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Claves para el buen gobierno

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Un viejo adagio dice que antes que tener dos médicos es mejor no tener ninguno. Cuando hay un solo médico –que es lo mejor, según el saber popular– un tema relevante es la calidad de ese médico; cuando hay más de uno, el problema es que la multiplicidad de puntos de vista impide tomar buenas decisiones. La Argentina tiene ese problema con su gobierno. En ambientes políticos y en la prensa abundan las opiniones sobre la calidad de sus decisiones, pero su mayor problema es que trasunta diversidad de centros de decisión casi a diario. Décadas atrás el sociólogo brasileño Helio Jaguraribe, de visita en nuestro país, decía en una conversación en el Instituto de Desarrollo Económico y Social que él prefería gobiernos que tomaban decisiones equivocadas a gobiernos sin capacidad de decisión. El juicio es opinable, pero podría ser atinado.
El buen gobierno necesita capacidad de decisión y unicidad de criterios, y además capacidad de escuchar, algo de lo que carecen muchos gobiernos en el mundo. Y también alguna capacidad de prever lo que puede suceder: cambios en el contexto, nuevas demandas sociales y consecuencias no esperadas de sus decisiones, tres cualidades que no siempre se dan juntas. En la Argentina parece que carecemos de las tres. No hay un centro único de decisiones, no hay escucha, no hay anticipación de los acontecimientos. Son déficits del actual gobierno; pero en alguna medida son rasgos de nuestra cultura política.

Hace unos 25 años, José Octavio Bordón era el flamante gobernador de Mendoza y decidió convocar a una conversación informal a los tres ex gobernadores vivos, que pertenecían cada uno a uno de los tres principales partidos de la provincia: el conservador, el radical y el peronista. Los ex gobernadores asistieron y la conversación se desarrolló en muy buenos términos, pero cuando Bordón la hizo pública se escucharon muchas voces airadas. ¿Dialogar con gente de otro partido, con quienes piensan distinto? ¡Inaceptable! En la misma Mendoza, más o menos en esos mismos años, otro caso elocuente: mujeres de esos tres partidos convocaron a formar un espacio multipartidario para discutir y tratar de consensuar algunas posiciones básicas –se llamó, precisamente, la Multipartidaria Femenina–. La convocatoria fue muy exitosa y adhirieron a ella muchísimas mujeres y también varias ONG no partidarias; pero los dirigentes de los tres partidos una vez más pusieron el grito en el cielo y, según creo recordar, algunos amenazaron con la expulsión a quienes adhirieran a la Multipartidaria. (Ganaron las mujeres, la multipartidaria fue exitosa y los dirigentes cedieron).

Son ejemplos de una cultura poco proclive al diálogo y a la escucha, y de dirigentes que innovan desafiándola. Ahí radica una de las claves del buen gobierno. El gobierno nacional ha dado marchas y contramarchas, hecho y deshecho anuncios. En la calle no se entiende quién decide. En ese contexto es imposible tomar buenas decisiones privadas; no sorprende que las inversiones escaseen y el ahorro fluya al exterior.

En cuanto al futuro… En nuestra cultura política en general ha tendido a ser más atractiva la idea de “planificar” el futuro que la de anticiparlo. Es cierto que durante los últimos años en la Argentina han sobrado los pronósticos agoreros, catastrofistas; el Gobierno sacó algún partido del fracaso de esos pronósticos. Pero no es menos cierto que los problemas que surgen y se multiplican día a día, sin alcanzar la magnitud de una catástrofe –de las que nuestro país sabe bastante–, parecen tomar al Gobierno de sorpresa, sin capacidad de respuesta, incluso sin un discurso consistente preparado de antemano. Nada –ningún modelo, ningún método– asegura que los acontecimientos sean siempre anticipados; pero algo puede hacerse, y para ello existen enfoques de previsión de riesgos. En 1532 Maquiavelo analizó en El Príncipe la estrategia del duque de Milán en sus conflictos con el Papa, enfocándose en sus procedimientos relativos a “las cosas presentes” y “en cuanto a las futuras”. “Y él me dijo en los días del nombramiento de Julio II que había pensado en todo lo que podía acaecer tras el fallecimiento de su padre, y para todo había encontrado remedio” –excepto que “no pensó jamás que en aquel momento él mismo estaría a punto de morir”–. Pero una cosa es que los gobernantes no piensen en su propia muerte y otra es que no anticipen la mayor parte de las cosas que suceden.


*Sociólogo.


Manuel Mora y Araujo


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