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Ciberespías y John le Carré

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La Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés), la central de inteligencia que provocó el megaescándalo que estalló en las manos de Barack Obama, fue creada por Harry Truman en 1952 para intervenir comunicaciones en todos los rincones del mundo. A pesar de haber nacido como un apéndice de la CIA, creció hasta opacarla y desafiar su poder.

En vísperas de la Guerra de Corea, un espía soviético penetró en el centro neurálgico del descifrado de claves estadounidense, ubicado en una antigua escuela femenina a pocos metros del Pentágono. El agente comunista se llamaba William Wolf Weisband, un lingüista ruso que traducía los mensajes cifrados para el Kremlin. Cuando el director de la CIA descubrió que un solo hombre puso en peligro la seguridad de los Estados Unidos, alertó a la Casa Blanca. Así se fundó la NSA, que se convertiría en la más importante agencia de inteligencia de procesamiento de datos de Occidente.

En Legado de cenizas, la historia de la CIA, el periodista estadounidense Tim Weiner describe cómo la NSA se erigió en el grupo de élite de la inteligencia norteamericana, a medida que la tecnología avanzaba como una herramienta indispensable para los “topos”. Fue tanto el poder que cosechó que, aunque se suponía que la CIA supervisaba su tarea, las decisiones de la NSA empezaron a recaer en el Pentágono a medida que se recalentaba la Guerra Fría.
Una de las tareas más sensibles de la agencia se produjo en 1964. La Guerra de Vietnam fue autorizada por el Congreso de Estados Unidos luego de que Lyndon Johnson advirtiera que Vietnam del Norte había atacado barcos estadounidenses en el Golfo de Tonkín. La información había sido suministrada por la NSA, después de interceptar comunicaciones del enemigo.
La agencia, en verdad, había cometido un error. El informe de la NSA, descalificado en 2005, así lo demuestra. Pero a mediados de los 60 fue la excusa para que Estados Unidos invadiera Asia. La NSA le dijo al presidente que había interceptado un comunicado naval norvietnamita que decía: “Dos barcos sacrificados y todos los demás están bien”. Pero luego se comprobó que hubo un problema de traducción, y el mensaje decía: “Hemos sacrificado a dos camaradas pero todos son valientes”. Y no hablaba del supuesto ataque sobre los barcos norteamericanos, sino de un enfrentamiento anterior. “La información fue deliberadamente tergiversada para respaldar la idea de que se había producido el ataque”, reconoció la NSA.

Fue el atentado del 11 de septiembre de 2001 el que provocó un profundo vuelco en la NSA. Aunque el organismo ya había sido autorizado por otros presidentes a intervenir comunicaciones de los propios ciudadanos estadounidenses, fue George W. Bush el que llevó esa práctica hasta niveles orwellianos. La Patriot Act permitió que la oficina, creada para combatir al enemigo, pusiera su lupa en los Estados Unidos.
La tecnología modificó para siempre la batalla artesanal que las novelas de espías han reflejado. Ya no existen James Bond engañando a soviéticos con astucia, elegancia, bellas mujeres, autos sofisticados y deliciosos Martini. Ahora son jóvenes conectados a computadoras encerrados en oficinas oscuras los que ganan la partida del espionaje.

Hasta John Le Carré aceptó la derrota. El autor de El espía que llegó del frío y padre de las mejores tramas de espionaje reconoció que ya no puede seguir escribiendo historias de espías. “Ahora tengo un gran problema con las nuevas tecnologías de la comunicación –aseguró el británico–. Es complicado escribir un thriller sobre espías cuando uno no entiende cómo funcionan los sistemas de vigilancia, localización y comunicación. ¿Cómo funciona ahora la comunicación en el mundo de los espías? No tengo ni idea. Y no quiero escribir sobre cosas de las que no entiendo”. Edward Snowden es un ciberespía que nunca hubiera salido de la cabeza de Le Carré. Pero, lamentablemente, es lo que hay.



Rodrigo Lloret