COLUMNISTAS LO QUE DEJO CFK

Cómo duele una traición

El país y su dirigencia tienen larga historia de rupturas y condenas, no sólo en el PJ. La política no es razón única.

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Foto:Pablo Temes
“El Frente para la Victoria no existe más”, dictaminó, letal, Jorge Landau, apoderado del PJ. Tal vez exagere, por la inercia del pasado reciente le costará a algunos entender que la enorme mayoría de los leales de antaño se transformarán, tarde o temprano, en los traidores de hoy. Y, quién sabe, en potenciales compañeros de ruta de mañana.
 Algunos ironizan con que los peronistas no tienen derecho a festejar el Día de la Lealtad, pues viven traicionándose permanentemente. Son expresiones de un claro corte gorila y parroquial: las rupturas y quiebres partidarios, también las traiciones, han sido siempre y en todas partes inherentes a la vida política. La canción sigue siendo la misma: no hay peor astilla que la del mismo palo.
 CFK debería leer al Dante que, siempre tan previsor, reservó el noveno infierno a los inefables traidores: ya no debe quedar más espacio ahí para tanto Brutus, tanto Judas, tanto Figo. Pobre Borocotó: crearon un verbo con su nombre como si las defecciones hubieran sido un invento suyo. Ya le había pasado lo mismo a la pobre Malinche. No así a tantos otros, como el sombrío Benedic Arnold, aquel general norteamericano que desertó a favor de los ingleses en plena guerra por la independencia, por la gloria que finalmente no tuvo, más unas 6 mil libras de esa época. No siempre el que traiciona, gana.
 Las divisiones de partidos y grupos de interés son sin duda una parte constitutiva de la historia argentina. Al margen del default y de la brutal crisis económica, Juárez Celman (el De la Rúa del Siglo XIX), cayó en 1890 por una profunda ruptura dentro del bloque conservador. De ahí surgió el radicalismo, en cuyo ADN siempre prevaleció la impronta de Leandro Alem (“que se rompa, pero que no se doble”), sufriendo a lo largo de su centenario recorrido infinidad de cismas y peleas taciturnas. Hace un siglo, Hipólito Yrigoyen casi ve frustradas sus aspiraciones presidenciales en el Colegio Electoral por una disputa con unos delegados de Santa Fe. Tal vez la ruptura más despiadada fue en los 50, entre UCRI y UCRP (curiosamente hoy sus descendientes conviven con armonía bajo el liderazgo de Macri). ¿Hubiera caído Frondizi sin el apoyo balbinista al golpe militar?  
 No debemos soslayar el fenómeno del radicalismo K, el principal antecedente del actual proceso de reconfiguración del mapa político-partidario. ¿No fueron acaso los Cobos, los Colazo y los Saiz de ayer los Casas, los Bertone y los Manzur de hoy? Las urgencias fiscales obligan a los gobernadores a alinearse con la Casa Rosada, no importa quién la habite. Como siempre, el vil metal. Para ponerlo de forma más prolija: la ética de la responsabilidad.
 Gracias a esa praxis tan básica como brutal, parte del radicalismo periférico ha logrado sobrevivir al tsunami K. ¡Y lo bien que vienen ahora esos votos en el Congreso! Gerardo Zamora aprovechó como pocos la posibilidad de conseguir recursos para su provincia, gracias a los que erigió un liderazgo abrasivo y hegemónico (igual que Néstor en Santa Cruz). Pasa el tiempo, pero permanecen los mismos mecanismos de poder. De ellos ahora se beneficia, paradójicamente, Cambiemos. Ya en su momento Francia forjó su reconstrucción desde el amilanado Régimen de Vichy. Pétain nunca imaginó que habría de inspirar a nuestros gobernadores norteños.
 No siempre las peleas, cismas y divisiones son por plata, para llegar al Gobierno y aprovecharse de sus recursos. Muchas veces, los conflictos surgen por cuestiones simbólicas, ideas o cuitas personales. Las pequeñas organizaciones tienen su microfísica del poder: como en las familias, también ahí pueden generarse dinámicas tóxicas que terminan en rupturas. Sin duda, éste es el caso de las fuerzas de izquierda en la Argentina, incluyendo al viejo Partido Socialista, el comunismo y las múltiples facciones del trotskismo. Alfredo Palacios (un inefable seductor), el primer diputado socialista de América, fue desplazado del partido férreamente conducido por Juan B. Justo con la excusa de que a menudo se retaba a duelo, una práctica aristocrática intolerable en una fuerza moderna y progresista. Una mezcla de ideología y pragmatismo explica el surgimiento del Partido Socialista Independiente de Antonio de Tomaso y Federico Pinedo (abuelo del homónimo presidente efímero). Intentaron evitar (sin éxito) el retorno de Irigoyen en 1928. Cuatro años más tarde integraron la coalición de gobierno del primer presidente ingeniero que tuvo el país, el otro Justo, Agustín.
 Tú también, Bossio
 Tal vez el peronismo sea el súmmum del acomodo al poder de turno. Las peleas internas y las defecciones ocurrieron con Perón al mando, en el exilio y, sobre todo, con su muerte, incluyendo el uso de la violencia. Fue él mismo el primero en traicionar: Luis Gay y Cipriano Reyes, importantes dirigentes sindicales que organizaron el 17 de octubre, fueron sus bisoñas víctimas. Terminaron presos, como Milagro Sala, pues esa capacidad de movilización constituía una amenaza para el nuevo coronel devenido en presidente.
 Los polarizados términos lealtad y traición se establecieron como tópicos en la cultura peronista, y entre ellos se fue definiendo un espacio de compleja ambigüedad que permitió legitimar los gambitos y gambetas más arbitrarios. Aquel ejemplo germinal fue seguido por prácticamente todos los dirigentes peronistas con ambición y picardía (sin esos atributos, nadie sobrevive en esa fuerza). El primus inter pares fue Augusto Timoteo Vandor, quien acuñó a mediados de los 60 una frase antológica para justificar su desafío a un liderazgo hasta entonces públicamente incuestionado: “para estar con Perón hay que estar contra Perón”.
 Kirchner fue un verdadero adicto a la traición, incluyendo a Duhalde, que lo llevó al poder, y a Carlos Juárez, el primer gobernador en apoyar su candidatura cuando apenas medía un par de puntos. Quería que nadie dudara de su falta absoluta de escrúpulos: si era capaz de destruir a sus principales aliados, ¿qué podían esperar sus adversarios, más aún sus enemigos? Sin reglas, sin límites, Kirchner pretendió perpetuarse en el poder convirtiendo la lealtad en absoluta sumisión.
 Pero murió en el camino, y al perder las elecciones de 2013 y 2015, Cristina se condenó a ella misma y a todos los suyos a un ocaso forzoso y fulminante. El terremoto del último trimestre del año pasado abrió un ciclo de inevitables y necesarios remezones. Habrá otros reacomodamientos, dentro y fuera del Congreso, como los que vimos esta semana.
 Serán más o menos importantes, pero para los que creyeron en serio en “el modelo”, para la propia Cristina, generarán siempre una dolorosa herida. Les costará entender que no se trata de algo personal. Son simplemente cuestiones políticas, una darwiniana necesidad de supervivencia. Y a veces también negocios. Una pena que no esté Néstor para explicarles.

Sergio Berensztein