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Chávez ha muerto

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Yo pienso, en cambio, que Hugo Chávez está muerto. He leído aquí y allá que no: que vive todavía y que va a vivir por siempre, que no murió y no morirá. Y que por eso (o mejor dicho, para eso) proceden a embalsamarlo, para dotarlo de una eternidad incorruptible, para desdecir a la muerte y ahuyentarla. Pero no hay nada más muerto que un embalsamado, nada hay más alejado de la vida. Lo digo porque, hace unos veinte años, la casualidad me llevó a Moscú, y lo primero que hice en Moscú fue correr al Kremlin para ver el mausoleo de Lenin. Y de hecho, puede que acuda a ver el de Hugo Chávez si me toca alguna vez estar de viaje en Caracas. Pero son esos muñecos de cera, justamente, elaborados con los restos de lo que antes fue una persona, los que prueban mejor que nada que la muerte es invencible.

Conviene no olvidar, por otra parte, que fue Stalin quien impulsó el embalsamamiento de Lenin, mientras se disponía a traicionar la Revolución de Octubre, y que fue Trotsky, su verdadero sostenedor, el que se opuso a semejante emprendimiento. Porque, si de lo que se trata es de continuar un proyecto político de esta clase, parece más conveniente inscribirlo en la concreta materialidad de la historia (esa misma que, tristemente, se lleva a las personas) antes que remitirla a la mitología de una trascendencia metafísica. Es acaso la diferencia que puede establecerse entre el empleo del subjuntivo (“Viva Chávez”), expresión de deseos y de un determinado compromiso ideológico, y el empleo del indicativo (“Chávez vive”), asertividad algo obcecada que no puede sino verse desmentida por la propia realidad de los hechos.

Republicano imperfecto como soy, susceptible a los líderes carismáticos como soy, siento entusiasmo por muchas cosas que Chávez hizo o dijo, y siento pena por su muerte, que de tan anunciada me sorprendió. Pero había un punto de desacuerdo radical entre sus posturas y mis convicciones, y eso era su religiosidad: su certeza de la existencia de un Dios justo, que le daría salud; su confianza en la existencia de un Dios bueno, que no lo dejaría morir. En eso siempre pensé que se equivocaba. Y por lo visto, en efecto, era así: en eso se equivocó.



Martín Kohan