COLUMNISTAS

Con poca luz

PERFIL COMPLETO

Nos cuesta escribir a la luz de las velas. Hemos perdido la capacidad de nuestros grandes antepasados para hacerlo. Me refiero a Galileo, Descartes, Spinoza, Newton, Leibniz, Hume, Kant y tantísimos otros. Y por qué no, a don Juan Manuel, Sarmiento, Alberdi, el manco Paz, Mitre, Mansilla. Además, nos castiga una ola de calor que no cede –a pesar de las buenas intenciones del servicio meteorológico, que anuncia tempestades que nunca llegan–, la sed, los años –es mi caso– y un sinnúmero de otros inconvenientes y contratiempos. Es que en la Argentina de la “década ganada” todo anda mal o más o menos mal. Todo sale mal o más o menos mal. Por lo menos, para las grandes mayorías. Para unos pocos, en cambio, es verdad, se trata efectivamente de una “década ganada”, como muestran con elocuencia sus declaraciones patrimoniales.
Pero hablemos un poco en serio. O todavía más en serio. El colapso energético muestra otro de los rostros desnudos de lo que no nos cansamos de repetir: cuando la política se abroquela en un discurso cerrado y autorreferencial, rabiosamente ideológico, la realidad –que siempre desborda los “relatos”– irrumpe bajo la figura de lo siniestro. Así fue con las tragedias ferroviarias. Así es con la inflación desencadenada. Así también con la criminalidad y la drogadicción. Por fin, el “relato” estalla en mil pedazos, se llama a silencio, y la política experimenta su impotencia ante una realidad cuya ingobernabilidad es directamente proporcional a la negación y al desprecio a que ha sido sometida.
¿Qué podemos esperar pues para 2014? A mi juicio, nada demasiado bueno. Por lo menos, de la política. Es cierto que el Gobierno se ha quedado sin discurso, pero quizá –Carta Abierta mediante– se anime a reflotarlo. Para los intelectuales progresistas que adhieren al Gobierno, la revolución, aunque con dificultades, continúa en marcha hacia su venturoso final (¿prometido por el Evangelio?). Ahora bien, si las condiciones no permiten al Gobierno reinstalar su discurso, al menos seguro se empeñará en negar la realidad hasta el final.
Por su parte, poco cabe esperar de la oposición política. Permanece dispersa, no posee los resortes del poder, no desea pagar los costos políticos necesarios para enderezar el rumbo y, sobre todo, no se le cae una idea, como suele decirse. Su agenda es la de los medios. Pero los medios no están para dictar la política sino para informar, advertir, criticar, sugerir correcciones.
Mientras tanto, una sociedad anarquizada, desorientada, abandonada por el Estado, donde cada quien está librado a su suerte, descubre con dolor que los sueños depositados hace apenas dos años en Cristina Fernández se disipan en el aire. Es que, como he dicho en otras ocasiones, los argentinos somos reacios a mirar de frente la realidad; gozamos con las ilusiones, nos enamoramos fácilmente de consignas inconsistentes y sensibleras. Un viejo general decía allí por 1973 que, si bien éramos un pueblo muy politizado, carecíamos de cultura política.
2014 será un año difícil. Es previsible que los males que nos aquejan –inflación, inseguridad, narcotráfico, crisis energética, pobreza, marginalidad, desigualdad social, deterioro de la educación, banalización de la cultura– se agraven. Ni Gobierno, ni oposición, ni organizaciones sociales (empresarias, sindicales, etc.) están en condiciones de impedirlo. Para empezar a remontar la cuesta, se precisa una verdadera transformación espiritual, intelectual y moral de nuestras clases dirigentes. Generosidad, capacidad de sacrificio, inteligencia, honestidad y, por sobre todas las cosas, una mirada de alto vuelo y largos alcances. Pues, como solía decir el viejo general (¡perdón por la insistencia!), el pez se pudre siempre por la cabeza. En esa transformación, y no en la esperanza en paraísos mesiánicos, producto de lecturas apresuradas y mal digeridas, estriba la verdadera revolución en la Argentina.

*Filósofo



Silvio Juan Maresca