.

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El juez Bonadio tiene visible en su despacho la frase “Todo pasa”, significado que algunos medios interpretaron como señal de quien esperó para actuar la llegada del cambio de ciclo porque, viniendo del menemismo, el auge kirchnerista le resultaba hostil. Además de haber sido subsecretario Legal del ministro Corach y parte de su célebre servilleta, a Bonadio también se le asigna haber militado en la agrupación peronista Guardia de Hierro, enfrentada a Montoneros. Y sólo por carácter transitivo, como Bergoglio en su juventud también tuvo relación con Guardia de Hierro, se deduce que Bonadio actúa ahora con el aval del Papa (la acepción de “Bonadio” como “bueno para Dios”). Al Papa se lo usa para todo y, quizá por eso, ya no sólo no vendrá antes de las elecciones, sino que también suspendió su visita de 2016.

Pero toda esa descripción sobre Bonadio –convertido en una especie de dios pagano para los antikirchneristas y demonio para los K– remite a la misma lógica de amigo-enemigo, guerra, santos y demonios que existió en todas las épocas y lugares pero que en la Argentina echó raíces más profundas en los 70, por la violenta forma de expresar diferencias entre los sectores antagónicos del peronismo y otros movimientos que podían ser nacionalistas o de izquierda, pero que los unía el antirrepublicanismo.

Bonadio tiene la misma edad que la Presidenta, y quizá lo que una a Scioli, Macri y Massa, además de ser un poco más jóvenes, es no haber participado de esas divergencias ideológicas acuñadas en los 70 y revividas en la última década, primero por el kirchnerismo y luego por los que pasaron a oponérsele con igual virulencia, como si fuera una reedición farsesca de la teoría de los dos demonios, esta vez entre civiles de ambos lados, ya sin la represión de la dictadura militar ocupando uno de los dos lugares.

Ojalá esa parte del problema sea generacional y se cure en el próximo ciclo presidencial con el natural y progresivo pase a retiro de políticos, periodistas y jueces comprometidos temporalmente con los 70. Pero siempre quedarán aquellos más jóvenes que comparten un modo beligerante de entender la vida, quienes, si la sociedad los premiara con poder, reordenarían la división alrededor de otro límite entre algún diferente “ellos y nosotros”, recreando dos demonios.

Probablemente por su experiencia en la Argentina de los 70, Francisco sea el papa que más recurrentemente se refirió al demonio, hasta dedicarle hace un mes una homilía entera, cuando dijo: “El demonio no es un mito, existe y debemos luchar contra él”. “El diablo es el padre de la mentira”. “Tenemos necesidad de este escudo de la fe, porque el diablo no nos tira encima flores sino flechas de fuego para matarnos”.

Alegra ver a la Justicia activa e independiente del Gobierno, pero la empaña que varios de los jueces que durante años no tomaban medidas que molestaran al kirchnerismo ahora desempolven causas cajoneadas (operación “plumerito”), que mucho antes deberían haberse activado.

El ideal es siempre un objetivo inalcanzado, pero la Justicia, como el periodismo profesional, al no estar condicionada por mandatos electorales, tendría que cumplir un papel estabilizador, contracíclico, no sobreactuando las tendencias sino moderándolas.

Si se comportaran como poderes fácticos, que responden corporativamente a ataques –como pudieron haber sido en su momento la Ley de Medios o un nuevo Código Procesal–, no estarían cumpliendo su papel de ejercer siempre una actitud de control de cada gobierno, y no sólo en sus años finales.

El porqué. Pero una parte significativa de la sociedad aplaude y se identifica con esa manera confrontativa. Raymond Williams, uno de los iniciadores de los Estudios Culturales, fue uno de los primeros en referirse a una estructura social de sentimiento pero “no del sentimiento contra el pensamiento, sino del pensamiento tal como es sentido y el sentimiento tal como es pensado”.

Una forma de comprender este fenómeno del pensamiento sesgado en los juicios reflexivos es a través de la distinción que realizó el fundador de la Teoría Semiolingüística de Análisis del Discurso, Patrick Charaudeau, entre “opinión” y “apreciación”. La opinión implica el “cálculo de probabilidades” y es el “resultado de un juicio hipotético sobre una posición favorable/desfavorable (...) Es un testimonio del punto de vista de un sujeto acerca de un saber”. Mientras que la apreciación, al contrario, es el resultado de “una reacción del sujeto frente a un hecho (...) No existe cálculo de probabilidades sino actitud reactiva inmediata” que remite al universo afectivo: “frente a un hecho, el sujeto siente, identifica, expresa un parecer positivo o negativo, pero en ningún caso hace un cálculo”. Cada uno de estos juicios reflexivos “procede de dos movimientos inversos: la opinión, sobre el hecho como evaluación intelectual, y la apreciación, a partir del hecho como reacción afectiva”.

Es una cuestión de fe; hay quienes aprecian a Bonadio y quienes lo desprecian, relación inversamente proporcional con quienes aprecian y desprecian a la Presidenta. Así planteado, el problema de la Argentina no es ideológico sino sentimental.

Prisioneros de la pasión, resulta más difícil razonar y discernir cuando se trata de una confrontación entre un dios y un diablo, o entre dos diablos.



jfontevecchia