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Cartas en libros

No me imagino a Macri escribiendo cartas (ni escribiendo tout court), pero sí a Alfonsín.

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Llegó a mis manos un libro bien hecho, inteligente, atractivo, un buen producto editorial (porque es eso, un buen producto editorial): Cartas brasileiras (Edición a cargo de Sergio Rodrigues, Companhia Das Letras, San Pablo 2017). En total reúne ochenta cartas sobre temas bien diversos –política, cultura, economía, arquitectura, etc.– a cargo de firmas como Chico Buarque, Oscar Niemeyer, Getúlio Vargas, Carlos Drummond de Andrade, Maysa, entre otros, que de uno u otro modo giran en torno a Brasil como tema, como horizonte de identidad. Obviamente, de inmediato pensé en cómo sería un libro así hecho aquí. ¿Qué debería incluir un tomo de Cartas argentinas? Seguro algunas de Sarmiento. También otras de Perón a John William Cooke. Obviamente la de Rodolfo Walsh. ¿La carta de despedida de Favaloro? No estoy tan seguro. No me cabe duda de que sí las de Osvaldo Lamborghini a Fogwill. Las de Manuel Puig, en cambio, me resultaron decepcionantes. La carta de Oscar del Barco sobre el “no matarás” siempre me pareció sobrevalorada, pero tal vez la incluiría como testimonio de cierto funcionamiento del campo intelectual. No me imagino a Macri escribiendo cartas (ni escribiendo tout court), pero sí a Alfonsín. ¿Existirá una correspondencia suya? Victoria Ocampo no me interesa. Silvina un poco más, pero no mucho. Me encantaría saber si hay un epistolario de Carolina Muzzilli. La correspondencia de Pizarnik con León Ostrov, su psicoanalista, tiene momentos muy agudos. La primera Carta Abierta, del 15 de mayo de 2008, no puede faltar. Habría también una carta de Severino di Giovanni a América Scarfó.

Eso por ahora, porque es tiempo de volver a las Cartas brasileiras. Reparo en una de Lima Barreto a Lucilo Varejao, del 26 de septiembre de 1922, en la que expresa su odio por el fútbol, por entonces un deporte importado de Inglaterra, practicado por la alta sociedad: “El footbal viene a matar el pequeño interés que se tiene por las cosas nobles del espíritu humano”. U otra de Lygia Clark a Hélio Oiticica, en la que ironiza sobre el rol de los curadores, en especial una alemana con la que se llevó muy mal. Está también la carta de Temer a Dilma, del 7 de diciembre de 2015, cuando le anuncia la ruptura de su alianza con el PT: el tono es tan mediocre como el de Cobos (sólo que en Brasil les salió bien lo que aquí les salió mal). Hay otra de Glauber Rocha a su tío, escrita a los 13 años, en la que parece tener ya todo en claro lo que luego haría de grande. Hay también una muy graciosa de una aún inédita Clarice Lispector, de 21 años, al presidente Vargas en la que le explica que “no sabe una palabra de ruso”, y que salvo por su lugar de nacimiento –Ucrania–, por lo demás era una verdadera brasilera, que merecía obtener esa nacionalidad, trámite que le era bastante dificultoso. Es hermosa la carta de Elizabeth Bishop a Anny Bauman. Bishop residió en Brasil entre 1951 y 1965, junto a su compañera Lota de Macedo Soares, con la que tuvo una relación de amor y odio, no muy diferente a la que tuvo con Brasil. En la carta a Bauman cuenta que tuvo graves ataques de asma, y luego un agudo eccema y otras cosas por el estilo. Y remata la carta diciendo: “Fuera de la cara hinchada por el asma, me estoy sintiendo bien y ahora que lo digo, a riesgo de provocar a la Providencia Divina, hace diez años que me siento tan feliz…”



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