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Crisis de humanidad

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Europa se identifica imaginariamente con la humanidad. De allí el profundo tono emocional de sus crisis, que a nosotros, acostumbrados a sortear con cierta eficacia los protocolos del exterminio (1976), la anomia (2001) y la indigencia (2015) nos resulta un poco exagerado. Universales ya difícilmente puedan sostenerse, pero es verdad que, cada tanto, Europa ve tambalearse el delicado edificio de sus unidades filosóficas. Los lamentos de cisne moribundo son, en última instancia, un rasgo más de eurocentrismo. Días atrás estuve en Berlín, viviendo en Kreuzberg, en una de cuyas más burguesas esquinas fue instalado un centro de acogida para adolescentes sirios sin familia. Al caer el sol, los jóvenes se reunían en la puerta a fumar, tomar cerveza y, pienso yo, a evocar la patria perdida casi para siempre.

Después de la crisis financiera griega, que hizo temblar el tinglado económico urdido con paciencia de chino por los propulsores del euro, la crisis de los refugiados sirios casi desbarata el Schengen, el nombre fronterizo de la “Comunidad”.

Al denunciar los acuerdos de Dublín, al aceptar recibir a 800 mil refugiados en un año, al obligar a sus socios europeos a comprometerse a recibir sus respectivas cuotas de refugiados, Angela Merkel sacó a Europa de la atonía en la que se encontraba. Por cierto: no hizo más que escuchar las demandas de una sociedad que se manifestó dispuesta a ir en auto a las fronteras para hacerse cargo de familias de migrantes sin destino. Abiertas las puertas de las casas privadas, ¿cómo iban los Estados, la expresión del deseo particular, a cerrar las suyas? Cada fin de semana se asientan en Munich, en improvisados campamentos, 20 mil refugiados que huyen de la guerra y confían en uno de los más altos valores de humanitarismo: la hospitalidad.

España aceptó a regañadientes los acuerdos propuestos por Alemania. Dinamarca cerró sus fronteras a los migrantes. Grecia, la puerta hacia los mundos otros (no en vano aquellos griegos inventaron el vocablo “bárbaro”), sonrió al contabilizar los contratos que obtendría del tráfico de migrantes. El enigma, como siempre, sigue siendo Rusia. Si un ruso afrancesado (Alexandre Kojève, 1902-1968) fue quien imaginó los acuerdos arancelarios, económicos y políticos que con el tiempo dieron su coloratura a la Eurozona y a Schengen, hoy es difícil saber qué pasa por la imaginación tenebrosa de Tartaria.

Berlín no es ya la ciudad que yo amé en mi juventud. Están, por un lado, esos chicos sirios cuya belleza en sombras no podemos sino observar con melancolía, y están esos rusos que han comprado casi todos los lugares que yo solía frecuentar. El goteo casi imperceptible de lo que alguna vez llamé “la mafia rusa” formó en Berlín un caldo de cultivo ahora aderezado por la marea siria.



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