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¿Cristina 2019?

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Foto:Cedoc

La salud de la Presidenta tiene consecuencias políticas que trascienden los dos años que restan hasta el fin de su mandato. Determinará el tipo de candidato que Cristina Kirchner elija para representar la continuidad de su gobierno en las elecciones de 2015 en función de sus propias expectativas electorales para 2019.

Si la Presidenta se sintiera plena físicamente –siempre y cuando la economía no explotara antes de 2015–, no sería un disparate que ella hiciera un cálculo electoral para 2019, cuando tendrá 66 años, poco más de los 62 actuales con que Bachelet será seguramente reelecta presidenta de Chile después de un período en que no gobernó su partido, y mucho menos que Tabaré Vázquez, quien también se perfila como casi seguro reelecto presidente de Uruguay para el año próximo, cuando cumplirá 74 años.

La mayoría de las constituciones que permiten sin límites volver a ser presidente después de un período fueron redactadas cuando la vida de las personas raramente superaba los 60 años. Que la medicina haya alargado veinte años la capacidad productiva de los seres humanos no sólo es relevante para la salud pública, sino también para la política: con la medicina actual, probablemente Perón hubiera podido terminar su tercera presidencia, y la historia de la Argentina sería otra.

La plenitud física incluye, y muy especialmente, la plenitud psicológica, ya que el vigor del deseo puede quedar herido mucho más por las emociones que por la fisiología. Y eso es inescrutable hasta para un neurólogo cognitivo como Facundo Manes, porque a pesar de que existe una fuerte corriente fisicalista que pretende reducir todo lo mental a lo físico, a la medicina le falta mucho, si es que algún día lo alcanza, para resolver el problema del dualismo cartesiano.

En el divulgado libro El error de Descartes, el eminente neurólogo Antonio Damasio escribió: “No es sólo la separación entre mente y cerebro la que es mítica: la separación entre mente y cuerpo es, probablemente, igual de ficticia. La mente forma parte del cuerpo tanto como del cerebro”.
El libro cuenta la historia de Phineas Gage, un capataz de la construcción de vías del ferrocarril cuya característica era ser serio y responsable, hasta que una viga le arrancó parte de la frente dañando su lóbulo frontal, y, a partir de ese momento, hubo un vuelco en su personalidad porque se transformó en alguien que cayó en todas las tentaciones: el juego, la noche y la irresponsabilidad económica. Físicamente estaba bien, pero era otro Gage; se demostró así que una lesión cerebral en el lóbulo frontal podría convertir a un conservador en un transgresor. El cerebro de Phineas Gage está en la Academia de Medicina de Estados Unidos por la utilidad didáctica de su caso.

Y esta historia viene a cuento porque durante la convalecencia de Cristina Kirchner se esparcieron decenas de versiones sobre su lóbulo frontal, algunas de las cuales develan en su exageración el fin de canalizar odio al kirchnerismo: según ellas, la Presidenta estaría frontalizada, y esto  justificaría lo que denominan una patología histriónica de Cristina como resultado de una eventual pérdida de inhibiciones.

Otras versiones más moderadas hablan de un proceso de desgaste algo superior a lo natural del lóbulo frontal, con incierto pronóstico sobre su evolución para 2019. Y si fuera verdad, eso tampoco podría anticiparlo ni el más experto neurólogo.

Que el candidato kirchnerista para 2015 sea Scioli, Capitanich, Urribarri o Zannini, por ejemplo, dependerá del plan que la propia Cristina Kirchner tenga para sí misma en 2019. Quienes ven todos los movimientos políticos como un juego de suma cero, donde lo que uno gana irremediablemente lo pierde el otro, suponen que la Presidenta querría dejarle una bomba de tiempo a su sucesor –a Macri, por ejemplo– para que le explote a él la economía y volver ella como salvadora a reinstalar el Estado de Bienestar en 2019. Esas visiones tienen el defecto de ver el futuro como una repetición del pasado. A pesar de que Menem fue el candidato más votado en primera vuelta en las elecciones realizadas tras el fracaso de De la Rúa, no le alcanzó para ser presidente, y Néstor Kirchner le hubiera ganado en segunda vuelta porque la sociedad ya en 2003 podía percibir la diferencia desplazada temporalmente entre cosecha y siembra, y más evolucionada aún estará en 2019.

En cualquiera de los casos, será fundamental contar con la Presidenta plena entre 2013 y 2015, más o menos histriónica o desinhibida pero con la totalidad de sus fortalezas.



Jorge Fontevecchia