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Contador de historias

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El hombre que volvió de la muerte, Grandes valores del tango, Titanes en el ring, Alta comedia y el Nuevediario del mítico “Seguime chango” son contenidos televisivos que podrían ocupar las páginas principales del libro de los casi 65 años de televisión argentina, y tienen un común denominador: fueron creaciones de Alejandro Romay.
Si hay un diferencial que destaca la carrera del locutor y empresario de medios tucumano que falleció el pasado jueves es su capacidad para buscar y contar historias en una pantalla que transmite sentimientos. Esta característica lo conecta directamente con la producción televisiva actual que día a día toma prestado algún recurso del Zar. Sus programas, sus noticieros, sus teleteatros están presentes en la memoria popular, y marcaron un antes y un después en lo que respecta a la construcción, renovación y consolidación de la televisión.   
Recordado por su trayectoria, logró hacer coincidir en el reconocimiento a su legado tanto a la Presidenta como a Moria Casán. “Un innovador que marcó la televisión argentina”, dijo Daniel Scioli, quien fue otro de los protagonistas de las historias televisadas por Romay en su época deportiva al mando de La gran Argentina, el catamarán que se hizo conocido gracias a las transmisiones de Canal 9.
El 25 de junio será recordado como el día en que, a sus 88 años, fallecía uno de los grandes hacedores y creadores de la producción audiovisual nacional de los últimos cuarenta años, que supo cosechar elogios por su impronta a la hora de pensar una grilla televisiva cargada de olfato popular, sensibilidad y escucha, con la misión de colmar las expectativas del televidente. Y que también protagonizó un vínculo contradictorio con la vida política argentina.
Esta capacidad para leer la realidad en cada momento también le permitió contar con una prolija habilidad para relacionarse con las esferas del poder. No es casual que el mundo artístico y el político le brinden un reconocimiento a un hombre que ha transitado la delgada línea entre medios y política, que caminan de la mano desde el mismo nacimiento de la televisión (que inició sus emisiones en 1951 por el impulso del gobierno del general Perón).
El hombre que le agregó la palabra “libertad” al logo de su canal sufrió en carne propia la estatización de Canal 9, que junto a Canal 11 y el 13 fueron intervenidos en 1973. Situación que lo obligó a salir del país e irse a vivir a Puerto Rico, pero que la historia política argentina también se encargó de resarcir ya que fue beneficiario con la vuelta de la democracia con la recuperación de la licencia del canal en 1984, y obtuvo la ventaja de ser el único canal privado entre esa fecha y 1989. Sumado a una visión innovadora de la industria que no puede negarse, tampoco puede desconocerse que esta situación de privilegio le permitió desarrollar su negocio y cambiar ciertos cánones televisivos que desde la televisión estatal era más dificultoso realizar.
Su vida y su muerte muestran contradicciones: perjudicado y beneficiado del Estado en distintos momentos, reconocido y denostado por la crítica y el medio en su recorrido como empresario televisivo. Valorado en su momento de auge y casi olvidado en los días previos a su muerte. Sin dudas, la historia de Romay, que ha dejado su huella en la cultura popular argentina, hoy reconocido por propios y ajenos, al menos merece una novela.

*Director del Canal UN3 y titular de la Cátedra La Comunicación como Herramienta Política (UBA).



Gonzalo Arias