COLUMNISTAS

Convergencias paralelas

Un análisis de los resultados de las elecciones de Marcos Juárez, donde la alianza entre PRO y UCR se impuso y demuestra que la alternancia al kirchnerismo en 2015 es posible. 

Cuando se producen resultados electorales parciales y muy específicos corresponde manejarse con extrema prudencia. Cualquier extrapolación, cualquier pretensión de convertir a una elección puntualmente comarcal, corre el peligro de no ser sustentable, ni políticamente ni en términos de imaginar el futuro. Lo cierto es que este domingo 7 de septiembre se votó en la ciudad cordobesa de Marcos Juárez. Estamos hablando de un padrón electoral extremadamente modesto; en definitiva, estaba en condiciones de votar unos 22.300 ciudadanos. Desde la proyección de lo que es la zona metropolitana es una cantidad muy reducida de ciudadanos. De estos 22.300 empadronados se presentaron a votar en la elección para elegir nuevo intendente de Marcos Juárez, 16.765.

Se trata de una ciudad paradigmática de lo que conocemos como “pampa gringa”. Estos 16.765 electores que se presentaron a votar representan un porcentaje importante del padrón, más del 75 %. Hoy en la Argentina el hábito de votar cuando no es obligatorio viene sufriendo, claramente, un retroceso. Esto se advierte no solamente en los partidos políticos – también este domingo, por ejemplo, en la interna de la Unión Cívica Radical de la provincia de Buenos Aires votó aproximadamente el 10 % de un padrón de 700.000 afiliados, pero no solamente en los partidos políticos acontece esto que estoy describiendo, sino que se produce asimismo en los colegios profesionales. En las elecciones que están planteadas en el Colegio Público de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires se estimaba que del padrón en condiciones de votar, la cifra que se presentaría realmente también sería extremadamente baja. Esto sucede inclusive con los clubes de fútbol, en donde también vota una minoría férrea e irreductible.

Esto habla de una inmadurez de los sistemas representativos.En un país en donde normalmente hay algún ofuscado que suele referirse en términos desconsiderados y despreciativos del sistema democrático, en verdad, más allá de las responsabilidades de los dirigentes políticos, profesionales, sindicales o deportivos, es la propia sociedad la que tiene pereza a la hora de presentarse a votar.

Pero tampoco tengo derecho a desconsiderar lo que ha marcado Marcos Juárez. Ha marcado algo que el principal referente del radicalismo cordobés, el diputado Oscar Aguad, ha venido sosteniendo – hay que reconocerle, con peculiar valentía – en el contexto de un partido que percibe como una poderosa infracción a su supuesta ideología acercarse por razones coyunturales a Propuesta Republicana (PRO), el partido fundado por Mauricio Macri.

Sin embargo, más allá de la cantidad pequeña de votantes de Marcos Juárez, que efectivamente haya sido derrotado el peronismo cordobés (el candidato a intendente ganador, Pedro Gustavo Dellarrosa, obtuvo el 36.48% de los votos, mientras que el peronista delasotista Oscar Daniel Fragasini llegó segundo con el 29.65 % de los votos. En tercer lugar se ubicó la Unión Vecinal de Marcos Juárez, con el 22.88 %, y el kirchnerismo, muy débil en Córdoba, como en otras provincias, obtuvo el 4.79% de los votos.

Más allá de los festejos, de la presencia de Macri, de Gabriela Michetti y de todo el estado mayor de PRO, ¿qué revela este resultado tan acotado, parcial y puntual, del que no vale tomarse para hacer una extrapolación injusta? Vuelve a poner a la orden del día qué es lo que realmente se está discutiendo de cara a 2015 en escala nacional. ¿Estamos hablando de una elección ideal, en la cual las diferentes parcialidades ideológicas se presentan claramente perfiladas y sin ningún ánimo de confundirse entre ellas? ¿O estamos hablando de una situación de extrema gravedad, de delicadeza institucional, plagada de peligros derivados de la desproporción enorme que dieron los comicios del 2011, cuando el kirchnerismo sacó más del 54% de los votos, triplicando al segundo candidato en ese orden? ¿De qué estamos hablando, en definitiva? Hay méritos para puntualizar la importancia de ambas miradas.

Una mirada que sostiene que después del fracaso de la Alianza en 2001 es inconveniente, tóxico y poco propicio para el país la desaparición de las fronteras ideológicas entre los socios de una coalición. Otra perspectiva sostiene que ante la evolución de la situación argentina, la larga permanencia de kirchnerismo en el poder, revelación de que el oficialismo es el grupo político ideológico que con mayor tenacidad y dureza ha manifestado su intención de permanecer en el poder, correspondería oponerle una coalición puntual lo suficientemente amplia como para garantizar la alternancia en el poder.

Se habla, en consecuencia, de dos situaciones muy diferentes, dos diagnósticos de los que surgirían proyecciones políticas inmediatas.

En el espacio del llamado Frente Amplio UNEN, es cierto, coexisten puntos de vista que ya de por sí, sin pensar en el macrismo, son marcadamente diversos. No hay más que pensar, por ejemplo, en la permanencia de Proyecto Sur, de Pino Solanas y de su correspondiente grupo dirigente, en una coalición política de la que forman parte precandidatos o dirigentes como Julio Cobos y Ernesto Sanz que se han manifestado claramente partidarios de una economía de mercado y tienen preocupaciones sumamente intensas por la libertad republicana.

Marcos Juárez revela que, en términos municipales e incluso provinciales, tal convergencia sería posible. Allá por la década del ‘70, en Italia, que era un laboratorio político, la dirigencia del Partido Comunista había acuñado una frase aparentemente incoherente. Proclamaba la necesidad de recorrer junto a la conservadora democracia cristiana, “convergencias paralelas”. Si algo converge no puede ser paralelo. Si algo es paralelo a otra cosa no puede suscitar una convergencia. Sin embargo, en el país donde desarrolló su obra política y cultural Antonio Gramsci, uno de los fundadores del PC italiano, las convergencias paralelas eran imaginables y factibles. Era una manera de acercarse, dentro de lo posible, para suscitar nuevos espacios, producir avances, mejorías en la situación política.En la Argentina, la idea de la convergencia paralela podría, perfectamente, ser considerada como válida si se tiene en cuenta la importancia de la gravedad que supone la permanencia de la más que larga década kirchnerista.

En consecuencia, los argumentos están y tendrán que ser discutidos con mucha madurez para no quitarle al país la posibilidad de una alternancia, que eso es lo que está en juego. Porque si en 2015 prevalece el orgullo partidario por encima del narcisismo de la propia fracción, o la idea de que este es el espacio de la socialdemocracia y el otro es el espacio de “la derecha”, lo más probable es que eso abra las puertas a una prolongación del período abierto en 2003.

Experiencias como la de Italia en su momento y como las de Chile también, revelan que la divergencia de los programas ideológicos no necesariamente es el único criterio a aplicar para producir transformaciones de la realidad. La situación argentina lo demuestra: la realidad no se modifica sin una alternancia en el poder que sepa generar un nivel importante de empatía popular. Esto es lo que se vio en Marcos Juárez. La historia, en el mediano y largo plazo, revelará si la mayoría de la sociedad argentina está tan deseosa y apetece tanto el cambio, que está en condiciones de pasar por alto pequeñas diferencias con el fin último de producir un avance en un país cuya democracia y sistema institucional están tan seriamente deteriorados.

(*) Emitido en Radio Mitre, el lunes 8 de septiembre de 2014. 



Pepe Eliaschev