COLUMNISTAS EL INCREÍBLE ALETI DE SIMEONE Y LA SOMBRA DEL BARÇA

Cholismo, belleza y voluntad de poder

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“La belleza de los actos se manifiesta en su ligereza y en la aparente facilidad de su ejecución; en cambio, los afanes y las dificultades superadas suscitan asombro y corresponden a lo sublime”

Immanuel Kant (1724-1804), ‘Observaciones sobre lo bello y lo sublime’ (1764).

 

Gelblung me escuchaba paciente, paternal, mientras yo, veinteañero, víctima de una feroz excitación psicomotriz, no paraba de hablar desde Kabul. Que me habían detenido en una base soviética, que Ricardo Alfieri tenía las fotos, que era un notón, bla, bla, bla. Hasta que Chiche, que me conocía bien, levantó el tono y dijo: “Callate y andá a escribir, ¡ya! Y que no se te ocurra deprimirte con la próxima nota que te toque, eh…”.

Era enero y la tapa de Gente fue bien de verano, con un recuadro donde se anunciaba mi aventura como enviado especial. Mi siguiente nota sí fue tapa: era un reportaje a una de las Trillizas de Oro –no me pregunten cuál– que había aceptado hacer una producción bastante audaz para la época, con transparencias. Un bajón. Disimulé como pude; mal. Gelblung sonreía, el muy maldito; y me elogiaba el texto. Je. Así era el juego, y había que aprender a jugarlo. No siempre iba a ser Afganistán.

Años más tarde, le pregunté a mi amigo Sergio Palma qué sintió cuando ganó su título mundial. “Fue perfecto –dijo–, justo como lo había soñado. Si era una película había que terminarla ahí. Pero era la vida, no el cine. ¿Y ahora qué hago? ¿Qué me queda?, pensé. Mantenerme el mayor tiempo posible en ese lugar. Más, no había. Y nunca volví a sentir lo mismo”.

Como un flash, recordé esas viejas historias cuando vi al desolado Messi del Calderón; triste, resignado frente a ese grupo de audaces que le robarían los pinceles a Picasso, el diván a Freud y la púa a Hendrix, con tal de ganar un partido. Futbolistas terráqueos que borraron del mapa a un equipo de otro planeta; el que hizo de la belleza, su estilo. Perder no fue lo peor: ya el Inter de Mourinho y el Chelsea de Di Matteo los habían neutralizado con mucho esfuerzo y disciplina. Lo que desconsuela –los fines de ciclo siempre son así, melancólicos–, fue sentirlos tan vacíos, impotentes; hartos, tal vez, de repetir el mismo camino hacia la cima.

El miércoles pueden ganar la Copa del Rey frente al Madrid y, ya sin doble competencia, hacer doblete con la Liga. Será, en todo caso, su nota con la trilliza. El tiempo es un ladrón y pasa, para todos. Pep se fue justo a tiempo; Martino hizo lo suyo y lo hizo bien, por más que ahora la prensa catalana lo destroce. Esos enanitos parecían infalibles máquinas de ganar. Y, no. Son humanos; y como todos, necesitan aire, cambios, nuevos objetivos. La sanción de la FIFA que le impide al Barça fichar jugadores durante dos recesos llegó en el peor momento.

Muchos se aterran de sólo imaginar a este Messi taciturno en la Selección. No es mi caso. Brasil es su gran desafío; éste debe ser “su” Mundial y él lo tiene todo para triunfar. Casi todo, en realidad. Del equipo que lo rodea, mmm… permítanme dudar.

Pero basta de Messi y su derrota. Es hora de hablar de Diego Simeone, el hombre que ama medio Madrid.

Hace poco anduve por allí y los colchoneros me decían: “¡Qué Bale ni Bale: ¡aquí lo que se lleva ahora mismo es el cholismo, chato!”. Tres títulos en año y medio –Copa del Rey, Europa League, Supercopa de Europa–, y ahora verse ahí arriba, entre los cuatro mejores de Europa, primeros en la Liga a siete fechas del final. Increíble. Y todo con el pobre Aleti, el “pupas”, el Racing de España; con un plantel del montón, pero convencido de que podían competir de tú a tú a tú contra los equipos de elite, donde sobran los millones. Y vaya si lo hicieron.

En lugar del deslumbrante Falcao, Diego Costa; un 9 trotamundos nacido en Brasil que casi nadie tenía en cuenta. Más un David Villa al que el Barça largó por monedas. Courtois, sólo porque el joven arquero del Chelsea sigue tapado por Cech. Diego, el compinche de Robinho en el Santos que prometía mucho y cumplía poco, y el uruguayo Godín. A los demás, había que googlearlos. Con esa tropa modesta, logró un milagro futbolero.

En Argentina pocos valoraron su trabajo. En 2005 volvió para retirarse en Racing, el club del que es hincha. Pero de un día para el otro, colgó los botines y se largó a dirigir. Al principio le costó; pero cuando mejor estaba el infalible De Tomaso lo echó para traer a Merlo. Fue a Estudiantes y lo sacó campeón, aunque todos creían que el que mandaba allí era Verón. En River ganó otro título, pero sus hinchas insisten en recordar su pelea con Ortega y el último puesto. En San Lorenzo no le fue tan bien, y fue noticia en la prensa del corazón. Decidió irse, tomar distancia.

En Italia, salvó al Catania del descenso, que fue como ganar otro campeonato. Volvió a Racing, secundado por un irreconocible Mono Burgos –serio, sin melena ni banda de rock, redondo como el muñeco de Michelin– y transformó a un equipo espasmódico, que ganaba y perdía por nocaut, en una estructura confiable, sólida. Lo dejó subcampeón, detrás del Boca de Falcioni.

En diciembre de 2011, por fin, Simeone y el Aleti se reencontraron. Medio Madrid y él mismo sabían que sucedería. Y fue como en un cuento de hadas: la calabaza mutó en carroza y allí están, comiendo perdices; tomándose revancha de la eterna burla madridista, esos soberbios vecinos ricos que les ganaban con la camiseta.

La batalla contra Chelsea será apasionante. Mourinho es como su espejo; un técnico estudioso, obsesivo, detallista; que alcanzó ocho semifinales de Champions en diez temporadas, con cuatro equipos: Porto, Chelsea, Inter y el Madrid. Como en una partida de ajedrez, se impondrá quién mueva mejor sus piezas. Ninguna, más decisiva que la mano que las dirige.

Será un duelo entre sedientos; voraces, excesivos; dos almas nietzscheanas impulsadas por la más pura voluntad de poder.



Hugo Asch