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Buitres

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Había un buitre que me picoteaba los pies. Zapatos y medias estaban desgarrados ya; ahora picoteaba los pies. (…)Un señor que pasaba me observó por unos instantes y me preguntó por qué soportaba al buitre.
—Es que estoy indefenso –le respondí–. El buitre llegó y comenzó a picotearme; lo quise ahuyentar y hasta intenté estrangularlo. Pero estos animales son muy fuertes”.

Así se inicia el cuento de Kafka, titulado El buitre (en la traducción de Nélida Mendilaharzu).
Como sabemos, los buitres son aves rapaces que se alimentan de carroña y, a veces, de seres vivos (cuando no encuentran cadáveres). Sus alas están adaptadas para aprovechar al máximo las corrientes de aire, permitiéndole que se remonten con facilidad. Después de un esfuerzo inicial, al ganar cierta altura, planean dentro de una suerte de bolsas de aire caliente que se van formando en las corrientes térmicas.

Los buitres poseen una vista privilegiada: pueden ver con claridad y precisión tres campos diferentes al mismo tiempo. Tienen dos campos laterales con visión monocular y uno, central, con visión binocular.

Su pico, prácticamente tan largo como su cabeza, es corvo y fuerte  y la lengua, tapizada de púas; ambos están especialmente creados para desgarrar la piel y ablandar rápidamente la carne de los animales muertos que van comiendo. Los buitres tienen la gran habilidad de descubrir sus presas desde una gran distancia.

Salvo en la Antártida y Australia, estas aves se encuentran en todos los demás continentes.
Existen buitres de las más variadas especies: el quebrantahuesos, el alimoche sombrío, el cabecirrojo, el cabeciblanco, el orejudo, el negro, etc.
En la Argentina tenemos nuestros propios buitres: los zopilotes.

En resumen, podemos decir que los buitres son aves rapaces de gran envergadura, con una visión triplicada (“ojos de águila” es una frase que también les iría bien a los buitres), picos largos y características bucales que permiten la rápida deglución de los trozos de cadáveres que van devorando.

El buitre no será un bicho simpático, claro está, pero tampoco es tan repulsivo como a veces se lo pinta. En realidad, el ecosistema lo necesita, porque al eliminar la carroña, elimina la posibilidad de muchas enfermedades derivadas de la descomposición de cadáveres.

El gran Faulkner tenía la siguiente fantasía: “Si me fuera a reencarnar, quisiera volver al mundo como un buitre: nadie lo odia, ni lo envidia, ni lo desea, ni lo necesita; jamás molesta y nunca está en peligro; además, le mete el diente a cualquier cosa”.

No es ésta la opinión que nuestros gobernantes albergan acerca de los buitres, a los que, en una consigna bastante cercana, se los ha contrapuesto a la idea de Patria. Claro que se trata de otros “buitres”. Esos “buitres” son, ni más ni menos, que una metáfora que califica a los que compran deudas de empresas y estados a punto de quebrar, a un precio irrisorio y luego presionan o litigan para el pago de la totalidad de los valores de esas deudas.

El cuento de Kafka termina con el buitre clavando su pico en la boca del narrador y el narrador “liberado”, cayendo de espaldas y sintiendo que su sangre, “al colmar todas las profundidades e inundar todas las riberas, ahogaba irremisiblemente al buitre”.

Un final fantástico para un cuento fantástico.
Nuestra historia –nacional y racional– es diferente a cualquier “relato”. No es un juego literario ni una alegoría metafísica. Sabemos que los buitres no son palomas de la paz, pero tampoco son chivos expiatorios de todos nuestros males.

Antístenes, filósofo griego del siglo V antes de Cristo, decía: “Vale más caer entre las garras de los buitres que en las manos de los aduladores, porque aquellos sólo causan daño a los muertos, pero éstos devoran a los vivos”.
Cualquier semejanza con nuestra realidad es mera coincidencia.

*Escritora y columnista.



Alina Diaconu