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Crisis capitalistas, festejos populistas

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El rechazo del populismo a toda exigencia que afecte su discrecionalidad en el uso del poder lo lleva a considerarla como un atentado a su mandato soberano. Es lo que le ocurre con la disciplina que requiere el capitalismo para brindar sus potencialidades. Por eso festeja todo estallido de crisis en ese sistema; y más aún si el mismo va acompañado de un pronunciamiento como el reciente No de los griegos. Marine Le Pen en Francia; Pablo Iglesias en España y los diferentes movimientos de nuestro continente, festejaron. En sintonía con Francisco, quien se ha mostrado muy “propenso a abrazar las raíces del populismos latinoamericano”, condenando a la economía de mercado.
Pero los festejos no fueron sólo de ese populismo caracterizado por la forma discrecional de ejercer el poder; también festejó un populismo económico republicano que pone el acento en la distribución de la riqueza, junto con trabas al capital privado que terminan desalentando la producción. De hecho la crisis griega, así como la de otros países, ha sido fruto de políticas económicas populistas aplicadas por gobiernos republicanos.
Esta similitud en los festejos se debe a que, pese a sus diferencias en lo institucional, ambos populismos tienen una visión similar del capitalismo, al que definen como enemigo de la equidad social. Sin embargo, y  pese a que una mirada simplista de las desigualdades y de la pobreza puede llevar a pensar que tienen razón, la experiencia histórica muestra que países capitalistas adecuadamente gobernados presentan buenos niveles de desarrollo económico y de bienestar generalizado (Alemania frente a Grecia, por ejemplo).
Para entender estos diferentes desempeños es necesario partir de dos premisas clave: 1) el capitalismo se comporta según lo que el Estado le permita hacer; y 2) el Estado permite aquello que los gobiernos de turno definen como su estrategia socioeconómica.
En los inicios del capitalismo, cuando el Estado era manejado por fuerzas que habían accedido al poder sin el voto popular y que respondían a la burguesía dominante, hubo un capitalismo salvaje. Hoy que el Estado es manejado por  fuerzas políticas representativas de los diferentes intereses e ideologías, según quien haya conseguido el apoyo de las mayorías ciudadanas, podemos tener tanto un capitalismo opresivo, como otro supervisado por el Estado para que el fruto de sus actividades productivas sea distribuido con equidad; o un capitalismo poco productivo por estar amordazado por fuerzas contrarias a ese tipo de economía. Incluso puede ocurrir que el Estado sustituya a las fuerzas del mercado para alcanzar un capitalismo de Estado, como ocurre en China.
Y son los diferentes gobiernos los que hacen que el Estado asuma una u otra estrategia socioeconómica, dando lugar a un tipo u otro de capitalismo. Así observamos: gobiernos conservadores como el del PP español que favorece un capitalismo sostenido por los ajustes que pagan los más pobres; una socialdemocracia europea que, pese a sus falencias, se aproxima a un capitalismo con mayores niveles de desarrollo y de equidad; o populismos como el nuestro, cuya difusa ideología anticapitalista lleva al subdesarrollo y la pobreza de un capitalismo de amigos.
Esto no significa que aún el mejor de los capitalismos no requiera cambios estructurales para enfrentar los nuevos desafíos: niveles crecientes de desigualdad; y menor uso de fuerza de trabajo como fruto del mayor desarrollo tecnológico, lo que lleva a la exclusión de buena parte de la población.
Pero para enfrentar estos y otros problemas del capitalismo se requiere solucionar previamente un tema clave: la representación política. Mientras los gobernantes continúen con la práctica de adueñarse del Estado para fines propios, en lugar de privilegiar los intereses de sus representados, no habrá posibilidad alguna de resolver los problemas que hoy nos angustian y que, perezosamente, se atribuyen al capitalismo.

*Sociólogo. 



Omar Argüello