COLUMNISTAS DESPUES DE GANANCIAS

Construir el futuro

La última sesión en el Congreso reveló una foto de hoy y los desafíos por venir.

FUTURO IMPERFECTO
FUTURO IMPERFECTO Foto:temes

Con la votación parlamentaria de la ley del impuesto a las ganancias (o como vaya a llamárselo) el país se ha ganado una Navidad políticamente tranquila. Fue un acuerdo alumbrado con cesárea, pero salió. Los gobernadores tuvieron un papel decisivo, convalidando su protagonismo en el equilibrio político actual.

Todo el proceso que condujo a esta ley es una metáfora de la situación del país. Un Ejecutivo sin mayoría propia para poder gobernar depende de otros factores de poder. Los más decisivos terminan siendo los gobernadores; en esta ocasión, los sindicatos jugaron también un papel. La muñeca política de algunos dirigentes, legisladores y referentes de sectores es siempre necesaria. En esta oportunidad, la secuencia de hechos sigue un libreto conocido. El Ejecutivo avanzó con un proyecto no suficientemente consensuado, con mal cálculo de los tiempos y peor cálculo de los obstáculos que se interpondrían en el Congreso, y se estrelló (situación ya conocida). Rápidamente reculó y recomenzó el proceso; y salió bien (situación ya conocida). “Salir bien” significa negociar los términos de su propio proyecto y generar dependencia de los actores que facilitan la solución. Esa es la esencia de la lógica del gobierno representativo. En esta oportunidad, adicionalmente, el tablero político resultante es muy parecido al que existía antes de este episodio, con la diferencia, respecto de la situación anterior, de que ahora el lado del Gobierno queda un poco más débil en los grados de libertad de los que dispone.

El Presidente, esta vez, se enojó con Sergio Massa más de lo que es habitual en él. En el balance, todos los indicios sugieren que quien salió peor de la cancha a los ojos de la opinión pública es Massa. Pero la imagen del Presidente perdiendo la paciencia es novedosa y de pronóstico incierto.

En ese tablero político el balance final muestra a un peronismo dividido, con la iniciativa para capitalizar su potencial actual en manos de los dirigentes más moderados.  El kirchnerismo sigue aislado. Un atisbo de cambio en esa situación se produjo cuando Diputados votó con amplia mayoría en contra del Gobierno. Lo salvaron los gobernadores, los dirigentes moderados del peronismo y los dirigentes moderados del sindicalismo. Es la imagen de un lindo país. Pero no alcanza para despejar las dudas sobre cuál es el país que se proyecta en el futuro.

No se habla francamente de las condiciones del crecimiento argentino. Los economistas promueven a menudo discusiones importantes, pero la política no se hace cargo de ellas. ¿Es concebible un crecimiento sostenido de la economía sin una reducción del salario real, sin un aumento en términos reales de las tarifas de servicios públicos? Si los sindicatos ponen una barrera infranqueable a esa reducción, será inevitable que el costo recaiga en los trabajadores no sindicalizados, básicamente en los informales, con un impacto de aumento de la pobreza. Según algunos economistas, ese efecto ya tuvo lugar durante el corriente año; otros proyectan una acentuación de la tendencia en el futuro cercano.

Otro frente no resuelto es el de la producción industrial manufacturera y el perfil de nuestro sector industrial. ¿Seguiremos con un modelo de industrias protegidas o pasaremos a uno más competitivo? ¿Buscamos un desarrollo basado en industrias intensivas en mano de obra o intensivas en capital? El tema es casi tabú, porque el debate molesta a unos y a otros. Pero no explicitarlo equivale a convivir con una grieta más profunda y con mayores consecuencias que la grieta política de la cual hablamos a diario. Por lo demás, en este plano residen las raíces de algunos de los problemas argentinos que nunca se resuelven. Somos un país con salarios comparativamente altos, del mismo modo que somos un país con una tendencia a un tipo de cambio bajo. Las propuestas que buscan bajar salarios o elevar el tipo de cambio, y las que buscan lo contrario, chocan todas con una realidad dura.

La Argentina sigue siendo un país caro en términos del poder de compra de la mayoría de sus habitantes, tributariamente injusto, administrativamente ineficiente, profundamente desigual, poco viable para inversores de riesgo. Parece un país sin futuro. ¿Hay un proyecto político que se propone modificar esas realidades?

Cierre. Este difícil año se cerrará en un clima político positivo, con voluntad negociadora de casi todas las partes relevantes, con un sistema cuya institucionalidad se consolida. Se abren debates sustantivos sobre el gasto público; el del Conicet, por ejemplo. Se habla mucho de presupuesto y de salarios; pero de la política científica, se sabe poco. En otro plano, la Corte comienza a jugar fuerte. Un caso es su decisión de exigir más estudios sobre las represas hidroeléctricas en Santa Cruz. En un país donde los fallos de la Corte son muchas veces meramente retóricos (como en el tema de la contaminación del Riachuelo) que la Corte exija revisar esos proyectos elefantiásicos decididos sin estudios confiables de impacto ambiental es un gran paso. Parece evidente que, si los estudios ahora exigidos por la Corte fuesen concluyentes en contra de la construcción de esas represas (existen además opiniones económicas serias que ponen en duda su razonabilidad), el país terminará mejor indemnizando a los chinos o negociando con ellos antes que si construye obras antieconómicas que además tendrán un impacto ambiental negativo. Y se impone la necesidad de explicitar una política para el medio ambiente.

El acuerdo con el Reino Unidos por Malvinas es otro paso importante. Estamos avanzando hacia convertirnos en un país que puede convivir civilizadamente con sus problemas y con otras partes que persiguen objetivos o defienden intereses contrapuestos a los nuestros. Del mismo modo que nos movemos en esa misma dirección en el frente interno.

Eso es construir el futuro, algo distinto a meramente “hacer política”. El gobierno nacional está ante una oportunidad y un gran desafío. Debe encararlos, con su propio estilo, con lo que para algunos son sus propias falencias y debilidades y para otros son sus propias virtudes y fortalezas. Sería imperdonable que no lo intente.