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Carta abierta al papa Francisco

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Estimado:
Usted es, sin dudarlo, el líder mundial más importante de la actualidad. Su encíclica sobre los problemas ambientales de “nuestra casa común” adquiere, por lo tanto, una relevancia trascendental. Comparto su legítima preocupación y su alarma. Es por eso que me permito estas líneas algo impertinentes. Pero, después de todo, usted recibe reiteradamente a tanto político que, pese a sus esfuerzos, retorna a nuestro país para seguir haciendo las mismas tropelías, que aspiro a que, de la misma forma, pueda tolerar mi atrevimiento. “Misteriosos los caminos del Señor”, podríamos alegar ambos.

Usted, que tanto está haciendo por convencer a los miembros de su Iglesia para que acepten en su seno a  “pecadores” y “transgresores” desde la micro (perdón la jerga), tiene, a propósito del futuro de la Tierra, una oportunidad histórica desde la macro: dejar entrar en su Iglesia a la tecnología y al mercado como parte de la solución que necesitamos.

En efecto, es la tecnología y un libre mercado bien regulado los que han permitido que el crecimiento demográfico pudiera ser “alimentado”. Fue la tecnología y un libre mercado bien regulado los que han permitido que, en estas últimas décadas, se redujera la pobreza, en el mundo, como nunca antes en la historia de la humanidad.

Es en los países donde predominan los incentivos de mercado complementados por buenas políticas públicas donde se han reducido sostenidamente las emisiones de efecto invernadero, con el desarrollo de nuevas tecnologías y con señales a la demanda para ahorrar y diversificar las fuentes energéticas.
De hecho, el país que más contamina y contaminará en los próximos años, China, es un país donde predominan las decisiones de los funcionarios y no las que surgen del mercado. Ese país podrá reducir su participación en la contaminación global en la medida en que la libertad económica de la mano de las libertades individuales, incluyendo, dicho sea de paso, la religiosa, sigan avanzando sobre las decisiones centralizadas de funcionarios que se hacen llamar Estado.

Si quiere un ejemplo cercano de lo que sucede ambientalmente cuando se desconocen los mecanismos de mercado y actúan sólo los funcionarios, le basta con mirar lo sucedido en la Argentina de los últimos tiempos. Falta de incentivos a las energías limpias, reemplazo por falta de oferta, de gas por combustibles más contaminantes, derroche por parte de la demanda, tierras devastadas por la sojización impuesta. Y ¡hasta la construcción de una central energética a carbón! (que, con suerte, no funcionará. Otra vez, “misteriosos los caminos del Señor”).

En cambio, gracias a la tecnología, políticas públicas inteligentes y al libre mercado bien regulado, los Estados Unidos, lograron reemplazar, como usted mismo menciona en su encíclica, al carbón por el uso del gas, mucho menos contaminante.
Como le decía más arriba, qué mejor que un líder insospechado como usted para ayudar a los políticos a incorporar soluciones de mercado y nuevas tecnologías a los problemas ambientales.

Con todo respeto, no será la ética de la pobreza la que salve a la Tierra, será la riqueza bien orientada éticamente, la que producirá el cambio. Y ese cambio sólo se dará a la velocidad necesaria, con la correcta combinación de liderazgos de largo plazo e instrumentos adecuados.

Como usted menciona, hay dos tipos de problemas a enfrentar. Uno, el de reducir la contaminación global, y el otro el de la “distribución del esfuerzo” para que sean los países más desarrollados, los que contribuyan proporcionalmente más y ayuden a los menos desarrollados en esa tarea.
Impuestos, precios, incentivos, premios y castigos. Qué mejor que un liderazgo como el suyo para convocar a los expertos que trabajan en esta línea. Para hacer suya una propuesta que, insisto, contemple lo mejor del mercado y la tecnología, al servicio de una ética salvadora del futuro de la humanidad.
¿Quién podría oponerse a una iniciativa suya que, en lugar de desconocer la potencia del mercado y las nuevas tecnologías, las pase por el “filtro” moral de una mejor distribución del esfuerzo ecológico entre países y generaciones?

Después de todo, fue un religioso quien “descubrió” la potencia del mercado a mediados del siglo XVIII.
Su Santidad, no lo molesto más. Sólo recuerde, nuestra mutua justificación “misteriosos los caminos del Señor”...



eszewach