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Cosas abandonadas

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Hay más de una valiente sorpresa en Stifters Dinge, la obra que trajo el Colón Contemporáneo bajo el formato de “escenario acústico”, tal como gusta llamarlo su autor, Heiner Goebbels. Sus piezas se han extremado cada vez más y, en este caso, Goebbels presenta una de sus creaciones más arduas, más abstractas y más radicales. Mientras escribo esto no puedo dejar de pensar que “radicalizar” es una palabra que seguirá sonando aquí por mucho tiempo a lo contrario de lo que dice y tendrá aroma de traición, de entrega y de burla. Pero sí: Goebbels se radicaliza y presenta un espectáculo inhumano. Literalmente. No hay humanos a la vista en el escenario, sino una gran máquina formada por cinco pianos mecánicos (rasguñados por motores computarizados), árboles talados y secos, tres piscinas industriales, algún ácido humeante y otros residuos de la acción del hombre.

La ausencia de lo humano sólo potencia su recuerdo. Tal vez el momento más simple y más notable de esta instalación conceptual sea la entrevista a viva voz a Claude Lévi-Strauss, en la que el antropólogo señala con simpleza que su móvil ha sido siempre un tenaz espíritu de aventura, de exploración, y que en esa búsqueda le ha quedado muy poca afinidad con los humanos. Lévi-Strauss explica que tiene muy pocos amigos. El entrevistador repregunta en vano, justo antes de que el silencio –o los cinco pianos frenéticos de Goebbels–lo devore todo.

Y aun así el retorno de lo humano es necesario. Su ausencia de la escena es sólo una muestra de su poder, de su imaginación y de su angustia.



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