COLUMNISTAS ESCENARIOS

Ciudad y misterio

Vivo en la ciudad de Rosario. ¿Dónde vive usted, estimado señor? ¿Y usted, querida señora? Espero que estén felices en el lugar en el que viven. A mí me gusta Rosario y me gusta vivir aquí. Siempre digo “sí, soy rosarina”. Es cierto que no nací en Rosario pero también lo es que soy rosarina por parte de abuelo materno y que vivo aquí desde que no levantaba esto del suelo. No sé si Rosario es una hermosa ciudad; me parece que el adjetivo no le cuadra, pero ¿es que le cuadra a alguna ciudad?, o dicho de otro modo, ¿hay ciudades hermosas? Sí, sí, no me lo diga, usted me va a salir con Venecia y yo le voy a dar la razón; y también con Petra pero Petra no vale porque está muerta. Pero sí le acepto Estambul y Praga y París… y ¡tantas otras!, por suerte. Rosario es hermosa porque yo la quiero y porque hay un montón de gente que también la quiere. La conozco, por otra parte. No toda, claro, porque es casi imposible conocer enteramente una ciudad en sus calles, sus rincones, sus paseos, sus cortadas súbitas, sus repentinas cuadras que salen en diagonal desde ninguna parte y van quién sabe adónde, sus placitas casi sombrías que surgen en un lugar no precisamente ideal para una plaza, esos recovecos que serían siniestros pero son tentadores. Y todo eso está muy bien, porque es razonable y deseable que la ciudad, cualquier ciudad, conserve algo de misterio, ¿no le parece?
Finalmente, tal vez sería razonable decir que, salvo excepciones de maníacos o de planificadores urbanos, nadie vive en una ciudad y todos y cada uno viven en una parte o dos partes de una ciudad: en donde está la casa de una, en donde está la casa de la mamá de uno, en donde está el trabajo, en donde está el colegio de los chicos y pare de contar a menos que haya otras actividades y/o situaciones de nuestro sujeto teórico que lo obliguen a internarse en otros barrios y no hablo de relaciones clandestinas, que por otra parte son literariamente muy interesantes, sino de las complicaciones de la vida diaria y de la falta de tiempo para abarcar todo de una sola y buena vez.

Pues yo vivo en la zona sur de la ciudad de Rosario, un lugar que era chatito y gris y despojado allá por aquellos años cuando vine por primera vez a esta casa. Hoy, querida señora, casi no se lo reconoce. Me encanta no porque sea fino y distinguido como hubieran querido mis tías que eran más pitucas que la reina de Inglaterra, sino porque está vivo, es ruidoso, cambiante, colorido, arbolado a pesar de las señoras que protestan porque “los árboles son sucios, ¿vio?”. Y, sí, vea, todo lo que está vivo es sucio o mejor dicho elabora y produce suciedad. Lo que está muerto no; se pudrirá en su momento, eso sí, pero ya está quietito y limpito y no les da trabajo a las escobas de las señoras amas de casa de la cuadra. Y también me encanta porque conozco a casi toda la gente que me rodea (ni hablemos de “Tomasa”, adonde vamos con los amigos a tomar cafecitos) y que me saluda y a la que yo saludo y a quienes pregunto por la familia y por la fiesta de quince años de la nena y por la abuela que tiene sus achaques. Y también conozco casi todos los comercios adonde entro no sólo a comprar algo, sino también a guarecerme de la lluvia o a pedir cambio o a comentar que hace calor, o que hace un frío espantoso, o lo que sea.

No sé lo que les pasa a otros narradores aunque creo haber leído algo al respecto, pero yo privilegio el entrenamiento de la oreja y del ojo, y es así como me entero de que en Sarmiento antes de llegar a Seguí está esa casa que no era ninguna maravilla pero que están arreglando sin tocar la estructura. Aaah, desde ese momento estoy atenta a ver cuál va a ser el resultado. Quiero decir que una, que escribe novelas pero que podría estar haciendo alguna otra cosa, consigue agregar a su experiencia pequeños detalles de la vida de la ciudad en la que vive, pequeños detalles que, como en la vida de cada persona, van construyendo una sólida identidad, van poniendo los cimientos de una sabiduría de la ciudad en la que se vive.

Y se vive bien así, con un buen enganche sentimental con el escenario ciudadano.



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