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Círculo rojo

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Rugby. Somos un equipo que se abraza y canta el Himno Nacional hasta las lágrimas.
Rugby. Somos un equipo que se abraza y canta el Himno Nacional hasta las lágrimas. Foto:Cedoc Perfil
El mundo se derrumba y nosotros nos desamoramos. Ni siquiera podemos armar una primera cita social para conocernos mejor. Mientras el gordito coreano se baja los pantalones para que le vean el misil y el John Wayne tardío, de pelo color maíz, le muestra el culo, acá un par de idiotas soplan el fuego dialéctico de una “guerra civil” para calentar el invierno político al que han sido arrojados por la historia. En esa estamos. Así nos va.

El ruido de fondo del universo cotidiano irrita y aturde. La conversación pública se vuelve insincera, deshonesta, cínica, impúdica, descarada. Está saturada de sarcasmos, ironías, denuncias, prejuicios, rencores traperos y discursos que tienen como único fin, en última instancia, salvarse, zafar, acusar, hacer responsable a otro. A cualquiera. A algún otro. La convivencia revienta violentamente por los cuatro costados. En las palabras, en los puños, en las calles, en los estadios de fútbol, en el Parlamento.

El círculo rojo del poder –sindicalistas corruptos, jueces cómplices, políticos deshonestos, empresarios sátrapas–, servilmente atendido y encubierto por burócratas refugiados en el Estado, se bebe la sangre de los que desde hace, ¿cuánto?, son exprimidos hasta la última gota con la promesa de cerrar y cicatrizar heridas que siguen abiertas. Entre todos montaron un frigorífico en el que se descuartiza y se trozan a dentelladas las buenas intenciones de las nuevas generaciones que entran al matadero.

El derrame inútil de energías limpias, sanas, esperanzadas, no renovables, parece imparable. Es una hemorragia de humanidad en la que algunos medios y periodistas hunden sus propios dientes a lo largo de cada día. La esperada calma de la noche se altera en las pantallas y en los portales, se vuelve intratable, regurgita miserias del pasado, vomita autoritarismo, libera sus animales salvajes, sus Feinmann, sus Etchecopar, sus Navarro, sus perros rabiosos.

 Si fuera posible hacer una revisión conjunta y sincera, en lo único que podríamos coincidir hoy es en que nos odiamos ferozmente, con ganas, con saña, con placer, sedientos de más.A veces, sin saber siquiera a qué bando pertenecemos ahora. ¿Qué o quién nos libra de todo mal, de toda responsabilidad en lo que pasa? ¿Hay un arriba y un abajo, una izquierda y una derecha, en esta inmensa bola de miseria que desciende desde la altura de un pasado mítico que nunca fue como nos lo contaron y nos arrolla como un alud? ¿Alguien se salva?

Es probable que sí. Desprendido de su propio ego, cualquiera también podría dar nombres de dirigentes admirables por su honestidad en la defensa de sus convicciones. En un sentido más amplio, nadie niega la invalorable acción solidaria de organizaciones y personas que atienden necesidades básicas de miles de pibes y familias necesitadas. Esto es entonces lo que, si bien se mira, de verdad subleva. La vitalidad y el empeño que ponemos en la autodestrucción. ¡Con lo que cuesta construir! O, como canta el Indio Solari: “Con lo que cuesta armar un full, armar algún puto full, y jugarlo en este paño, Dios!”.

Somos como un formidable equipo de rugby que se abraza y canta el Himno Nacional Argentino hasta las lágrimas. Una cantidad cada vez más impresionante de grasa cultural, de matones, de músculos y venas inflamadas , de piernas duras, incapaces de avanzar dos pasos seguidos hacia el otro, un coro de fieras que repite arengas y consignas antes de salir y embestir contra, ¿quiénes? Hartos de comer mierda, confundidos por los discursos contradictorios y extremos, acabamos chocando, amenazando, volteándonos entre nosotros.

 ¿Qué se hace con los restos de la maledicencia que queda, impregna la lengua y no sale ni aun cuando se raspe con el revés del cepillo? La que va dejando al correr de los años. Un sarro, un mal aliento, un remanente de gritos sin destino, de deseos que se ahogan ypudren en la garganta. Si callar enferma y hablar hiere, tal vez sea hora de pensar en el gesto inesperado y sincero que dice sin palabras. La solución de la bolsa de basura arrojada al otro lado no sirve. En este círculo sanguinario, así como va, vuelve.

 *Periodista.