COLUMNISTAS

Conflicto y literatura

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Luego de la guerra surgieron ideales de pureza. Se prohibió la venta de licores, el alcohol se transformó en la fe de los blasfemos, los satánicos. En 1919, en algo que se llama Noble Experiment pero que trastocó su nombre por el de Ley de Prohibición o ley seca (éste, bastante imaginativo), se prohibieron todos los licores y, en algunos estados, los tónicos capilares. Como toda prohibición, tuvo la torpe paradoja de potenciar la fascinación de lo prohibido. ¿No se puede tomar cerveza? Tomemos cerveza. ¿No se puede tomar whisky? Tomemos whisky. ¿Tónicos capilares tampoco? Dejémoslos para cuando terminemos con la cerveza y el whisky. Ergo, aumentaron el consumo de alcohol y el crimen organizado.

Algo que cualquier lector sabe por las películas que ha visto sobre Al Capone, Eliot Ness y otros célebres personajes de sórdidas pero atractivas historias sobre la mafia. Había, sin embargo, miseria. Algunos buscaban paliarlo interviniendo en crueles, infames competencias de baile y variados concursos de pole-squatting. Nadie debería dejar de leer la novela de Horace McCoy o ver la película (que conserva el título de la novela) They Shoot Horses, don’t They? En castellano: ¿Acaso no matan a los caballos? Tiene dos interpretaciones memorables: la de Jane Fonda y la de Gig Young, que luego mató a su mujer y se pegó un tiro. Algo que el Oscar que le concedieron no logró ahorrarle.

Entre los que hicieron la crónica de la era del jazz figuran los novelistas Scott Fitzgerald y Dorothy Parker, de triste fin los dos. Parece que es así: vive intensamente, muere joven y serás un hermoso cadáver. Inmortal, por si fuera poco.

El fin de la guerra se celebró con una mezcla de impudicia tanática y alegría alcoholizada. Algunos se suicidaban y otros y otras hacían el amor en las calles aunque fueran perfectos desconocidos. “No me digas tu nombre. Vos, yo, el momento y nada más”. Es una forma de festejar o de ahogar la angustia. La segunda posibilidad la trató magistralmente Bertolucci en Ultimo tango en París, con un Brando sublime, cosa que no siempre.

Se ejecuta injustamente a Sacco y Vanzetti. Se baila jazz en todo lugar apropiado para hacerlo. Un joven ambicioso y genial, George Gershwin, acude a las fiestas y toca el piano toda la noche. En 1924 conmueve al mundo con una rapsodia que mezcla jazz y música clásica. ¿Qué era todo esto? ¿Qué pasaba en Estados Unidos? Muchos regresaron destrozados de la guerra. Otros se dedicaron al dinero y otros al suicidio.

Pero el sistema capitalista se mantenía. También sus componentes racistas, la avaricia de sus clases poderosas, Wall Street, el poder financiero, el bancario. Gordon Gekko, el personaje de Michael Douglas en el film Wall Street de Oliver Stone, proclama adecuadamente el apotegma esencial del sistema: Greed is good, la codicia es buena.
Es una visión realista de la condición humana. La duración, más que prolongada, interminable del capitalismo, encuentra la mayoría de sus razones en esta aguda concepción del ente antropológico y en asumirla. Porque se puede decir “la codicia es buena” y no ser codicioso.

Aunque quienes dicen esa frase la dicen porque lo son. Si el capitalismo asume para sí la codicia y el egoísmo, les deja fatalmente a sus oponentes banderas hermosas, llenas de bellos ideales, pero débiles.

Si yo digo: quiero una sociedad en la que todos los hombres sean iguales y bondadosos, estoy diciendo algo muy bonito, pero falso. Ya es tarde, ya no es posible creer que una sociedad tal pueda construirse porque el ente antropológico no está construido con esas materias. Al menos, como hegemónicas. Privan en él las otras, las que hicieron invencible al capitalismo. Más invencible aún lo hizo un hecho definitorio: las bellas almas que buscaron sociedades igualitarias terminaron creando tiranías desiguales, Estados terroríficos.
Algo de esto ya preveían los triunfadores de los años 20. La revolución soviética era temible para ellos, pero porque sospechaban que en ella el individuo moriría aplastado por la maquinaria del Estado burocrático. En los 20, en Estados Unidos se vivía bajo la sensación del bienestar eterno y el vértigo del jazz. Pocos de los que lograban entrar en el sistema pensaban en los pobres. Era mejor bailar un charleston. Ninguna otra sociedad, en esa situación, habría hecho algo distinto. Hoy es hoy, hoy es así, mañana –como decía Scarlett O’Hara– será otro día. Ella lo decía esperanzada, porque lo decía desde la derrota. Los charlestonianos lo decían pateando para el futuro las miserias del presente. No era cuestión de amargarse hoy por lo que pudiera pasar mañana.
La literatura florece en esos años. No la filosofía, que nunca levantó vuelo en Estados Unidos.

Cuando quieren pensar importan maestros franceses. La French Theory, que se desarrolla a partir de los 70 y todavía sigue vigente aunque con menos vigor (nada dura para siempre), es abrazada por su pujanza, por su aptitud para seducir a estudiantes y profesores y reemplazar o enfrentar la filosofía hegeliano-marxista y la sartreana. Además, encuentra sus fuentes más caudalosas en los pensamientos de Nietzsche y de
Heidegger, dos pensadores de derecha que se avienen con las tendencias más estamentales de la universidades y del american way of life.

La mala relación del marxismo con la democracia, con la libertad y los derechos humanos lo tornó flojo ante esta acometida. Poco a poco se fueron develando los horrores de lo que se llamó “socialismo real”, y esto fortaleció también al capitalismo.

*Filósofo y ensayista. / Fragmento de su
nuevo libro Gershwin (Editorial Octubre).



Jose Pablo Feinmann