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En la televisión que, en parte, me educó, allá a comienzos de los años 70, no faltaban las viejecitas. Ya entonces me encantaba escucharlas, atento a veces a su sapiencia, captado a veces por su ternura. Eran Blackie, o Tita Merello, o doña Petrona C. de Gandulfo, o la tía Valentina.

Hablaban desde la cocina o desde la vida misma, según el caso; y según el caso daban consejos sobre la cantidad de huevos que debe llevar una torta o sobre el modo mejor de hacerse respetar en el mundo. Hablaban por experiencia: hablaban de esas cosas que sabían porque habían vivido. Contaban esa clase de historias que, aunque con diferencias, evocó Walter Benjamin en Experiencia y pobreza y en El narrador, las historias que funcionan como un legado. Sus arrugas, sus fatigas respaldaban sus palabras. Para frescura estaba Julieta Magaña, para frescura estaba Gachi Ferrari.

Mis abuelas, a las que tanto extraño, vivían todavía. No obstante eso, me gustaba procurarme esa especie de refuerzo o complemento televisivo. Las viejecitas de la pantalla me lo prodigaban, cada cual con su propio estilo. Ahora echo de menos todo. Porque hoy en día, si uno se fija, no hay menos señoras de edad en la televisión argentina: septuagenarias, octogenarias, acaso nonagenarias, la habitan en programas diversos. Y sin embargo, ¡qué distinto luce todo!

Las caras, por lo pronto: no son las de la ancianidad, incluso cuando se trata de ancianas; pero tampoco son las de la juventud, que no precisan por cierto remaches, injertos ni andamios. Son caras que provienen de una dimensión robótica o post humana, en la que no existe más la expresividad, ni tampoco la vida o la muerte. Figuras desfiguradas, carecen de edad: ni tercera ni cuarta ni quinta. Reniegan de sus tantos años, que a menudo es lo único que tienen.

Aleccionar a los demás por lo visto les encanta, y los pocos gestos faciales que están en condiciones de practicar tienden a ser más bien despectivos; no está claro, sin embargo, qué es lo que la vida vivida las faculta a enseñar y transmitir. Suelen hablar de lo que se dice “en la calle”, a la que empero nunca salen, o bien de lo que dice “la gente”, con la que empero nunca se mezclan.

Una de las viejecitas de nuestra televisión quedó expuesta, la otra noche, a un argumento que no esperaba; uno sobre la desigualdad social y la injusticia de un sistema que tiene que producir pobres porque sin ellos no funciona. Ella no opuso argumentos propios, tan sólo se empacó negando; manoteó dos o tres prejuicios fuertes, que son lo contrario de una discusión interesante y verdadera; y por fin determinó, porque el programa era suyo, que de inmediato se cambiara de tema. Cambiar de tema suele ser una especialidad de las abuelas cuando se arma alguna discusión en la mesa; pero su encanto es que lo hagan sin que se note, y no para obligar a callar al que dice lo que ellas no quieren oír.



Martín Kohan