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Ceremonias de clausura

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El domingo fue la ceremonia de clausura del festival de Valdivia. No fue la más curiosa que presencié, porque una vez estuve en la de Vladivostok y allí cantó la mujer del gobernador, que fue aplaudida con el fervor que el poder autoritario inspira. Pero la de Valdivia tuvo lo suyo. De entrada se proyectó un cortometraje que mostraba la pesca de unas algas rojas en un lugar remoto del sur de Chile. De pronto, la pantalla quedó en negro, aunque el sonido continuaba y una burocrática voz en off explicaba lo que no estábamos viendo. Al terminar la película subieron al escenario los representantes del Club de Leones para explicar que la segunda parte del corto era una “audiodescripción” dirigida a los ciegos y que los Leones se dedicaban a multiplicar una filmoteca de audiodescripciones para la que pedían apoyo oficial y privado aunque el resultado fuera más bien tenebroso.

Después del cine para ciegos, vino el cine hecho por niños, al que el festival le dedica una sección en la que concursan películas de niños y niñas con el correspondiente apoyo de las instituciones educativas y cinematográficas. Una vez vi un corto en el que la directora estaba filmando en la playa y se dejaba manipular por un chico que pasaba por ahí. Queda claro que los niños son bestias autoritarias a las que no se les puede entregar un arma tan poderosa como una cámara, y menos bajo un formato infantilizado como son las clases prácticas de cine en la escuela. Esta parte de la ceremonia también me dio un poco de miedo.

Llegó entonces el momento indígena, a partir de otra sección dedicada al cine de las “Primeras Naciones”. En esta parte de la ceremonia el programador de la sección habló un rato en mapudungun, que así se llama el idioma mapuche por si no lo sabían. Lo de los mapuches no terminó ahí. Cuando se estaban por entregar los premios principales, irrumpió en la sala un piquete de la militancia indígena con banderas y carteles (uno de ellos decía “Todas las balas serán devueltas”) y asistimos a una alocución sobre la guerra entre el Estado chileno y las comunidades nativas, a la denuncia de la violenta represión actual contra los pobladores originarios para quitarles las tierras, y a la confirmación por parte de sus representantes, en el nefasto aniversario del 12 de octubre, de la voluntad de expulsar de ellas al conquistador blanco. Todo era un poco raro: se hablaba de cosas terribles en medio de esa apacible reunión de profesionales y cinéfilos, a quienes se les requería una adhesión que no pasaría del aplauso de circunstancias. Ahora recuerdo que una vez vi algo así en San Sebastián, aunque era mucho más pesado porque quienes ocuparon el escenario eran unos encapuchados del ETA.

Dejo para el final lo más importante: comentar que esta edición del festival de Valdivia, que tiene a Raúl Camargo como nuevo director, fue magnífica, que Valdivia es una ciudad muy agradable y que su festival de cine es inteligente, caluroso y significativo. La moraleja es que a la presencia habitual en los festivales de autoridades y empresarios (gente enemiga del arte en todas sus formas) hay que agregar en las ceremonias la coraza de la corrección política para permitir que detrás de ella se exhiban unas cuantas películas valiosas sin que burócratas y militantes se enojen.



qquintin