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Complicidad de todas y todos

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Además del origen primero de la pobreza, la corrupción es un flagelo que llevamos pegado en nuestra genética y que algunos abordan y practican con verdadera pasión. Cada vez que la TV muestra imágenes de dólares mezclados con vedettes, traficantes en connivencia con fiscales, nos revolcamos en un lodazal sin posibilidad de escapar y hay que admitir que la corrupción ya es un signo de identidad nacional. No existe debate, idea, o iniciativa seria acerca de cómo acabar con ella. Ni cómo desnudar la complicidad social que permitió tamaño fraude, que deja afuera y castiga a quienes quieren pertenecer a una sociedad más equitativa.

Desde el 2008 aparecieron las primeras voces denunciando los desfalcos y negociados. Además de figuras emblemáticas como Elisa Carrió, hoy verdadera fiscal de la República, fueron los periodistas los encargados de difundir.  Lamentablemente la sociedad no estaba proclive a escuchar ningún grito de alerta. Ni los jueces  a dar señales de vida. Eran años de convenida ignorancia y ceguera compartida. Fueron las hoy llamadas “denunciadoras seriales”, las nuevas mujeres coraje que no temieron amenazas ni costo alguno y se atrevieron a cursar el camino más difícil.

Pero para llegar a cometer tantos desfalcos y negociados vergonzosos, se necesitaron muchos desconocidos y cómplices, que por temor, indiferencia o tan sólo interés, colaboraron por ausencia o presencia en esta gran trama de corrupción. Cadetes, empleados, escribanos, abogados que vieron, firmaron, gestionaron, y construyeron esta inmensa trama corrupta.
¿Qué hacer con ese entramado humano y la estructura delictiva? Antes  y en comparación, parecían hechos aislados. Ahora son asociaciones ilícitas organizadas, practicantes y militantes en la carrera del delito, con gente dentro y fuera del Estado. Con participaciones especiales de esposas, primos, cuñados, redes familiares, habitués de la plata dulce y la alfombra roja. Quedar afuera era imposible, el ascenso en el escalafón era el premio al robo. Ahora, frente a un posible cambio de tendencia política, quizás reaccionen al contrario, sumisos a la obediencia debida.

 ¿Cómo encauzarlos y ofrecerles alguna vía de escape? Algunos elegirán la figura del arrepentido, del anonimato y del testigo protegido.  “Otros –explica Mariana Zuvic– recurren a las identidades confiables, entregando  un sinfín de pruebas que terminan en la Justicia. Pero ya es tiempo de resolver las causas pendientes y no entorpecer el trabajo judicial. Hoy hay tantas denuncias que en vez de terminar presos los ladrones, la Justicia se enreda con justificación o sin ella, y pareciera que esto forma parte de una estrategia electoralista”.
Pero ¿de qué forma recuperar una sólida cultura ciudadana contra la corrupción? ¿Y matar al viejo Vizcacha que todos tenemos adentro, al ventajero, al piola, al pícaro…? Quizás deberíamos pensar en un gran pacto nacional, más aún en una política de Estado. Internet y el acceso digital representan una revolución para el acceso a la información pública por parte de los ciudadanos, no sólo una herramienta para la prensa o la oposición política. Los formatos y las herramientas digitales para la participación ciudadana deben ser claras y fáciles, comprensibles para cualquiera. Sara Obal, especializada en récords management, explica que “el adecuado tratamiento de la información es la vía óptima para transparentar al sector público, brinda  una evidencia de la actividad del Estado y se vincula con la rendición de cuentas y en consecuencia, favorece una reducción de prácticas abusivas dentro de la organización”.

Un camino, puede haber otros. Crear un organismo, institución o comisión, compuesto por guardianes de un nuevo orden social y moral,  con aval de la política y alejado del Estado que debe vigilar y controlar. Su objetivo,  recuperar  a un Estado depravado y a una sociedad complaciente con el desvío. Alcanzar lo imposible, llegar a la tolerancia o en corrupción. ¿Alguien lo está pensando?

*Socióloga y periodista.