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Cortando el puente

Un uruguayo es un argentino con mate más grande y andar más pausado, y un argentino es un uruguayo que habla más rápido y suele no calentar termo bajo el brazo.

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Un uruguayo es un argentino con mate más grande y andar más pausado, y un argentino es un uruguayo que habla más rápido y suele no calentar termo bajo el brazo. Sin embargo, hace pocos días una doble comitiva de integrantes de estas indistinguibles tribus debió someterse a dos horas de audición de una sentencia pronunciada en dos idiomas no propios, y pronunciada por una corte de jueces con baberito que hacían extrañar los peluquines empolvados de la añeja Justicia inglesa, que ahora sólo pueden verse en blanco y negro en las películas de los sábados por la tarde. Quizá sea otro triunfo de la globalización, producto de cierta inoperancia para entenderse en lengua castiza. De todos modos, lo que dictaminaron los supremos de La Haya era esperable. Todos sabíamos que Uruguay había incumplido con el aviso –y es feo no hacerlo, porque quien no lo hace queda como traidor–, y por muy escrupulosa que se haya puesto la Cancillería en defensa eventual de nuestros derechos, es dudosa la legitimidad (no la legalidad) de la protesta de un país que no sanea su Riachuelo ni aunque le lluevan los créditos internacionales, que planta soja agroquímica hasta en el bidé de los baños para discapacitados y la fumiga con pesticidas cancerígenos, que sólo protege los glaciares simétricos que se forman en las cubeteras de sus heladeras, y que permite la devastación de sus recursos mineros y vegetales, y el desmonte de sus bosques nativos, favoreciendo así tanto sequías como inundaciones, desaparición de floras y faunas autóctonas y desplazamiento de los putos mosquitos que ahora atormentan nuestros veranos porteños. Si las cosas siguen así, voy a terminar albergando a un camalote, un coatí y un yacaré en la bañadera de casa.
Es cierto que los asambleístas no obtuvieron lo que querían, pero también lo es que consiguieron algo que no buscaban. En un mundo donde cada efecto es producto de infinitas causas, han podido meditar acerca de sus mecánicas de funcionamiento, un estímulo algo mayor que dedicar la semana a una tarea rutinaria y los sábados a dar la vuelta al perro.

*Periodista y escritor.



Daniel Guebel