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Buscando señales en el ruido

Macri lleva un trimestre pero parecen dos años. La sociedad, más solidaria que los empresarios. Hacia dónde vamos.

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Foto:Pablo Temes

La velocidad con que se desarrollan los hechos políticos en la Argentina no da respiro.

Aglomeración de hechos. En pocos días se sucedieron, entre otras muchas cosas, la votación de la ley para pagar a los buitres; la visita de Obama; la multitud en la Plaza de Mayo por los cuarenta años de la dictadura; la multiplicación de las tarifas de los servicios públicos en escalas insólitas; el incremento de la pobreza señalado desde la UCA; la difusión de las listas de los papeles de Panamá que incluyó una imputación al Presidente y el encarcelamiento de Ricardo Jaime y Lázaro Báez.  
Un titular es empujado por otro, mostrando a una Argentina increíblemente trepidante y de difícil interpretación para el argentino medio, que busca responder a una simple pregunta: ¿para dónde vamos?

Sin respuestas. Si bien la aprobación de la ley para cerrar el capítulo de los holdouts y la visita de Obama fueron dos hechos visualizados en forma positiva por la sociedad, no se perciben en el corto plazo respuestas a uno de los problemas más acuciantes: la disminución del poder de compra de los ingresos frente al aumento desmedido de los precios. En este marco pasó casi desapercibida la declaración de Macri señalando su exclusiva responsabilidad en la reducción de la inflación para el segundo semestre, donde ya será difícil lanzar culpas a la herencia recibida. Tanto por esta situación crítica como por su participación en las empresas de Panamá, el Presidente pone en juego en estos días su principal activo: la credibilidad. Cuando en noviembre del año pasado hubo que elegir en el ballottage entre Macri y Scioli, el 51,4% de la sociedad prefirió al primero. Para obtener esta escueta mayoría, el Presidente tuvo que recorrer un camino que se inició en las primarias de agosto donde obtuvo el 24,5% que, sumado los votos de Carrió y Sanz, llegó al 30,1% por Cambiemos. En la primera vuelta electoral escaló casi diez puntos hacia el 34,1%, pero aun tres puntos debajo de Scioli. Pero puestos a decidir en el mano a mano final, los ciudadanos le creyeron al hombre que prometía unir a los argentinos más que a un Scioli atrapado entre un pasado desteñido y un futuro incierto.

Sin oposición. Contrariamente a las elucubraciones sobre la ingobernabilidad que provocaría a Cambiemos no tener mayoría en el Congreso Nacional y que la mayoría de las provincias estén en manos de dirigentes provenientes del peronismo, Macri hoy no tiene prácticamente oposición política; Massa es casi un aliado, el peronismo disperso no tiene entidad ni rigor político, y el kirchnerismo es empujado hacia la cornisa del desprestigio amplificado por el paso por los tribunales de algunas de sus principales figuras. De aquí que la mayor fuente de incertidumbre es originada por el propio Gobierno, que propone un ajuste sin horizontes, en nombre del sinceramiento, y comienza lentamente a desgastar su capital político.

Sacrificios y señales. Lo señalado es paradójico, en momentos que encuestas y grupos focalizados muestran algo milagroso visto desde la idiosincrasia nacional: muchos argentinos están dispuestos a hacer sacrificios personales y familiares para ayudar al país limitando sus consumos. Esto es exactamente lo contrario de lo que ocurrió durante el kirchnerismo, donde los argentinos se dieron los gustos. Ejemplo:
entre 2003 y 2015 se vendieron 7.600.000 autos nuevos, arrimando al millón en 2013. Vivir el presente fue la consigna de los que decidieron que, entre inflación y devaluaciones, no tenía mayor sentido ahorrar. También consumieron los más pobres; la proliferación de las “saladas” y “saladitas” mostró que estos sectores podían ejercer también esa especie de ciudadanía universal que es ser consumidor.
Esta oferta de muchos argentinos para reducir transitoriamente su nivel de vida, más allá de haber votado o no al Gobierno, es –como dicen las publicidades– por tiempo limitado. Los períodos de ajuste y austeridad deben ser acompañados por todos los sectores de la sociedad, sobre todo por las clases poderosas, y muy especialmente el elenco gobernante.
Estas no son las señales que la sociedad está leyendo. Prácticamente ningún empresario está dispuesto a resignar rentabilidad, y menos a abandonar
su vida de lujos y abundancia. El sector agroexportador, principal beneficiario de las políticas del macrismo, no aporta en forma proporcional a estos beneficios, por el contrario, esperan nuevos. No se conocen nuevas inversiones, ni generación de nuevas fuentes de trabajo. Finalmente, todas las expectativas están puestas en la llegada de capitales desde el exterior, pero este razonamiento esquiva una pregunta elemental: ¿por qué invertirían los extranjeros en el país cuándo no lo hacen los propios argentinos?  
Parte del elenco gobernante comparte la lógica de los empresarios con la falta de sensibilidad de quien no conoce lo que es pasar necesidades; tres pesos para muchas familias argentinas puede ser la diferencia entre comprar un sachet de leche o no comprarlo. Un sector de la sociedad, en lo cierto o no, pensó que la incorporación de cuadros empresariales a la gestión del Estado (los famosos CEO) podía imprimir una nueva racionalidad frente al promocionado “despilfarro” kirchnerista; sin embargo, hoy  comienza a ver sólo empresarios en el poder. En este marco, la acción de la Justicia en los casos de corrupción es bienvenida por los argentinos, quienes consideran que los recursos del país han sido drenados por  malos usos de los fondos públicos, pero queda el sabor amargo de saber si estas acciones judiciales simplemente vienen a suplir
las falencias de gestión en la era donde la política se ha fusionado con los medios de comunicación, y cuando la comunicación política parece simplemente reemplazar a la política.
Sin bien para la híper-veloz temporalidad argentina parece que hubieran pasado dos años, Macri gobierna hace poco más de un trimestre, tiene prácticamente todo su mandato por delante para mostrarle a la sociedad que el barco que conduce  se dirige a un puerto conocido y seguro, aunque el viaje pueda tener sus contratiempos.

*Sociólogo, analista político (@cfdeangelis)



Carlos De Angelis