COLUMNISTAS JOSE IGNACIO GARCIA HAMILTON

Buscador de la verdad y demócrata con ideales

Cuando en la madrugada del jueves concluyó esa larga batalla de José Ignacio García Hamilton contra la enfermedad, quedaba cerrada también la vida de un singular pesquisador de la verdad histórica y de un demócrata cargado de ideales.

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default Foto:Cedoc

Cuando en la madrugada del jueves concluyó esa larga batalla de José Ignacio García Hamilton contra la enfermedad, quedaba cerrada también la vida de un singular pesquisador de la verdad histórica y de un demócrata cargado de ideales.

A la verdad histórica la buscó apartando de los próceres las gloriosas versiones escolares. Quiso examinarlos de nuevo y de cerca en sus libros.

Se internó en Alberdi con Vida de un ausente, en Sarmiento con Cuyano alborotador, en San Martín con Don José y en Bolívar con Simón.

Fue memorable el alboroto que desencadenó su best seller sobre San Martín: afirmaba la supuesta condición de hijo natural del Libertador y desmentía su pobreza en el exilio.

Pero creo que su aporte tuvo un alcance considerablemente mayor que el escudriño de grandes figuras calzando pantuflas.

José Ignacio utilizó a fondo el don envidiable de acertar de lleno en el público, y acercó el público a la historia en forma masiva.

Le ofreció el pasado como amenas y ágiles novelas. Claro que las armó con una inteligente investigación en buena bibliografía, sagazmente releída, y también en documentos.

Tarea que lo llevó, justamente, a descubrir cosas nuevas y por lo tanto a encender polémicas que nunca rehuyó.

Gracias a él, el hombre común pudo enterarse de cómo fueron esas vidas que, hasta aparecer sus libros, estaban expuestas en mamotretos cuajados de notas eruditas e imposibles de penetrar sin conocimientos previos.

Su versión del San Martín humano era, en última instancia, una suerte de homenaje a la madurez que creía imprescindible en un lector argentino del tercer milenio.

Y tenía el propósito de lograr el milagro de idéntica madurez en la vida cívica. De eso dio testimonio desde la década de sus años veinte.

Cuando fundó en Tucumán el diario El Pueblo, enfrentó sin miedo las modalidades del ventarrón violento que soplaba sobre su provincia y su país. La decisión le valió una bomba en el diario y seis meses de cárcel, entre 1974 y 1975.

Después, ya instalada la democracia, junto con su tarea de escritor, de abogado y de profesor universitario, no se privó de la militancia cívica.

Su provincia lo llevó finalmente al Congreso de la Nación como diputado, con cerca de 100 mil votos obtenidos sin campaña ni discursos, por la sola fuerza de su prestigio moral.

Es que era un predicador incansable de las verdades de la democracia. Además de proclamarlas, se afanó en su rastreo histórico, que consta en el libro Los orígenes de nuestra cultura autoritaria. Entendió haber detectado las fuentes de nuestras grandes lacras, y formuló propuestas para un cambio de fondo.

Las expuso en libros, en artículos, en los medios de comunicación. Aspiraba a que el argentino dejase atrás un lastre que le venía de muy lejos, y se convirtiera en alguien con sincero espíritu cívico, “maduro, responsable, consciente de lo que hace, y que elige, que opta y que asume todos sus actos”.

Creía en la necesidad absoluta de la libertad. Pero, como lo dijo en uno de tantos reportajes, pensaba que “la libertad basta para liberarse del déspota, pero no para vivir luego respetando a los demás”.

Insistía en que “la democracia es la práctica permanente de la autolimitación”; esto es, arrodillarse ante la ley para no tener que hacerlo ante ningún tirano.

Es presumible que semejantes conceptos resultaban difíciles de asimilar para el gobierno de Fidel Castro, que le impidió la entrada a Cuba, hace tres años.

Todos sus ideales estaban encerrados en un hombre afable en sumo grado, incapaz de una afirmación airada y desdeñoso de la maledicencia, dispuesto siempre a conversar con todos, a estimularse en la confrontación de ideas. No hay muchos de su estilo en la Argentina de hoy, y eso hará que lo extrañemos con intensidad.


*Abogado, historiador y columnista de La Gaceta de Tucumán.


Carlos Paez de la Torre (h)