COLUMNISTAS EDUCACION (I)

Con o sin carpa, el niño seguirá ausente

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Enfrentamiento. El conflicto con los gremios derivó en hechos de violencia.
Enfrentamiento. El conflicto con los gremios derivó en hechos de violencia. Foto:Twitter
El padre y la madre tienen derecho a dormir. Pero si a la noche el niño llora, alguien se tiene que levantar y amorosamente calmarlo. Si no lo pueden hacer, no pueden ser padres, madres. No porque exista una ley que los obliga, sino porque no pueden percibir lo que el niño necesita. Aquí decimos los derechos del niño están primero que los del adulto, porque es el mamífero más desprotegido e incompleto en el nacimiento y necesita cuidados intensivos y de tiempo completo para sobrevivir. Y porque surge desde lo más profundo de quien quiere y puede ser padre o madre.

Demasiado tardó la humanidad para llegar a la Declaración Universal y a la Convención de los Derechos del Niño. Para decir cosas obvias e insuficientes para algunos y exageradas para otros. Hay un fallo de la Justicia Laboral para que se convoque a una paritaria, y ningún fallo para defender el Interés Superior del Niño, indicado expresamente por la Convención.

La función de los padres cambió y la de los docentes también, lo que no cambió es la necesidad de los cuidados que los niños necesitan. No podemos llegar al absurdo de politizar lo que el niño necesita, esto implicaría fragmentar las respuestas, es decir no dar una respuesta adecuada que le sirva al niño. Esto es lo que ocurre hoy en educación. Para dar respuestas adecuadas hay que estar frente al niño y percibir lo que necesita. Quien no percibe esto, no puede ser docente. No porque haya una ley que lo impida, sino porque no puede dar una respuesta. Pero el docente que está en el sindicato tiene enfrente gremios, políticos, periodistas, asambleístas y funcionarios. Siempre en pos de un bien mayor, el niño queda en segundo plano. El docente que no está comprometido con su profesión, ni hacia adentro ni hacia afuera, cambiará de profesión no bien pueda. El que está más comprometido hacia afuera se politizó. El que está más comprometido hacia adentro, esto es con el niño y la familia, quiere estar en la escuela dando las respuestas que siente y sabe que los niños esperan.

Mirar demasiado hacia afuera politiza y, por lo tanto, fragmenta. Basta observar la cantidad de gremios y partidos con internismos autodestructivos. Mirar hacia adentro, al niño, siempre une, pues se mira a una unidad, que la Convención nombra como el Interés Superior del Niño, a fin de dar la mejor respuesta. De aquí surge la única posibilidad de acordar políticas básicas para la niñez. El efecto negativo son acusaciones de no compromiso con un “bien mayor de la educación”, del que sólo se benefician los que trabajan políticamente. Esto no es válido para cualquier profesión. Fabricar baldosas es siempre lo mismo. Acompañar el crecimiento de los niños es otra cosa.

En los padres igual que en los docentes hay mucha confusión. Ningún padre está en contra de los reclamos docentes. Quienes se identifican más con lo que sus hijos necesitan quieren que los chicos estén en la escuela y quienes tienen una posición política tomada apoyan la politización del conflicto.

En la carpa hay dos cosas claras. Está politizada al extremo, sin el menor indicio de disimularlo, y el niño está ausente pero es el que paga el pato. Ante el anuncio y las acciones de prohibición de la instalación de la carpa, la respuesta fue automática: que paguen los niños, otro día sin escuela. Los problemas de los adultos los resuelven los adultos. Sigue siendo un absurdo intentar adoctrinar a los niños para que tomen parte o hagan de árbitros en conflictos de los adultos. Por otro lado, es inconcebible que por inexperiencia política copien métodos de protesta que incluyen vocabulario, cantos y actitudes violentas, que no todos siguen, que nada tienen que ver con el modo de actuar de los docentes y lo que la sociedad espera de ellos.
Nadie les enseña ya, ni a padres ni a docentes, qué necesita un niño para crecer y ser feliz.

*Ex decano de la Facultad de Psicología de la Universidad del Salvador.

Juan Alberto Peragallo*


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