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Cámara oculta que no fue

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Fue una cámara oculta la que filmó a Fariña? ¿Y si lo hubiera sido, estaría bien usarla como un recurso periodístico? Escribo antes de saber qué dirá Jorge Lanata hoy a la noche. Pero igual entiendo que ya hay elementos para saber si fue estrictamente una cámara oculta.

Para mí no lo fue. Pero no porque Fariña haya asegurado –apenas horas después de que se televisaran sus declaraciones a Jorge Lanata– que él sabía que estaba siendo filmado, sino porque no reunió las condiciones de una cámara oculta.

En las cámaras ocultas, el periodista no se asume como tal. Un ejemplo fácilmente recordable fue el famoso “la platita, la platita“, donde el periodista se disfraza, dice ser un pequeño empresario. En cambio, está claro que Fariña sabía que está hablando con un periodista: no actuó como un financista que cayó en el anzuelo de un periodista. Actuó como alguien que quiere hablar con un periodista para que sus palabras sean publicadas.

Esto quedó fuera de discusión. No fue una conversación off the record. Si lo hubiera sido, al día siguiente se hubiera declarado engañado. No fue así: dijo que todo lo que había declarado era una ficción para lavar su imagen (!).

¿Cuál fue la verdadera razón de su supuesta mentira? Difícil que lo confiese alguien que ha mentido y mucho más difícil que alguien le crea. O sea, no fue una cámara oculta, más allá de la disputa sabía-no sabía.

La investigación sirve para mostrar en acción una cuestión propia del periodismo. Los periodistas solemos obtener informaciones porque a alguien lo beneficia darnos esas informaciones. Un caso claro en este sentido fue Watergate. Un hombre de muy alto rango del FBI convocó y habló con Bernstein y Woodward porque ese servicio secreto quería dañar a Nixon. También el pequeño Fariña ha sacado algún beneficio de su operación audaz.

El periodismo aprovecha las peleas internas y contradicciones que abren hendijas en el poder. Pero no siempre es así. Algunos medios –La Nación, por ejemplo– suelen procesar bases de datos accesibles a todos y obtienen informaciones valiosas sin ayuda de terceros.

Bien lejos del escándalo de estos días. La cámara oculta no me parece un recurso legítimo del periodismo porque está necesariamente basada en un engaño llevado a cabo en el ejercicio del oficio.

En la cámara oculta el periodista actúa como un pretendido auxiliar de la Justicia. De hecho, algunos periodistas han entregado a la Justicia el video obtenido con engaño antes de difundirlo en sus programas; parece una manera de buscar alguna legitimación periodística, una manera de decir yo no suplanto a la Justicia.

Pero aún así eso confirma una visión que muchos ciudadanos tienen del periodismo: puede exceder sus límites con la condición de que se convierta en un justiciero; no importan los métodos si tienen una apariencia de legitimidad.

Esta percepción daña al periodismo en su credibilidad. Es difícil que el público les crea a quienes engañan, aunque los engañados hayan sido los malos.

En cuanto a las fuentes de los periodistas, aquellas personas con las que hemos establecido una relación de confianza y nos dan información, llegará el día (si no ha llegado ya) en que muchas de ellas quieran hacernos pasar por un escáner, como los aeropuertos, antes de hablar. Y otras, directamente preferirán no hablar.

Y en cuanto a nosotros mismos, las cámaras ocultas pueden hacernos creer que somos justicieros. Esto es lo peor.


*Periodista.



Roberto Guareschi