COLUMNISTAS ECONOMISTA DE LA SEMANA

Con fe y con esperanza, por el cambio

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Entramos en la recta final. Faltan apenas unos días para que la verdadera gran encuesta, las PASO, comience a balizar el camino a octubre. Las expectativas se mueven al compás de las encuestas y de la información dura que arrojan los resultados electorales en cada uno de los distritos. Los inversores financieros pasaron de una suerte de consenso de que independientemente del candidato la Argentina sería la próxima estrella en el mundo emergente a un estado de escepticismo. Ya no hay cambio, sino continuidad.

Mi visión es distinta. El cambio va a llegar. Aun Daniel Scioli, el candidato más enigmático y evasivo respecto de su política económica, en caso de ser electo, deberá encontrar una nueva fórmula para crecer. La estrategia de “aguante” que ha desplegado el gobierno nacional en los últimos años no tiene prórroga posible.

A cada acción corresponde una herencia que deberá administrar el próximo gobierno. Utilizar el tipo de cambio como ancla, plancharlo artificialmente para que no suban los precios, ha derivado en pérdida de competitividad y serios problemas para las economías regionales.

Subir las tasas de interés y mantener una ventanilla abierta para el dólar ahorro ha permitido sostener la pax cambiara por un tiempo. El costo ha sido restringir esas reservas para la importación, ahogando la actividad económica.

En igual sentido, cuando el Gobierno restringió el giro de regalías, utilidades y dividendos de las empresas extranjeras a sus casas matrices abortó el ingreso de inversión extranjera. Sólo algunas privilegiadas lograron un tratamiento especial.
Esta fue parte de la estrategia de “apertura heterodoxa” de la cuenta capital. Ante la falta de acceso a financiamiento genuino, se optó por otras fuentes cuyos costos completos aún se desconocen. El swap con China permite engrosar las reservas (como una suerte de adelanto de proveedores) a costa de acuerdos comerciales y políticos negociados desde la necesidad. Pragmatismo puro.

La estabilidad de las tarifas de los servicios públicos es otra muestra del statu quo. Casi uno de cada cinco pesos que gasta el Estado nacional está destinado a sostener un esquema de subsidios mal administrado y poco equitativo. El retraso en tarifas es uno de los tantos precios relativos que deberán ser corregidos.

Lógicamente, en el centro de este desorden económico se ubica la política fiscal. La brecha entre el ritmo de crecimiento del gasto y de los ingresos ha llevado el déficit a niveles alarmantes. Sin el BCRA, el rojo primario de la administración federal alcanzará 6% del PBI. El financiamiento del déficit condiciona la dinámica de la política monetaria. Ya no se emite para fortalecer las reservas sino para asistir al tesoro. El BCRA tiene que inyectar a ritmo creciente no sólo pesos, sino también deuda que le permita mantener cierto equilibrio en la oferta de dinero. La base monetaria ya no crece a niveles conservadores, como lo hacía a fines del año pasado sino que avanza al 35%/40% interanual. Un ritmo demasiado elevado si se pretende evitar una aceleración inflacionaria o tensiones en el tipo de cambio paralelo. Haciendo un reduccionismo extremo, la Argentina tiene dos problemas fundamentales, le faltan dólares y le sobran pesos porque el Gobierno no ordena su caja fiscal.

En el corto plazo también hay que sumar un problema de expectativas. Si las encuestas las liderara Mauricio Macri o Sergio Massa, los inversores estarían bastante más convencidos de que el cambio es inminente. Pero lo cierto es que las lidera Scioli. Un candidato que se aferra a la continuidad como eslogan.

Esta estrategia, sin embargo, se ve esmerilada por la vuelta del dólar a $ 15 a la tapa de los diarios. A los economistas no nos asombra esta dinámica; de hecho, muchos la anticipábamos. Planteábamos desde hace tiempo que se estaban perdiendo varios aliados de la pax cambiaria: el aumento de las expectativas de continuidad, la baja de las exportaciones, la inyección de pesos del BCRA, sumados a la dinámica propia de los meses previos a las elecciones.

La dinámica también pone en jaque el plan oficial de abonar los brotes verdes de la recuperación que se esperaba para el tercer trimestre del año. Más pesos en la calle, más demanda, más consumo, mayor apoyo al oficialismo, es la secuencia. Ya habría tiempo de hacer un frenazo en el último trimestre, como sucede usualmente después de las elecciones. El problema es que esos pesos no están yendo donde el Gobierno esperaba; están recalentando el dólar. La primera reacción más allá de los controles es comenzar a utilizar la zanahoria de un mayor rendimiento para las colocaciones de los ahorristas. Sirve como paliativo, pero nuevamente golpea la actividad productiva y el consumo al encarecer el costo de fondeo de los bancos, que lógicamente se lo trasladan a sus clientes.

El movimiento del dólar, sumado a la inyección de pesos y a la restricción de oferta, también implica mayores presiones en los precios. La inflación tocó un piso en torno del 25% anual a mediados de año y lentamente irá ganando velocidad. Los comerciantes saben que siempre hay sorpresas con el tipo de cambio después de octubre y comienzan a incorporar en su estructura de costos un tipo de cambio que no es puramente el oficial.

Con esta dinámica en marcha, si Scioli sigue liderando las encuestas deberá comenzar a dar señales de que lo que viene en materia económica tiene una cuota de cambio. La impaciencia de los mercados sumada a la volatilidad típica de los meses previos a las elecciones pueden ser un combo muy difícil de administrar para un gobierno en salida y con escasos grados de maniobra para revertir expectativas.

Si partimos de la base de que para crecer se necesitan dólares, el candidato electo deberá seducir a los inversores financieros, a la inversión extranjera directa y a los organismos multilaterales de crédito, además de atender el frente interno. En fin, desandar el camino recorrido por este gobierno en los últimos años. ¿Y los dólares comerciales de exportaciones? No son ni serán suficientes en el corto plazo. Por el contexto global, no podremos esperar un boom exportador. Tampoco deberíamos esperar una mejora de competitividad que nos vuelva más baratos con un salto de tipo de cambio.

¿Qué garantías tenemos de que el próximo presidente decida recorrer este camino? Ninguna. Pero si asumimos que es racional y que quiere aumentar su cuota de poder político, deberá mostar resultados antes de 2017. Ese resultado es crecimiento. Además, sabemos que hay  muchos aliados en el camino correcto. El nivel de deuda en moneda extranjera tanto del sector público como del sector privado es muy bajo; hay margen para el apalancamiento. Además, parece que nos olvidamos de que tenemos un game changer en las reservas de shale gas y shale oil en Vaca Muerta. Ni hablar de las oportunidades luego de la década perdida en inversión en infraestructura. Al mundo le sobra capital y a la Argentina le sobran oportunidades de inversión. ¿Por qué un presidente volvería a elegir el camino que retrocede en lugar del que avanza?

 

*Economista. Socio y director de Analytica.



Rodrigo Álvarez Litre