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Cosas extrañas

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Mi colegio secundario quedaba en la calle Quito. Era el Nacional Nº 10 José de San Martín. Me gustaba que el colegio tuviera el nombre del Santo de la Espada, de todos los superpróceres, él era el que más me gustaba. Me gustaba su cara ya de viejo, su exilio en Londres, sus consejos demenciales a su hija, sus batallas, su improbable cruce de Los Andes. Si repetías en el San Martín tenías que pasarte al Carlos Pellegrini de Flores, es decir, como se le decía coloquialmente, “el Charly”. Ahí iban nenitos flower power, empastillados y con olor a pachuli. Era un colegio antikierkegaardiano, no había repetición. Una vez coincidimos con chicos del Charly en el viaje de egresados; lo que salía de ese micro, ya en la ciudad donde reinaba Cerebro, el boliche de Palito Ortega, no eran alumnos normales como nosotros, eran los músicos de Deep Purple. Pero nosotros teníamos a Eduardito Pezzano. Corte taza, cachetes colorados. Una tarde le dijo al profesor de Historia que el Che Guevara era jesuita. Todos , incluyendo al profesor, nos quedamos duros. ¿Qué quería decir? Vivía en el barrio Cafferata, en Parque Chacabuco, en una casa hermosa de las muchas que hay en esa zona. Tenía una hermana menor y un padre gordo. No recuerdo si tenía mamá. Cuando terminamos el secundario lo seguí viendo. Yo había estado saliendo con una compañera de Filosofía y la chica me había pedido  un tiempo “para pensarlo”. Se fue a pensarlo con su novio anterior, a Mendoza. Ahí se separó y volvió a la Capital. Yo había quedado enganchado pero no quería llamarla, por orgullo. Le conté esto a Eduardito mientras tomábamos un trago en el Tío Fritz de Flores. “¿Cuánto pensás que vas a vivir?”, me dijo. “No sé”, le dije. “¿Creés que vivimos mucho tiempo?”, me dijo. “No”, le dije. “Entonces tenés que ir a verla hoy”, me dijo. “No puedo”, le dije. “No tenés que ir físicamente”, me dijo. Otra vez no entendía nada. Continuó: “Tenés que ir de forma astral”. Esa fue la primera vez que escuché esa palabra. Continuó: “Esta noche te encerrás en tu pieza, con un vaso de agua para tomar y que te dé energía para el viaje. ¿Conocés la casa, sabés cómo llegar caminando? Bueno, salís mentalmente y recorrés cada una de las calles hasta llegar a la puerta de su casa, la abrís, subís las escaleras hasta llegar a la puerta de su pieza, la abrís, está ella durmiendo, te acostás a su lado, sin hacer ruido. Y te dormís oliendo su hermoso olor. Listo”. Un genio. Hice eso. Paso por paso. Cuando ella despertó fue mi novia dos años. Lo que Eduardito Pezzano me enseñó es una cosa de todos los días para los brujos de Sonora que visitó Carlos Castaneda. Jorge Luis Borges le dedicó a esta práctica un ensayo fundamental: El arte narrativo y la magia. La vida, sin ficción, es un infierno.