COLUMNISTAS JARDINES

Colección de arena

En aquellas horas aciagas en que los colectiveros recorren la pista de carreras del Metrobus tratando de no chocar con las hueveras de un lado y los coches del otro mientras aceleran y frenan para averiguar cuál es la capacidad del pasajero promedio para oscilar, sorprenderse y aferrarse a la baranda mientras tipea gansadas en el celular, en aquellas horas aciagas en que el calor ha hecho mella y el antitranspirante tiende colectivamente a abandonarnos, trato de abstraerme del entorno y pensar en las cosas bellas que proporcionan los azares de la vida, que son efecto de las determinaciones verdaderas: uno solo se encuentra con aquello que anda buscando.

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En aquellas horas aciagas en que los colectiveros recorren la pista de carreras del Metrobus tratando de no chocar con las hueveras de un lado y los coches del otro mientras aceleran y frenan para averiguar cuál es la capacidad del pasajero promedio para oscilar, sorprenderse y aferrarse a la baranda mientras tipea gansadas en el celular, en aquellas horas aciagas en que el calor ha hecho mella y el antitranspirante tiende colectivamente a abandonarnos, trato de abstraerme del entorno y pensar en las cosas bellas que proporcionan los azares de la vida, que son efecto de las determinaciones verdaderas: uno solo se encuentra con aquello que anda buscando.

En ese marco, y en mi caso, el recuerdo de algún libro o la esperanza de leerlo disipa lo ingrato del entorno. A lo largo de los años, mi primer interés exclusivo en la ficción se fue ampliando, no hasta convertirme en un lector asiduo de filosofía, sí en un frecuentador de textos de carácter ensayístico que en más de una oportunidad visité o expolié para emplearlos en mis propias ficciones. Uno lee para vivir y en algún momento empieza a vivir leyendo para escribir, porque eso permite sospechar que se sigue vivo. La lectura y la escritura se vuelven una especie de cadena de montaje (como la circulación de colectivos en la metrovía).

Hace poco, tuve la suerte de descubrir un libro de Italo Calvino que no conocía. Se trata de Colección de arena (un título que bellamente combina dos términos contradictorios, la esperanza de la duración y la certeza de la disipación), una serie de crónicas periodísticas que narran las experiencias de viaje del gran escritor italiano. El objeto de su observación puede ser una excavación arqueológica en Toscana, un jardín zen en Kioto, una exposición de dibujos, una mujer con quimono, una colección de autómatas. La realidad se ofrece en todas partes, pero la percepción es un sutil efecto de la mirada.