COLUMNISTAS UN DIALOGO EN TEHERAN

Complejo acuerdo argentino-iraní

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No parece fácil que el controvertido memorándum pueda ser aprobado sin haber pasado por la asamblea general o parlamento iraní, ni que el presidente que delegará el mando en agosto a su sucesor Hassan Rohani esté ya en condiciones de tomar dicha medida, sobre todo si se tiene en cuenta que para ser electo tuvo el espaldarazo político de Akbar Hashemi Rafsanjani, uno de los cinco ex funcionarios sobre los que todavía pesa, por solicitud de la Justicia argentina, un pedido de captura de Interpol. De modo tal que pareciera muy difícil que Rohani ponga frente a un juez argentino a su protector, que ahora aparece como “moderado”. Pero para entender más claramente todo esto es necesario saber quién es Rafsanjani, ya que es uno de los incluidos en el dictamen final del fiscal federal Alberto Nisman, imputado como responsable del atentado contra la AMIA.

En 1980 debí viajar a Teherán para efectuar una serie de reportajes a jerarcas de la revolución iraní, entre ellos a Rafsanjani, quien entonces presidía la asamblea general o parlamento, y tal vez para conocerlo mejor conviene que transcriba algunos fragmentos de mi entrevista con él, que tuvo lugar a fines de agosto de ese año, tiempo todavía de los rehenes estadounidenses, cuando yo era el único periodista occidental que circulaba por las calles de Teherán, gracias a una visa de cortesía que me había extendido el entonces canciller Sadegh Ghotbzadeh.

Akbar Hashemi Rafsanjani era entonces presidente del parlamento y el hombre más fuerte del Partido Revolucionario Islámico.

Se me avisó que el entrevistado no hablaría en inglés sino en farsí, y que utilizaría un intérprete propio. Con el fin de poder controlar los dichos de ida y vuelta solicité que se me permitiera llevar por mi lado a una intérprete que me cedió nuestra embajada en Teherán.

Cuando llegamos al edificio, los guardias no encontraron adecuado el atavío de la intérprete, porque no llevaba chador y usaba pollera. Después de arduas negociaciones, tuve que aceptar que se le proveyera el chador correspondiente. Ella se vio obligada a dejar en depósito sus cosméticos, el encendedor y los cigarrillos que llevaba en la cartera. Así pudimos llegar por fin al despacho del señor Rafsanjani.

Mi primera pregunta fue acerca de qué cambios traería aparejados la constitución del próximo gabinete, ya que se estaba produciendo en esos días una crisis política interna.

Me contestó que las dificultades internas estaban determinadas por la presencia de elementos no verdaderamente revolucionarios, pero que éstas se terminarían, de inmediato, con la presencia en el nuevo gabinete de la gente joven de la revolución.

Agregó que otra gran dificultad era la permanente presión extranjera que no quería quitar las manos de su nación. Que Irán era parte del Tercer Mundo, oprimido por los imperialismos, pero que la revolución estaba liberando a Irán de las superpotencias y de todos aquellos países –grandes o pequeños– que sólo trataban de sacar ventajas.

Citó entre esas naciones a Sudáfrica, Egipto e Israel, y otros más que, dijo, habían recibido en el pasado gran ayuda de Irán sin haberla retribuido jamás. Dijo también que Irán no quería estar aislada como nación de la comunidad internacional, sino que quería tener las mejores relaciones con la mayor cantidad de países posible, pero que los Estados Unidos trataban de impedirlo.

Rafsanjani insistió en que, aun con la oposición norteamericana, nada los detendría en su determinación de seguir trabajando para conseguir los objetivos de amistad con las naciones que quisieran ser libres de la opresión de las superpotencias.

Después le pregunté cuándo iba a tratar en el plenario del Parlamento, que él presidía, la cuestión de los rehenes. Me dijo textualmente: “Ya he contestado antes esa pregunta muchas veces. Cuando el Parlamento termine de tratar las cuestiones más importantes se ocupará de ese tema”.

Añadió Rafsanjani: “No entiendo por qué me preguntan eso con tanta insistencia, ya que no es tan importante”.

Como yo le señalé que la importancia dependía del punto de vista, ya que para la comunidad internacional era relevante la existencia de rehenes porque implicaba una violación del derecho internacional, me contestó: “Lo que la comunidad internacional llama ‘derecho internacional’ es un derecho que ha sido establecido exclusivamente para el beneficio de los grandes poderes. Porque, por ejemplo, nuestra soberanía ha sido violada durante las dos guerras mundiales, por Rusia y también por sus aliados occidentales”.

“La dinastía Pahlevi –continuó– fue sirvienta de los gobiernos occidentales, particularmente de los Estados Unidos. Cada vez que nuestro país trató de liberarse de la opresión se enfrentó con la intervención directa o cubierta. El movimiento iraní para la nacionalización de la industria petrolera, hace treinta años, fue impedido por un golpe de Estado norteamericano. También fueron agentes norteamericanos los que impidieron la insurrección contra el sha el 5 de julio de 1963. Yo estuve detenido en las prisiones del sha y fui torturado por los agentes de la Savak, que estaba supervisada por expertos norteamericanos. Y cuando Estados Unidos dejó de proteger al sha, su régimen no pudo sostenerse más”.

Y luego, muy enfáticamente, me preguntó: “¿Eso es lo que Occidente denomina ‘derecho internacional’? ¿O acaso llama así a la ocupación de Afganistán por Rusia? ¿O a la ocupación de Jerusalén? ¿O a la ausencia de un Estado palestino? Los rehenes, de acuerdo con la ley islámica, están bien tratados y cuidados, y ya discutiremos oportunamente su situación en el Parlamento”.

Todos los altos jerarcas que entrevisté en ese agosto de 1980, incluidos el presidente de la Corte y el canciller, murieron violentamente, víctimas del propio proceso revolucionario.

Como es sabido, los rehenes fueron liberados el 20 de enero de 1981, cuando asumió la presidencia de los Estados Unidos Ronald Reagan. Pero la revolución siguió su curso, y uno de los muy pocos sobrevivientes de su inicio fue Akbar Hashemi Rafsanjani, tal vez por ser el más duro, el más extremista, aunque ahora juega de moderado, como su ahijado político y recién electo presidente Hassan Rohani; claro está que lo son de alguna manera si se los compara con Mahmud Ahmadinejad, pero solamente por eso.


*Periodista, escritor y diplomático.



Albino Gómez