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Cosas que suceden en la noche

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La noche, de Michelangelo Antonioni, es una película fantástica que sucede, en gran parte, como su nombre lo indica, durante la noche. Un hombre y su mujer deambulan por una casa inmensa, con jardines, donde se está realizando una fiesta. Parece una fiesta Gancia pero hay algo en el fondo, algo ominoso, que lucha por surgir. Como sucede también en Algo se aproxima, un genial relato primerizo de Juan José Saer. En el relato breve del narrador de Serodino, son varias las parejas que se ponen a bailar y comer en el patio de una casa de una ciudad de provincia. Creo que las acciones están fechadas sobre el atardecer, pero lo que se aproxima es la noche, con su cambio de piel, sus promesas. Cuando era chico la noche me daba, en ocasiones, miedo. Y la noche, también, era el momento en que, acostado en mi cama, recapitulaba los hechos del día y pensaba en mi futura mortalidad. El silencio de una casa de barrio, con patios inmensos por donde se filtraba la noche, las estrellas y la percusión del viento agitando cosas sueltas y misteriosas de las terrazas vecinas me producián un estado de atención que nunca se daba de día. Mi padre, que trabajaba de secretario privado de Alberto Olmedo, lo hacía de noche y desde ella irrumpía muy tarde y yo lo escuchaba abrir y cerrar la puerta, entrar en su cuarto. Su llegada daba fin a cierta incertidumbre que la noche había traído: ahora estábamos todos en casa, a resguardo de los peligros del mundo y, paradójicamente,  resguardados por la noche. Así que la noche podía ser fuente de incertidumbre y también de consuelo. Cuando empecé a crecer y a hacer amigos, la noche fue un lugar a conquistar para entrar en el terreno adulto. Los hermanos Kalinger tenían una tintorería a una pocas puertas de mi casa. Cuando llegaba la noche, ellos cerraban el negocio y después de cenar nos encontrábamos en su casa para ver televisión nocturna. Eso me encantaba. Que antes de dormir yo pudiera ya ir a la tintorería diurna que ahora, por la noche, estaba cerrada y agachándome mientras mis amigos me abrían la puerta de la cortina de hierro, entrar en el local donde los Kalinger y yo veíamos películas y las comentábamos. Eso era la noche: ver películas que daban en el Kenia Sharp Club, películas berretas, con argumentos malos, pero que a nosotros nos disparaban miles de temas para charlar. Me acuerdo ahora de que en una novela maravilosa de César Aira, La luz argentina, Kitti y Reynaldo, la pareja embarazada, veían, por las noches, una serie policial demencial. Con los Kalinger vi algunas películas de ese calibre. Había una, por ejemplo, en la que un tipo, un pícaro, conseguía un libro de autoayuda que lo asesoraba para escalar posiciones en el trabajo. Y ascendía de manera veloz hasta que se daba de cabeza con un gerente que lo liquidaba. El gerente, como podíamos ver con los Kalinger, también leía el libro de autoayuda a escondidas. No recuerdo el nombre de la película y nunca en mi vida volví a verla. En otra de las películas que vimos (de ésta sí recuerdo el nombre: El rompecorazones), un joven inquieto sexualmente se enamora de una chica y después de la hermana de esa chica, con la que finalmente se casa. En la última toma de la película, vemos cómo el hombre en el altar, poniéndole el anillo nupcial a la hermana de su ex, ya tiene en la cara un rictus de insatisfacción. Esta película tampoco volví a verla nunca ni nadie me la comentó jamás. Con mi padre en pijamas, a mi lado, vi varias películas nocturnas. Esos fueron momentos inolvidables porque, como ya dije, mi viejo no estaba mucho de noche en casa. Entonces, ya adolescente, me sentaba junto a él y con la familia dormida –madre, hermanos– los dos solos entrábamos en la noche viendo un film. El invierno de nuestro descontento fue una de las pelis que vimos. Trabajaba Donald Sutherland y se trataba de una crisis de la edad madura en un matrimonio. Me impactó ver eso con mi viejo ya que su matrimonio con mi madre siempre me despertó curiosidad. En otra, Dick Van Dyke, el comediante, hacía una película melancólica y se la pasaba andando en auto, borracho, tarareando Yesterday de los Beatles. Era fantástica. A estas películas tampoco volví a  verlas y jamás nadie me las comentó. Es como si la noche hubiese narrado esos filmes sólo para mí, mi viejo y los hermanos Kalinger. La noche, escribió Esteban Schmidt en un hermoso texto, no es radical ni es peronista. Es la noche.



Fabián Casas