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¿Con Obama estábamos mejor?

Fin de un mandato histórico. Un balance positivo, entre la arrogancia y las guerras de Bush y el racismo y el desprecio de Trump.

Dibujos de Temes
Dibujos de Temes Foto:Pablo Temes

“Debemos ganar el corazón de la gente”. En 2006, cuando sólo él pensaba que algún día podría convertirse en presidente de los Estados Unidos, Barack Obama publicaba su autobiografía La audacia de la esperanza, reflexiones sobre cómo restaurar el sueño americano. El ensayo en el que Obama anticiparía gran parte de lo que luego serían sus políticas de gobierno, se convirtió en best seller del New York Times y, tres años más tarde, el milagro se hizo realidad: un afroamericano ingresaba por primera vez a la Casa Blanca.

Algún corazón terminó ganando el hombre nacido en Chicago, hay que decirlo, porque serán muchos, seguramente, los que sentirán en su pecho cierta mezcla de nostalgia y pena este viernes, cuando finalice su mandato.

El sólo hecho de advertir que este liderazgo que concluye el 20 de enero se ubicará en medio del gobierno guerrero y arrogante solo por decir algo de George Bush y el inicio de una presidencia de racismo y desprecio solo por decir algo de Donald Trump, parece mostrar a Obama como una suerte de heredero de George Washington, Abraham Lincoln y Martin Luther King, o la mejor interpretación que podría ocurrir en los Estados Unidos de Nelson Mandela.

Fueron ocho años turbulentos, marcados por la fenomenal crisis económica que nunca logró de domar el líder del Partido Demócrata. El triunfo de Trump explica gran parte de ese fracaso. Aunque la tasa de desempleo bajó del orden de los 9 puntos, con picos de 10, en los peores años de la debacle, al actual rango que se ubica por debajo de los 5 puntos, son cientos de miles los estadounidenses que aún se sienten amenazados por la posible pérdida de su trabajo.

Es en ese sector donde prendió el discurso populista de Trump, con posturas antiinmigratorias (“los latinos nos quitan nuestro trabajo”) y posiciones antiglobalizadoras (“hay que frenar la importación de productos de China”). Curiosamente, la bomba que dejaron los republicanos en 2008, convoca a otro republicano para ser desactivada en 2017.

En el haber del presidente saliente debe mencionarse, en primer lugar, la creación del Plan de Salud: la reforma más progresista creada en los Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial. La ley de Protección a Pacientes y Cuidados de Salud Asequibles fue sancionada el 23 de marzo de 2010 y confirmada por la Corte Suprema de Estados Unidos dos años más tarde, luego de que el lobby de la industria farmacéutica iniciara un fenomenal poder de presión para anularla.

El Obamacare, tal como se lo conoció popularmente, permitió que varias decenas de millones de estadounidenses con bajos recursos y sin cobertura médica recibieran protección social, en el contradictorio país que produce una ostentosa riqueza pero carece de salud pública.Sin embargo, el Plan de Salud de Obama también tiene los días contados: aduciendo que representaba un gran gasto para el déficit público (big government, acusan los republicanos), recientemente se votaron enmiendas en el Congreso que le permitirían a Trump anularlo, tal como el presidente empresario prometió en la campaña.

En el plano internacional Obama logró algunos de sus principales objetivos. El mayor mérito fue ordenar que las tropas de Estados Unidos se retiraran de Irak y Afganistán, poniendo fin a un imperialismo militar que había heredado de los años de Bush y sus halcones del Pentágono. Pero no fue Obama una paloma: el hombre que recibió el (irónico) premio Nobel de la Paz por propiciar el fin de los arsenales nucleares, llegó a ser el comandante general de tres guerras: en el desierto iraquí, en las montañas afganas y contra las tropas del dictador Muamar Kadafi, en Libia.

También es cierto, hay que reconocerlo, que Obama logró un impasse en la carrera armamentista siempre activa de Estados Unidos. Respetando a sus propias palabras, tras criticar en su autobiografía al “triángulo de hierro” formado por el Departamento de Estado, los congresistas y las empresas bélicas que hacen “ver los problemas del mundo desde una óptica militar y no diplomática”, durante sus años en Washington el presupuesto militar bajó del 4,6% del PBI en 2009 al 3,3% del PBI en 2015.

Pero hay matices: si por un lado hizo gala de su diplomacia logrando acuerdos históricos de diálogo con Cuba e Irán, fue el que ordenó la cacería de Osama bin Laden en una operación encubierta, violando la soberanía de Pakistán cuando un grupo de marines asesinó al líder de Al Qaeda, momento en el que Obama actuó como un terrorista para enfrentar al terrorismo.

En el haber quedará su rutilante promesa de cerrar la horrorosa cárcel de Guantánamo, una verdadera mancha en su gestión. A la vez que su discurso republicano y democrático parece desarmarse cuando se advierten las persecuciones al fundador de WikiLeaks Julián Assange, al ex marine Bradley Manning y al ex contratista de la CIA Edward Snowden. Los tres fueron acusados de amenazar a la seguridad de los Estados Unidos. Lo cierto es que denunciaron el lado B de la diplomacia norteamericana y la terrible violación a la privacidad de las agencias de espionaje, más propias de un estado orwelliano que de la Disneylandia que Obama prefiere mostrar.

Con todo, se trata de un balance positivo, con más aciertos que errores. Un legado que la historia podrá juzgar como favorablemente a medida que pasen los años. Muy favorablemente, quizá, cuando desde este fin de semana comience un escandaloso reality show en la Casa Blanca.

¿Con Obama estábamos mejor?

@rodrigo_lloret


Rodrigo Lloret