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Cómo curarse de la Argentina en un año

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Hola. Tenía un montón de opciones interesantes para inaugurar hoy, acá, mi segunda y última temporada fuera de la ficción. Mapas, cupones, diagramas; ítems inusuales a los que nos va a hacer falta recurrir si queremos estar seguros de que, por lo menos, hicimos el intento. Pero llovió. Como pasa siempre –y probablemente siga pasando, cada vez más a menudo–, una catástrofe nos niega la fantasía de suponer que esta discusión malsana que venimos sosteniendo es gratis. Precisamente eso es lo que decimos algunos (pocos) desde hace mucho tiempo: que las cosas que los gobiernos hacen o dejan de hacer tienen consecuencias. Asumo mi parte de responsabilidad: después de unos días de contrición ante la muerte y el sufrimiento, la manera que encontramos de abordar este problema es tratar de demostrarle a Mario Wainfeld que la libertad está bien. Bueno, no: que se vaya a la c.... de su hermana, Mario Wainfeld. Vamos a empezar como corresponde.

Para los más desafortunados –que puede ser cualquiera, aunque algunos lo son desde el momento mismo de su nacimiento–, el clima de época en la Argentina promete consecuencias muy concretas: orfandad, pauperización y muerte.

Con miedo y/o culpa, los menos desgraciados pagamos un peaje excesivo para que nos dejen vivir: el de sostener interacciones sociales que tienen puntos de contacto con la enfermedad mental. Esto se expresa de muchas maneras; elijo al azar dos preguntas que nos hacemos todo el tiempo. “¿Son o se hacen?” y “¿Le digo o no le digo?”. La dificultad para salir de la parálisis que provocan esas dos preguntas es síntoma de algo patológico.

¿Son o se hacen? No sé, da lo mismo. Mientras personas en Capital y Provincia morían ahogadas o electrocutadas, Artemio López, cuya firma leo con horror a veces en este mismo diario, le escribió a Macri: “Hola, te robo un segundo para decirte que… llueve de nuevo jejeje”. ¿Cómo se llama eso? No me importa. Sólo sé que voy a hacer todo lo posible para que gente como él no tenga jamás un lugar más o menos cerca de mi vida, no quiero que su enfermedad sea también la mía.

La segunda pregunta es más complicada, porque ninguna de sus dos respuestas posibles garantiza una conclusión saludable. Si no le digo, me callo, que es lo que esta gente quiere. Y si le digo, volvemos a Mario Wainfeld. ¿Quién quiere discutir con los legisladores porteños sobre la moda nacional de bautizar colegios y estaciones de subte con nombres de asesinos? Nadie, tenemos mejores cosas que hacer. El problema es que después la estación de subte se llama Rodolfo Walsh y la escuela se llama Che Guevara, y así con todo hasta que un día te das cuenta de que vivís en la dimensión desconocida. No tengo respuesta para esta segunda pregunta, pero sé que no nos vamos a curar sin encontrarla.

Nuestro objetivo es curarnos. En un año. La sociedad está perdida, de todos modos. Si nos curamos, puede ser que zafe en el futuro; a nosotros ya no nos va a tocar. Me dispongo a improvisar distintas formas de tratamiento experimental todos los domingos, y me incluyo como paciente, también. Porque me escapé, pero evidentemente no del todo. Sigo preocupado, sigo pensando en esto, no soy Jack que viene a las reuniones de cáncer testicular porque su vida es aburrida y no puede dormir. En este invierno eterno que nos regaló Europa, dormir me sale fácil y es lo que más me gusta en el mundo.

Me escapé a medias de la Argentina y me propongo escapar del todo. Para eso voy a necesitar que al menos una modesta cantidad de personas se escape conmigo; que aprendamos juntos a vivir con esto, pero a vivir bien, como personas normales, más o menos productivas y felices. O, en su defecto, necesito resignarme a que nunca va a suceder. Estoy preparado para cualquiera de las dos. En la medida en que PERFIL me aguante y el país siga existiendo, tenemos hasta abril del año que viene.
 

*Escritor y cineasta.



Guillermo Raffo