COLUMNISTAS AUSENCIAS


Cadena de responsabilidades

PERFIL COMPLETO

Si un chico de un año gatea hasta un enchufe y quiere meter los dedos, no sabe que se expone al peligro de electrocución. Si alguien de 18, 20 o más años va a una fiesta electrónica y consume drogas mezcladas con alcohol y energizantes sabe a lo que se expone. No hay responsabilidad en el bebé de un año, sí la hay en quien ya puede votar, casarse y disponer de bienes. No es un chico. Responsabilidad significa hacerse cargo, responder a las consecuencias de sus acciones, decisiones y elecciones. “En cada momento soy responsable del momento siguiente y toda decisión, tanto la menor como la mayor, es una decisión para toda la eternidad”, dice en Psicoanálisis y existencialismo Víktor Frankl, el médico y pensador vienés que fundó la logoterapia como una herramienta de búsqueda de sentido existencial.
En la fiesta electrónica de Costa Salguero que el 16 de abril terminó con la muerte de cinco jóvenes adultos (no “chicos”) y serios daños en otros, hubo una cadena de responsabilidades que van más allá de este episodio puntual. En todos los eslabones de la cadena los responsables saben lo que hacen, aunque intentan ignorar las consecuencias o convertirlas en culpas ajenas. Los consumidores son responsables de lo que consumen. Aquí no se trató de víctimas inocentes. No ocurrió que pidieron helado de frutilla al agua y les vendieron éxtasis adulterado. Quien juega a la ruleta rusa sabe que hay una bala y que ésta se disparará en algún momento. Los organizadores son responsables de administrar un territorio liberado para el comercio de drogas, como suelen ser las raves y demás eventos electrónicos, en los cuales la música es sólo pretexto y telón de fondo. Negar esto es negar que la tierra gira alrededor del sol. Y aun si no fueran ellos los administradores directos de la venta, lucran con la situación: las botellas de agua a 40 y 100 pesos sí las vendían ellos y sabían el porqué de la voracidad del consumo.
El Estado, cuya ausencia crónica en lo que hace a control y sanción no se ha modificado desde Cromañón hasta hoy (no importa quién gobierne, en todo caso lo que cambia es el discurso), es responsable de desidia, negligencia y pasividad ante una situación que tiñe la “recreación” nocturna; ocurre en los recitales, en las fiestas electrónicas, en los boliches. Argentina es un país de alto consumo de drogas en todas las capas sociales y no un inocente punto de tránsito.
Y un eslabón especial de la cadena es la grave epidemia de deserción paterna-materna en el cumplimiento de sus funciones de transmisión de valores, de guiar en la construcción de modelos de vida con sentido y contenido, de enseñar a construir vínculos donde el otro sea un fin y no un medio. Esa deserción se traduce en hijos que crecen con desconocimiento del límite, de la norma, con ausencia de liderazgo, de modelos y referencias para una vida trascendente. Padres que temen a sus hijos (“Si le pongo un límite, se enoja”), padres clientelistas dispuestos a no intervenir para no perder imagen ante los hijos (con lo cual convierten el vínculo en una transacción utilitaria: no te limito, pero no me traigas problemas), padres que ignoran la verdadera vida de sus hijos y se conforman con preguntas y respuestas banales y epidérmicas, son padres que generan huérfanos funcionales. La nuestra es una sociedad de hijos huérfanos con padres vivos. Esa orfandad los deja a la deriva, flotando en el vacío existencial, cuya profundidad dolorosa pretenden llenar con “diversión”, bulliciosa, efímera, superficial, falsa y siempre provista desde afuera, con actividades y sustancias que son el caldo en el que se cuecen tragedias como las de Costa Salguero y tantas más.
En ese panorama una minoría de padres responsables de sus funciones insiste en el cumplimiento de su misión: contribuir a que sus hijos maduren como personas autónomas, con ideales y valores, responsables, capaces de dejar el mundo un poco mejor de como lo encontraron. Esos padres se sienten solitarios a menudo, fuera del circuito perverso de responsabilidades no asumidas. Pero, aunque el camino es duro, no tendrán de qué lamentarse.
¿Cuál será la próxima tragedia? ¿Volverá a reaccionar la sociedad como si se tratara de una catástrofe natural, de algo imprevisible? ¿Seguirán los responsables disfrazándose de víctimas o de inocentes? El próximo capítulo, con las respuestas, no ha de tardar. Nunca tarda en este país.

*Escritor y periodista.



Sergio Sinay