COLUMNISTAS BRUTALIDAD DEL PODER

Cómo matar a un invitado sin estropear la cena

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El poder se asoció con frecuencia con la traición y la muerte. Los antiguos creían que Dios y el demonio intervenían en la historia y que los representantes de los buenos podían hacer cualquier cosa para aplastar al mal. Los sueños y los deseos de la gente común valían poco frente a lo que dictaminaban seres tan trascendentes. Los aztecas escogían cada año un esclavo fuerte, apuesto, sin defectos físicos, con el pelo largo hasta la cintura, al que veneraban durante un año mientras recorría los pueblos tocando una flauta, escoltado por doce jóvenes como él y cuatro sacerdotisas que cumplían todos sus deseos. Si escapaba, uno de los miembros del séquito tomaba su lugar. En el mes de toxcatl (aproximadamente mayo) se iniciaban las festividades de Tezcatlipoca, “el espejo oscuro”, dios de la noche, a quien se le ofrendaban animales, joyas, mantas, y otros objetos. La celebración culminaba cuando el joven, que había gozado de todos los placeres y honores durante el año, desfilaba por Tenochtitlán cubierto de mantas y joyas fastuosas acompañado de las cuatro sacerdotisas convertidas en esposas y ascendía a lo alto de un templo cercano a la ciudad, rompía cuatro flautas que simbolizaban los puntos más importantes del cosmos, y se recostaba en una mesa para que los sacerdotes le arrancaran el corazón como ofrenda a Tezcatlipoca.
Como es obvio, los pueblos mesoamericanos no conocían los principios que ahora se han extendido, sobre todo en Occidente, desarrollados en algunas sociedades liberales durante el siglo pasado. No los practicaban tampoco los católicos del Renacimiento, cuando la crueldad y la falta de respeto por la vida eran parte de la vida cotidiana. Leonardo da Vinci en su juventud se dedicó a la cocina, hasta que logró que Ludovico el Moro lo nombrara “consejero de fortificaciones y maestro de festejos y banquetes de la corte”. En 1490 escribió el texto De los modales en la mesa de mi señor Ludovico y sus invitados, en el que desarrolló ideas que permiten conocer las sofisticadas costumbres cortesanas de su época. Cuando un noble organizaba un banquete, era frecuente que planeara asesinar a uno de sus invitados. Leonardo no quería evitar que se cometieran los asesinatos, pero le inquietaba que pudieran estropear el ambiente de sus fiestas. En su texto dice: “Si se planea un asesinato para la comida, lo más decoroso es que el victimario se siente junto a quien será objeto de su arte, situándose a la izquierda o a la derecha según sea el método escogido para la ejecución, procurando que el evento no interrumpa demasiado la conversación de los invitados”.
Leonardo aprendió mucho de Ambroglio Descarte, “el principal asesino de mi señor Cesare Borgia”, quien sabía “realizar su tarea sin importunar a nadie”. “Después de que el cadáver y las manchas de sangre sean retirados por los servidores, es prudente que el asesino también se retire de la mesa porque su presencia puede perturbar la digestión de personas débiles que estén sentadas a su lado”. Para que no se altere el orden “un buen anfitrión debe tener siempre un reemplazo esperado fuera, dispuesto a sentarse en el lugar del muerto en cuanto suceda lo previsto”. Leonardo inventó una infusión de col en agua templada para borrar las manchas de sangre que dejaban las víctimas porque podían quitar el apetito de quienes las miraban. El florentino no fue cruel, quiso simplemente que los crímenes se realizaran en orden, sin estropear los banquetes ni angustiar a los devotos cristianos. Sugirió también normas como “no tomar comida del plato de su vecino sin su consentimiento; no poner trozos de su propia comida a medio masticar en el plato del vecino; no pellizcar, golpear o prender fuego a su vecino al menos mientras compartan la mesa; no dejar sus aves, serpientes ni escarabajos sueltos sobre el mantel; no hacer insinuaciones impúdicas a los pajes ni jugar con sus cuerpos; no golpear a los sirvientes si no es en defensa propia”. Lo más importante: “No se puede conspirar en la mesa (a menos que lo haga con mi señor)”.
El poder fue siempre brutal. Cuando criticamos a otras culturas por sus prácticas violentas olvidamos que el Occidente cristiano fue igual hasta que las ciencias y el racionalismo nos ayudaron a ser menos supersticiosos. Para limitar los caprichos de los gobernantes deberían estar el respeto a las instituciones, los derechos humanos, la alterabilidad, la separación de poderes, la profesionalización de las fuerzas armadas y de los servicios de inteligencia. América Latina vive la agonía del paradigma político del siglo XX, y todavía hay que trabajar mucho para que nuestras sociedades supersticiosas y autoritarias sean más democráticas.

*Profesor de la George Washington University.



Jaime Duran Barba