COLUMNISTAS UNION EUROPEA

Camino al abismo

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Las elecciones europeas del pasado 25 de mayo han confirmado los pronósticos pesimistas: la Unión Europea (UE) va camino de convertirse en la primera gran víctima de la crisis capitalista mundial.

En tres grandes países, Francia, Gran Bretaña y Dinamarca, los partidos de extrema derecha, o populistas antieuropeos, confirmaron las previsiones de las encuestas y se impusieron tanto a liberales y conservadores como a socialdemócratas. La abstención, otra muestra del desinterés de los ciudadanos por la UE, fue del 57%.
“Terremoto”; “ola eurófoba sobre el Viejo Continente”… Los titulares, a derecha e izquierda, no ahorran calificativos catastrofistas. Ocurre que además de lograr el primer lugar en esos tres importantes países, los partidos eurófobos obtuvieron buenos resultados en Austria, Hungría, Suecia y Grecia. Sólo en Holanda y en Italia cosecharon menos votos que los previstos, aunque no puede hablarse de derrota: simplemente no crecieron como se esperaba. Así, los partidos eurófobos enviarán más de 140 diputados a Bruselas, o sea casi la quinta parte del Parlamento Europeo.

El fenómeno es particularmente preocupante en Francia, “eje” y motor de la UE, junto con Alemania. El nacionalista, populista, racista y antisemita Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen, con el 24,95% de los votos, ganó por primera vez un escrutinio nacional, casi cinco puntos por delante de la derecha liberal (Unión por un Movimiento Popular, UMP, 20,79%) y más de diez sobre el gobernante Partido Socialista (PS), reducido esta vez al nivel más bajo de su historia: 13,98%. El Frente de Izquierdas (FG; socialistas disidentes y comunistas) de Jean-Luc Mélenchon, por su parte, obtuvo un famélico 6,34%. Todas las izquierdas reunidas, incluyendo a “verdes” y contestatarios diversos, sólo obtuvieron el voto de un elector francés sobre tres.

En los días que siguieron, Jean François Copé, jefe de la derecha liberal, presentó su renuncia a la UMP –afectada además por un escándalo de corrupción en el manejo de los fondos electorales– y se acentuó la fronda en el PS: presionado por las bases y un importante grupo de parlamentarios socialistas opuestos a las medidas liberales anunciadas por el presidente François Hollande y su primer ministro Manuel Valls, su nuevo secretario general, Jean-Christophe Cambadelis, anunció una “apertura de conversaciones” hacia la izquierda, en particular los “verdes” y el FG de Mélenchon. El fantasma de un triunfo del FN en las presidenciales francesas de 2017 empieza a corporizarse.
Las repercusiones de estos resultados en toda la UE son enormes. En España, los socialistas del PSOE apenas lograron el 23% de los votos, lo que provocó la renuncia de su secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba. También el gobernante Partido Popular (PP), resultó sancionado: aunque primero en votos con el 26%, eso es mucho menos que el 42% obtenido en las europeas de 2009. Juntos, el PP y el PSOE reunieron el 49% de los sufragios, contra el 80% en 2009.
Las excepciones entre los grandes países fueron Alemania, Italia y Grecia. En el primero, la coalición de gobierno democristianos/socialdemócratas obtuvo el 63% de los votos. El Primer ministro italiano Matteo Renzi, del Partido Democrático (PD, de centroizquierda), obtuvo el primer puesto con el 42,4%, igual que la izquierda radical griega Syriza, con el 26,5%. Aunque es muy pronto para juzgar los resultados de su gestión, Renzi es por ahora el único dirigente de izquierda europeo que parece decidido a apartarse de las políticas de austeridad y recortes presupuestarios que pregonan tanto Alemania como el Banco Central Europeo (BCE) y los demás gobiernos. Lo mismo puede decirse de Syriza, que, aunque no gobierna, sostiene posturas similares.

Queda ahora por ver cuál será la actitud de los partidos eurófobos en el nuevo Parlamento. Tanto el Partido de la Independencia (UKIP) inglés como el Partido Popular (DF) danés han expresado su negativa a una alianza con el FN francés, al que rechazan por “racista y antisemita”. Pero, fuera de esto, sus propuestas de salida del euro, de la UE y de antiinmigración no se diferencian en absoluto. Es por eso que, apuntando a una gran alianza eurófoba, Marine Le Pen hace esfuerzos por dulcificar el discurso de su energúmeno padre, Jean-Marie, fundador del FN, aunque con escaso éxito: cuatro días antes de las elecciones, éste afirmó que “El virus Ebola puede solucionar el tema de la inmigración en tres meses”... Pero, aunque no lleguen a una alianza explícita, los diversos partidos eurófobos de la UE seguramente se van a entender en numerosos asuntos.

Un futuro incierto. Ya se ha dicho aquí que “la crisis capitalista mundial aparece ante la sociedad europea bajo la máscara de la crisis del euro y de la Unión, ya que quienes los han llevado a cabo, liberales, socialcristianos y socialdemócratas esencialmente, llevan décadas sin poder hacer nada, y las cosas van cada vez peor” (http://www.perfil.com/columnistas/S.O.S.-Union-Europea-20130609-0019.html). En efecto, el Estado de bienestar europeo fue durante décadas la vidriera capitalista, el ejemplo a imitar. Pero ahora, en tiempos de globalización, desempleo estructural, crisis de demanda y especulación financiera desenfrenada, el Estado de bienestar es, en estricta lógica capitalista, caro e incompetente. La UE pudo tener durante décadas una moneda y un mercado común y permitirse la libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas sin que existiesen impuestos comunes, un gobierno común digno de ese nombre (con competencias estratégicas sobre todos los países), una política exterior y de defensa comunes. También se dio el lujo de tener un Banco Central que sólo se ocupase de vigilar el déficit de cada país y, sobre todo, la inflación, despreocupándose de las políticas comunes de inversión y empleo.

Pero la crisis capitalista mundial ha venido para quedarse, y la UE está en desventaja. El crecimiento que el BCE anticipa en la Eurozona este año es del 1,2%, mientras el desempleo sigue por encima del 12% (duplicándose en algunos países, como España) y aumentando inexorablemente por efectos de la tecnificación. La demanda interna no crece, debido a las elevadas tasas de desempleo y caída de los salarios, además del peso que representa la deuda privada. La rígida política antiinflacionaria que propicia el BCE pone al euro por las nubes y dificulta las exportaciones, con lo que el panorama general apunta a una deflación con recesión.

O sea que el modelo europeo, tal como existe, es insostenible en el contexto de globalización y feroz competencia capitalista de estos tiempos (http://www.perfil.com/columnistas/Bye-bye-Europa-social-20140119-0024.html).
El liberalismo se muestra impotente ante la crisis, en la UE y en todas partes. La socialdemocracia propone “soluciones” liberales. Campo orégano para el populismo nacionalista, lo que podría acabar en la fractura de la UE y el fin del sueño de paz y cooperación entre países y culturas que le dio origen.

 *Periodista y escritor. Acaba de publicar, junto con Mario Bunge, ¿Tiene porvenir el socialismo? (Eudeba).



Carlos Gabetta