COLUMNISTAS ATEISMOS

Cortina de fumata

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Los ateos somos tercos y nos apasionamos por una cuestión que nos importa un pito. La elección del Papa, su procedencia y encajes me tienen sin cuidado. Supe visitar las fuentes bíblicas, y la ley que allí se erige es incompatible con mis creencias y mi ética. Su creatividad para el horror, sus aberraciones morales, su desprecio por la ciencia y la psiquis humana, sus promesas de tortura eternas (ahora disfrazadas de metáfora, pero tan fielmente tenidas como ley por el cristianismo en estos dos milenios) hacen que me cruce de vereda si la discusión es teológica. La sección de espectáculos me pide opinión sobre la paradoja entre la pobreza que pide el Papa y el lujo que suda el Vaticano. Una columna que desestimo sin elegancia: siendo ateo, la tal paradoja se me escapa, como tantas otras que no surgen sólo del pensamiento religioso sino sobre todo de los motivos del capitalismo inoculados en él. ¿De veras alguien cree que la religión tendría visibilidad o impacto sobre los explotados si no fuera por su asociación con la riqueza, por sus púlpitos de oro, sus cúpulas de Adanes? Daniel Link, a quien felicito en privado por una frase de la semana pasada (“La Iglesia Católica eligió a Copi”) me reta por mi apatía, y me pide que no caiga en la trampa del “sentido común” de la izquierda argentina, que sigue pensando –dice Link– que el papado interviene en cuestiones de Estado. Me opongo, refunfuñando: si la izquierda argentina piensa que atacar al Diablo es sentido común, entonces estamos ampliando mucho el reino de lo imaginario.

Esta ampliación de la ficción ya muestra sus roces con la vida cotidiana. Macri decreta asueto para todos y todas, creyentes con ateos en la misma bolsa. Daniel Amoroso presenta un proyecto para llamar Papa Francisco a la Av. Carabobo, y me ahorro los chistes ñoños. ¿Y por qué no hacer tales cosas ciudadanas, si vivimos en un Estado que es católico de oficio? Donde los presidentes deben convertirse o sostener matrimonios sacrosantos para ser electos (Menem lo hizo). Un Estado donde la educación no es laica, pese a lo que se suele creer. Donde los ateos (que nos creemos mayoría, sólo porque nos movemos entre los que no tienen delirios místicos ni creen que tres sea uno ni siquiera como treta para seguir adelante con el politeísmo nunca erradicado) no somos censados jamás en nuestra no fe. ¿Es católico el Estado? ¿Sobre qué base? ¿Por qué no se consulta en censos? Como para constatar si la decisión de ligar Iglesia y Estado responde a una loca mayoría, ¿no?
Que la gente festeje lo que quiera: el Bafici, el festival de la salchicha o el Papa peronista (ya los medios me han explicado que ambos términos no son contradictorios, incluso Página/12, que no paró de dedicar tapas –cortinas de humo– al tema). Pero el toletole papal taponará otras noticias, otras partes de esa ficción que es lo real. Mis saludos son para Pepe Mujica y Sra., que faltaron a la asunción explicando lo más simple del mundo: que no son católicos y que Uruguay es un estado laico. Suave, sencillo y sin escándalos. Como la puesta de sol en Colonia.



Rafael Spregelburd