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Cita en Olivos

CFK reunió a Capitanich, Kicillof y Fábrega, quien volvió al círculo áulico del Gobierno.

Foto:Dibujo: Pablo Temes

Debería imaginarse un carro laureado, una apoteótica marcha romana celebrando el triple triunfo, con la muchedumbre vitoreando desde las gradas. Y, sin embargo, al presunto festejo lo acompaña una silenciosa depresión. Como si no hubiera nada que festejar. O no valiera la pena hacerlo. Raro en un Gobierno que disfrutó siempre con estos logros, a menudo con goce sobre sus rivales. Pero en esta ocasión, cuando en los próximos días consiga tres leyes determinantes y controversiales (cambio de jurisdicción de los bonos, la de abastecimiento y la de hidrocarburos), no se advierte ese placer habitual sobre el ejercicio del poder. Mas bien impera una sigilosa cautela, un ostensible nerviosismo.

Quizás sea que la imposición política del número mayoritario en el Congreso no apaga la aparición de otros números atemorizantes en la marquesina: de la trepada del dólar al dato del costo de vida, de la friolera que el Tesoro requerirá al Banco Central mensualmente para financiarse a la caída de las reservas, de la merma en la actividad económica a la acechante reducción del empleo. No es para cantar victoria ni aún en la victoria.

Más cuando se corrige sobre la marcha, cuando se borra lo que se escribe o cuando una palabra contradice la siguiente. La suma de estos episodios patológicos resulta sobrecogedora. La propia Cristina lo habrá advertido cuando esta semana convocó de urgencia a Olivos a su lenguaraz Capitanich, al dilecto Kicillof y al auxilio de última instancia, Fábrega. Toda una sorpresa la llegada del titular del BCRA: estaba acosado por Economía, que aspira a su desplazamiento y, como si ese complot no fuera un propósito individual, la Presidenta lo había eliminado de su agenda preferencial. Pero Ella, algo urgida por los acontecimientos, lo convocó de repente y hasta le permitió contrariar a Kicillof dejándole subir las tasas cuando su ministro, diez días antes, las había bajado.

Tanta incongruencia en la sala teatral facilita la incredulidad de la audiencia, bajen o suban las tasas: suele ocurrir que la gente se contrae cuando ve que las cajas de dinamita se trasladan al voleo como si fueran ladrillos. También, parece,  Cristina escuchó números inquietantes suministrados por Fábrega que el ministro no le transmite para no amargarla.

Hubo cruces y reproches a pesar de que juntos –pero discordantes– han firmado todo lo que se desliza por la pendiente. Al menos, así lo reconoce Capitanich. Y como la culpa siempre es de otros, para salir del mal paso, Cristina avaló reclamarle a los bancos extranjeros la apertura de cartas de crédito para importar, en energía, unos 2.000 millones de dólares. Mas que una colaboración, una exigencia. También aprobó una gragea consumista  para que los bancos que financien préstamos con tarjeta por más de un año, sin interés, puedan aplicarlo en la reducción de encajes.

Mínimos placebos que no entusiasman a Kicillof: le encantaría una poda mayor en el sistema financiero, hace tiempo que guarda odios imprescriptibles al sector, a ciertos personajes en particular.

Paz momentánea, suficiente para que Ella se recupere hasta en su atención personal, luego de haberse abatido en jornadas lúgubres por los ajetreos de Griesa & Cía: tanto esmero dispuso en su refaccion individual que los veteranos oficiales que la recibieron hace tres días en el Ejército confesaron cierto deslumbramiento al verla sensual y atractiva,  con virtual uniforme blanco y negro de Courreges, el cabello inusualmente recogido.

Por cinco minutos de oxigenación, entonces, aceptó la baja de tasas de Fábrega y a su ministro le encomendó visitar el Alvear, al seminario del Council, donde produjo obviedades destacadas, como insinuar una economía de guerra como si no hubiera sido ganada la década. Tampoco pudo explicar la razón por la cual Portugal, en peor situación que la Argentina, se endeuda a tasa negativa mientras él ni siquiera obtiene un préstamo de dos dígitos. Eso sí: reiteró, sin mencionar fuentes que lo comprometan, la apolillada monserga que desde más de tres años atrás predican tenaces ortodoxos sobre una eventual suba de tasas en EE.UU. que afectaría a los emergentes y al mercado de acciones. Algunos emergentes, en verdad, se han afectados solos (Argentina) mientras el índice de la bolsa norteamericana bate todos los récords. Alguna vez va a cambiar esa tendencia, por supuesto; pero quienes actuaron como piensa el jefe económico, hace tiempo que están frente a la iglesia pidiendo limosma.

Del triple triunfo legislativo a consumarse, hay ciertos flancos no explorados por la ansiedad gubernamental de fondos. La ley de abastecimiento, por ejemplo, desnuca a los productores agropecuarios: creen que será el instrumento para obligarlos a desprenderse de la soja acumulada en los silos de plástico y que hoy guardan como reserva de ahorro. Piensan rebelarse ante cualquier intento de confiscación. Otros, para esta norma, le auguran un deliberado sistema de precios, semejante a una ley añeja que rigió el mercado de medicamentos, desdoblado según necesidades, demanda y beneficiados. Nuevo batifondo, si se aplicara. En cuanto a la ley que altera la jurisdicción de los bonos y la batalla para no cumplir el fallo de Griesa (y la justicia de EE.UU.), supone irritación y apartamiento de inversores, algo opuesto a lo que propone la otra norma a aprobarse, la que reforma la ley de hidrocarburos. Paradójico al menos, ya que anular en una norma el distrito de Nueva York como sede judicial, luego de haberla aprobado y firmado, no parece que vaya a abolir esa exigencia en la otra ley energética a sancionarse,  pues el objeto de Miguel Galuccio, de YPF, es ofrecer la mayor cantidad de provisiones al capital extranjero para que entierren fondos en Vaca Muerta.

Menos mal que se tratan en forma independiente ambas leyes, que son secretos los convenios venideros como los de Chevron y que nadie precisa los valores transados entre YPF y ciertos gobernadores para la sanción legislativa, ya que si un iluso pretende encontrar hilación política o económica en los enchufes, su electrizado destino parece irrevocable. Aunque siempre, como diría el Capitanich definido por Luis Barrionuevo, habrá un periodista para esa tarea pagado por intereses ajenos a los del país.



Roberto García