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Contragolpe

El Gobierno se endurece y confronta, en una estrategia de bajo riesgo vs. oposición.

BLINDAJE Mauricio Macri
BLINDAJE Mauricio Macri Foto:PABLO TEMES
La estrategia comunicacional del Gobierno mostró un giro de 180 grados en abril. Golpeado y a la defensiva en torno a los múltiples conflictos y manifestaciones durante marzo, el oficialismo tomó nota de que sus promesas de un futuro mejor en el corto plazo no se traducían más que en un desgaste sin destino. Desde allí se planteó retomar el centro de la escena política contraatacando en forma belicosa tanto en términos discursivos como operativos.

¡Es la ideología, estúpido! La primera señal de la ruptura performativa la llevó adelante Marcos Peña el día 22 de marzo durante su presencia en Diputados. Allí dejó de criticar la pesada herencia en abstracto para enfrentar al kirchnerismo cuerpo a cuerpo: ¡No mientan más y háganse cargo!, fue la frase cuyo principal destinatario fue Axel Kicillof, instalado hoy como un referente del kirchnerismo racional. Sin embargo, 48 horas después, los organismos de derechos humanos, con fuerte impronta opositora, le propinarían al macrismo un duro golpe de efecto allí donde más le duele: “la calle”. En esos días, el Gobierno se había enfrascado en la estéril discusión sobre el conteo de los desaparecidos, y tras la marcha comenzó a agitar el transitado grito de ¡desestabilización!

Días después, la perspectiva del macrismo se transformaría en forma milagrosa tras la marcha de apoyo del 1º de abril. Esta movilización generaría muchos razonamientos, comenzando con que se produjo un sábado y no un día de semana (como las demás manifestaciones), y que los concurrentes no habrían sido llevados en micros, ni convencidos por la posibilidad de degustar un chorizo, ocurrencia resaltada por el propio Presidente en el marco del festejo generalizado de la plana mayor del Gobierno. Ahora el macrismo sí tenía su bautismo de fuego con calle propia. Pero el 1A no resultó un fenómeno nuevo, sino la continuidad de las marchas surgidas desde las redes sociales: 13S; 8N (septiembre y noviembre de 2012) y 18A (abril de 2013). La composición central de los convocados fueron y son personas de clases medias y altas urbanas de edad mediana para arriba (que obviamente no necesitan transporte ni comida). En aquellos días, las marchas tenían como objeto mostrar su antipatía hacia la ex presidenta, pero ningún político parecía estar en condiciones de capitalizar ese descontento como ahora sí lo hace Macri. Lo novedoso es que este apoyo puede extenderse a la tercera parte del electorado, y resulta sorprendente que la mayoría de estos sectores reconoce, como el resto de la población, que tiene dificultades económicas frente al alza de precios recurrente, y que renunció a las expectativas de mejoras, al menos en el corto plazo, pero a su vez expresa un soporte casi incondicional al Presidente. ¿Qué sucede? Pues bien, señoras y señores, ha vuelto la ideología, y curiosamente de la mano de un proyecto que se declara pospolítico y posideológico.

Al frente con todo. Este cambio de mirada ha calado profundamente en el Gobierno, que reflotó sin pudor el archivado Protocolo Antipiquetes para lanzar agua a presión desde los camiones hidrantes a los manifestantes en la Panamericana el día del paro nacional, y que no tuvo dudas para desalojar por la fuerza a los docentes que buscaban instalar un remedo de la Carpa Blanca frente al Congreso Nacional. Mostrando el giro punitivo, se filtró a la prensa la intención de adquirir mayor tecnología para control de manifestaciones. Tampoco el Presidente se censuró para cuestionar duramente a la cúpula de la CGT frente al paro nacional realizado casi contra la propia voluntad de los popes sindicales (“voy a dar batalla contra las mafias”). No obstante, los golpes a los maestros marcaron un límite y, por ese motivo, finalmente se logró instalar la Escuela Itinerante.

Lo central es que el Gobierno monitorea en tiempo real las percepciones ciudadanas mediante todo el instrumental a su alcance, observando que conserva ese tercio de voluntades en forma consistente, manteniendo inalterable el sector amarillo del centro del país, en esa suerte de camiseta de Boca Juniors que se formó el día de las elecciones. Por eso considera que, mediante ese soporte transformado en sufragios el día de las elecciones, puede prescindir de gran parte del arsenal argumental que blandió durante 2016. Algo de razón tiene este razonamiento: en 2005 el oficialismo kirchnerista obtuvo para diputados el 41% de los votos; en 2009, el 30,3%, y en 2013, el 33,6%.

Divide y triunfarás. Además, el Gobierno cuenta con un elemento central, la oposición aún subestima a Mauricio Macri. Por ese motivo, polarizar y confrontar es una estrategia de bajo riesgo. Las profundas divergencias en el panperonismo (originadas en los personalismos, cuentas pendientes del pasado y sectores que apoyan al Gobierno subrepticiamente), sumadas a la virtual ausencia de un partido nacional que unifique criterios (¿se presentará el FpV?), aseguran que el 70% restante se disperse en múltiples opciones. En este marco, los mariscales electorales de Cambiemos no descartan sumar algunos puntos más para acercarse a aquella elección de 2005. En síntesis, ya no hará falta prometer lluvias de inversiones, ni brotes verdes, ni segundo semestre.

La única política económica consistente hoy es bajar la inflación, aun al costo de enfriar más la economía, tal como lo reveló esta semana la suba de la tasa de interés promovida por el Banco Central, comandado por Federico Sturzenegger. La contrapartida es la sorprendente baja de la cotización del dólar, manifiesto del fuerte ingreso de capitales golondrina listos para obtener ganancias extraordinarias en dólares, y la novedad de la semana: tomar deuda para pagar servicios de deudas anteriores, lo que pone en entredicho la capacidad de repago de Argentina, de cambiar las condiciones para obtener recursos del exterior, como ya sucediera en épocas anteriores.
Estas y otras complicaciones –como la extraña expulsión de Alejandro Cacetta del Incaa y la dura renuncia de José Luis Sureda, número dos de Aranguren– no parecerían tener un efecto negativo en buena parte de la población, al menos hasta el día de las elecciones.

*Sociólogo y analista político
(@cfdeangelis).