COLUMNISTAS ARBOLITOS

Continuidad de los parques

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El sábado pasado les propuse a mis hijos replicar el cuento El nadador de John Cheever. En el relato, Ned Merril deside unir la fiesta donde está con su casa, pero en vez de ir caminando decide hacerlo nadando, saltando de pileta en pileta hasta llegar a su hogar. Yo les dije a Anita y Julián que podíamos recorrer parque tras parque, plaza tras plaza, hasta llegar a nuestro refugio. Les encantó. Jugamos con unos chicos en una plaza del Bajo, con unas chicas más grandes que Anita en otra plaza de Colegiales, estuvimos trepando unos juegos con un nenito pelirrojo y peligroso. Cada plaza que nos acercaba a nuestra casa era un lugar nuevo para descubrir. Hasta que casi de noche llegamos a la última, una plaza muy chica donde se encendían los faroles y se instalaban los mosquitos. En el trayecto le cambié a Julián tres pañales y tomamos mucha agua. Ibamos en auto. Ya volviendo, Anita me preguntó: “Papá, ¿por qué odiás la Navidad?” “No la odio –le dije–, no me gusta”. “¿Cuál es la diferencia?”, me dijo. “Odiar es que algo no te guste muchísimo. Y eso no me pasa. Simplemente es que me parece que en la Navidad la gente que está sola está más sola. Pero a mí me gusta que te guste. Cuando yo era chico también la disfrutaba”. Se quedó callada. Cuando entramos a la casa, había una sorpresa, Fer y Maia, dos grandes amigos, me habían regalado un arbolito bonsai de Navidad, yo le había puesto lucecitas. Anita empezó a saltar, Julián se arrodilló a mirarlo. “¿Te parece que le pongamos debajo muñequitos, autitos y cualquier cosa que nos guste y encontremos?” “Sí”, me dijo. Cuando nos fuimos a dormir, lo único iluminado era el arbolito con una pequeña ciudad debajo con hombrecitos y mujeres y autitos y animalitos. Modifiqué la famosa frase: si un árbol de Navidad se cae y no hay nadie para escucharlo ¿hace ruido?