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Contra la presentación

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Mi pregunta no puede ser más ingenua, pero me tranquiliza saber que la mayoría de las buenas preguntas lo son: ¿por qué se presentan los libros? Estuve tentado de pensar que las presentaciones de libros eran un invento argentino, como el dulce de leche, la birome y el colectivo, pero parece que no, que ya a comienzos del siglo XX Guillaume Apollinaire entraba a la presentación de uno de sus libros montando un elefante. Claro que lo de Apollinaire era surrealismo antes del surrealismo, y todo lo que sea surrealista tiene sentido –siempre y cuando se haga por primera vez, porque si hoy alguien imitara el gesto surrealista de Apollinaire no sería otra cosa que un imbécil. De lo que resulta que la pregunta del principio debería ser otra, algo así como ¿por qué se presentan libros así y no de otro modo? Dos, tres y hasta cuatro personas se reúnen alrededor de una mesa, delante de un grupo de amigos, en un lugar que suele ser una librería, y los sujetos en cuestión dicen nulidades acerca del libro, de ese tipo de cosas que suelen escribirse en las contratapas, y después de eso todos aplauden y, con suerte, se toman un vino. No tiene sentido.
Debo confesar que en 1994 presenté un libro mío, pero gracias a Dios uno de los presentadores dijo algo que me hizo tomar conciencia de que ciertas cosas no se hacen. La presentación era en un bar de Congreso, especialmente abierto para la ocasión (solía abrir solamente los fines de semana) y uno de los presentadores era Luis Chitarroni. Había mucha gente, se charlaba, se reía y en un subsuelo hasta se bailaba. En un determinado momento, Chitarroni tomó el micrófono y dijo algo que tuvo en mí el efecto de una revelación. Dijo: “Voy a hablar corto y rápido así nos seguimos divirtiendo”. ¿Tremendo no? Esa frase tuvo su efecto: juré nunca más presentar un libro. Y sobre todo juré nunca más asistir a una presentación. Porque son tediosas y porque sencillamente no tienen sentido.
Lo que sí creo que tendría sentido es montar un velorio alrededor del libro. Porque, en efecto, presentar un libro da la idea de algo que comienza, cuando en realidad la publicación del libro lo que determina es que algo acaba de terminar. O que lo que comienza ahora no tiene buen aspecto que digamos. Imagínense: se alquila una sala velatoria, se coloca el libro en un atril y la gente que acude se acerca al autor, lo abraza y le susurra al oído una condolencia, algo del estilo “Mi más sentido pésame”, o “Qué gran dolor, pareciera que todo está perdido para siempre”, o “Estoy profundamente entristecido”, o “Te acompaño en el sentimiento”.
Es sólo una idea. Sólo les recuerdo que la salida de un libro no es motivo de alegría. Teniendo en cuenta el panorama de la narrativa y la poesía actual, yo diría todo lo contrario,  y que un velorio es lo más apropiado. Hagan la prueba. Puede ser divertido.

gpiro