COLUMNISTAS VENEZUELA

¿Cerca de Dios y lejos de la OEA?

Entre las filas de Francisco hay una figura que reúne condiciones especiales para liderar un grupo que pueda mediar: el principal de los jesuitas, Arturo Sosa Abascal.

Protesta. Una monja enfrenta a los guardias en una de las marchas.
Protesta. Una monja enfrenta a los guardias en una de las marchas. Foto:AFP
A esta altura de los graves acontecimientos  que afectan actualmente a la sociedad venezolana es preciso tratar de innovar en el análisis de los mismos y en sus posibles soluciones.
Uno delos elementos más significativos de la situación es que sus distintos grupos y clases sociales se hallan altamente movilizados en forma pretoriana. Es decir que se enfrentan en forma directa sin mediación institucional de control.
El acompañamiento internacional equilibrado y pragmático no puede tardar demasiado si es que se lo quiere eficaz y eficiente para permitir crear las condiciones para que los diferentes actores sociales, individuales y colectivos, puedan definir y poner en práctica un nuevo pacto constitutivo. El mismo tiene que contar con la legitimidad necesaria que permita refundar el orden político y sentar las reglas del juego de un nuevo régimen político.

Quizá ni siquiera sea necesario modificar la Constitución actual, una tarea siempre difícil. Puede que baste con que los actores sociales con peso propio y capacidad de decisión política se comprometan a respetarla y aplicarla.
Recientemente, el internacionalista Juan G. Tokatlian (https://www.opendemocracy.net) planteó muy acertadamente si aún es tiempo de organizar un salvataje posible y racional que impida la expansión sin límites del conflicto en Venezuela.
Pensamos que uno de los serios problemas para la definición de los integrantes y finalidades del grupo de ayuda –habría que evitar que este intento termine en una intervención a la vieja usanza– proviene de las características de la coyuntura internacional actual. El triunfo de Trump en EE.UU. y su tensa relación con Europa; Europa misma abrumada por la crisis de los migrantes ilegales, la crisis brasilera, y nuevos gobiernos en varios países del Cono Sur, por ejemplo, dificultan fuertemente encontrar una vía de resolución de las tensiones en el régimen político venezolano.
El papa Francisco hace un tiempo ya al volver de su visita a Egipto –otra área conflictiva por demás– ofreció la intervención de la diplomacia vaticana en el caso venezolano siempre y cuando se cumplieran algunas condiciones básicas. Leyendo entre líneas es posible pensar que se refiere a: 1) que el gobierno de Maduro comience a re-democratizar el régimen rápidamente y 2) que la oposición deje de lado cierta tendencia a exigir cosas –algunas de poco contenido democrático– que superan lo que sus propias fuerzas le permiten.
La Iglesia venezolana cuya jerarquía se reunió recientemente en un ámbito tensionado con el Papa, por estar abiertamente enfrentada al gobierno de Maduro, no parece en estos momentos el mejor sujeto social pensable para oficiar de mediador y garante.

Pero entre las filas de Francisco existe una figura que reúne un conjunto de condiciones especiales para liderar un grupo que pueda cumplir con eficacia esa tarea: el “papa Negro”, el Principal de los Jesuitas elegido hace menos de un año por la congregación  a la que no olvidemos también pertenece  el “papa Blanco”. Se trata del venezolano Arturo Sosa Abascal, quien además de jesuita es licenciado en Filosofía y doctor en Ciencia Política de la Universidad Central de Venezuela, en cuyos cursos, por esas cosas del destino y las dictaduras militares, fue compañero de quien esto escribe a fines de los 70 y principios de los 80 del siglo pasado.
Asimismo, no es un dato menor el hecho de que Sosa mantuviera una actitud muy moderada en los inicios del chavismo tratando de sostener la posibilidad de una posición equilibrada, señalando aciertos y errores del nuevo movimiento. En sus últimas intervenciones, ya durante el gobierno de Maduro, su análisis se hizo más crítico pero sin perder racionalidad.

Además, es conocido que realizó cuando era un joven sacerdote trabajo de base entre los sectores más humildes y marginados de la población venezolana y por otra parte que pertenece a una de las familias poderosas de Venezuela (su padre fue un exitoso banquero que llegó, en su momento, a ser ministro de Hacienda del gobierno nacional).
Con esto queremos resaltar el hecho de que es un conocedor de la realidad económica, social y política de Venezuela como así también de sus principales actores con poder de decisión y capacidad de veto.
Sumemos a esto el hecho de que es un intelectual reconocido, autor junto con el recordado amigo Eloi Legrand, de uno de los mejores libros de historia política venezolana que trata sobre los orígenes marxistas del partido socialdemócrata Acción Democrática.

Estamos convencidos de que, entre otras tareas, en Venezuela es necesario “encapsular” el conflicto institucionalizándolo. No eliminarlo, pues el conflicto es lo que dinamiza la práctica del cambio sociopolítico, pero sí controlarlo, porque en estos momentos la intensidad del mismo lo hace un elemento completamente huero.
Si Hugo Chávez estuviera vivo con seguridad recurriría nuevamente a las conocidas virtudes de negociador,  mediador y garante de Arturo Sosa Abascal. Recordemos que fracasado militar y políticamente su intento de golpe armado contra el gobierno de Carlos A. Pérez, Chávez pidió que entre los garantes de la vida de sus compañeros estuviera el entonces joven jesuita. Y no se equivocó.
Esperemos que, tanto internos como externos, los tomadores de decisiones en esta difícil coyuntura tampoco se equivoquen.

*Profesor Titular Consulto. Universidad de Buenos Aires. Ex Profesor de Sociología Política. Universidad Central de Venezuela. Autor del libro sobre el chavismo Tragedias y comedias en el Caribe. Eudeba. 2014.

Luis Aznar*