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Coger es de izquierda

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En cuestiones como ésta, la primera persona del singular es una tentación casi erótica. Por tanto, afirmo: no me atrae el porno. No lo consumo. Sí, en cambio, me resulta mucho más excitante pensar el vínculo entre deseo y moral y cómo la sexualidad establece una suerte de hilo –hilos– invisible/s que urden el enorme sinsentido que nos rodea.
El sexo, así, es algo que tiene que ver con la muerte, con la desesperación, con el límite. Con el borde y con los desbordes. Hablar de deseo es hablar de ley y de moral. Pero, también, es enfrentarse a un territorio donde también la palabra es pura forma, forma pura.
Mientras el miércoles se viralizaban los videos de lo que estaba pasando en la Facultad de Ciencias Sociales, lo primero que pensé es que se trataba de una pavada, temas para hablar, periodismo. Cuando empecé a escuchar los argumentos, especialmente aquellos referidos a lo público y lo privado, me di cuenta de que lo que pasaba, lo que pasó, es absolutamente un hecho cultural y que la facultad es el espacio para hacer performances así.
Ofrecer a la mirada más allá de las formas, más allá de la estética, algo que se torna inevitable, algo que no podemos evitar mirar. Y a partir de allí construir textos, discursos, morales, relatos. Quizás la potencia de lo visto, su crudeza, es lo que genera la necesidad de moralizar la cuestión
Abrir –literalmente– un espacio en el que la explicación no es otra cosa que el intento de atrapar aquello que se escapa a la regla.
Una vez más, la pacatería de la corrección política (cuyo síntoma es la polémica que se abrió inmediatamente) revela que hay grietas –literalmente– más interesantes que las que preocupan a Lanata: el corte entre quienes piensan que hay que decirle a la gente lo que debe hacer, una vocación de políticos si la hay y entre quienes piensan que hay un otro habla posible: otras sintaxis que establecen nuevas éticas. Más revolucionarias, incluso.

Pablo Helman